Madrid, tres ambientes - Parte 2

El día a día en aquella ciudad era caótico, agotador y demasiado rápido para alguien como yo, criado en una tranquila ciudad de provincias. Madrid despertaba con ruido de motores, cláxones y gente corriendo desde primera hora. Bajabas a la calle y todo parecía ir demasiado deprisa: aceras sucias, rostros serios y una sensación constante de estrés que terminaba contagiándose.

Cada mañana tomaba el autobús urbano, la línea 19, desde Paseo de Extremadura hasta la Plaza de Tirso de Molina, donde estaba una de nuestras oficinas. Pero lo peor eran los días en los que me tocaba desplazarme hasta la oficina de Capitán Haya y tenía que usar el metro.

Detestaba el metro.

Y no por ir bajo tierra. Eso nunca me importó. Lo que realmente me molestaba era todo lo demás: las aglomeraciones, la gente empujando sin mirar, el calor pegajoso incluso en invierno, los olores mezclados de perfumes baratos, sudor y cansancio. Siempre había alguien corriendo detrás de un vagón, algún músico improvisando en el andén o algún tipo sospechoso observando demasiado. Yo viajaba siempre incómodo, pendiente de los bolsillos y evitando tocar cualquier superficie. Incluso en verano llevaba guantes finos de cuero; una manía extraña, quizá, pero necesaria para soportarlo.

Aquel miércoles de julio Madrid era un horno. Treinta y cuatro grados desde primera hora de la mañana y una humedad asfixiante que convertía el aire en algo denso. La semana avanzaba lenta y todavía quedaban demasiados días por delante.

Llegué a la oficina de Capitán Haya sobre las ocho y media. Tenía que cerrar varios asuntos relacionados con un viaje de trabajo inminente que la semana siguiente me llevaría a volar hasta La Habana. Entre llamadas, documentos y ajustes de última hora, tardé algo más de dos horas en dejarlo todo resuelto.

Al salir, noté el cansancio y el estómago vacío. Entré en una pequeña cafetería cercana para tomar un café y algo de bollería antes de regresar a Tirso de Molina. Mientras revisaba el planning de reuniones y hoteles en Cuba, sonó mi teléfono.

Era mi nuevo amigo del club al que había acudido semanas atrás con Joao.

Hacía dos semanas que no sabía nada de él.

Su voz sonaba tranquila, casi demasiado tranquila. Me invitó a tomar una copa aquella misma tarde, a las ocho, en el club.

— “Tenemos que hablar”, dijo únicamente antes de colgar. No añadió nada más.

Aquella frase me acompañó el resto del día.

Regresé a la oficina de Tirso de Molina cerca de las doce y continué trabajando hasta la hora de comer. A las dos y media, junto con mi compañera Delphi, bajamos al restaurante de siempre y regresamos a las cuatro. A las cinco Delphi salió rumbo a una visita con un cliente. Le comenté que aquel día me marcharía antes, aunque preferí no darle explicaciones.

A las ocho en punto, un taxi me dejaba frente a la puerta del club.

No había tenido tiempo de pasar por casa, así que aún llevaba la ropa de trabajo: traje oscuro, corbata aflojada y el cansancio de todo el día reflejado en la mirada.

El portero abrió la puerta del coche antes incluso de que pudiera pagar.

—»Buenas tardes, le están esperando.»

Entramos.

El club estaba muy distinto a la última vez. No había clientes todavía. Las luces principales permanecían encendidas y varios camareros reponían botellas y preparaban la barra para la noche. Aproveché para observar mejor el local. Era más grande de lo que recordaba, elegante y discreto, con una atmósfera que mezclaba lujo y decadencia.

Cruzamos la sala hasta una puerta prácticamente oculta entre los paneles de madera oscura. Sin compañía jamás habría imaginado que allí hubiese una oficina.

Al entrar, mi nuevo amigo se levantó inmediatamente para recibirme.

Sonrió mientras apagaba un cigarro en un cenicero de cristal.

Y entonces comprendí que aquella no iba a ser una simple invitación para tomar una copa.”

—“Quería hablar contigo porque ha surgido algo interesante” —me dijo mientras se ponía una copa y una cerveza para mi.

Se acomodó en el sillón, cruzó las piernas y sonrió con esa calma de quien sabe perfectamente que trae una propuesta difícil de rechazar.

—“Una asociación lifestyle se ha puesto en contacto conmigo. Quieren organizar aquí una fiesta privada… y quieren reunirse con nosotros para explicarnos exactamente qué buscan.”

“¿Para cuándo sería?”

—“Lunes, la última semana de agosto.”

Hice cuentas mentalmente mientras daba un sorbo al vaso.

Yo salgo para Cuba este próximo martes y regreso el domingo. Tendríamos solo una semana para organizarlo todo.

—“Por eso quería hablarlo contigo cuanto antes.”

¿Y cuándo podemos reunirnos con ellos?”

—“Mañana jueves vienen dos organizadores que viven en Madrid. Y el viernes llegará el presidente de la asociación, que es de Bilbao. Pasarán el fin de semana aquí, conociendo el club junto a sus parejas.”

La conversación continuó entre detalles, ideas y posibilidades. Hablamos del perfil de asistentes, de la discreción que buscaban y del tipo de ambiente que querían crear. Todo sonaba serio, exclusivo y bastante diferente a las fiestas habituales del local.

Dos copas después, cerca de las diez de la noche, decidí marcharme. Al día siguiente tenía trabajo y no era el mejor momento para acabar liado hasta el amanecer.

Al salir de la oficina, el club ya había cambiado por completo. Las luces eran más suaves, la música envolvía las salas y el ambiente comenzaba a calentarse, ya tenían gente. Madrid tenía eso: daba igual que fuera miércoles. Entre semana salían los habituales de la ciudad y el fin de semana llegaban visitantes de todas partes. Aquella ciudad nunca parecía detenerse.

A la mañana siguiente, en la oficina, comenté a Delphi que el viernes no aparecería por allí porque tenía una supuesta visita comercial fuera de Madrid. Una excusa sencilla, aunque tampoco necesitaba justificar demasiado mis movimientos. Al fin y al cabo, era el director.

Además, prefería evitar terminar agotado después de varias noches seguidas sin apenas dormir.

Aquella tarde decidí cambiar completamente el registro. Nada de traje ni corbata. Me puse ropa informal de verano, ligera y cómoda. Antes de salir me eché unas gotas de Jean Paul Gaultier, un perfume intenso, nocturno y perfectamente adecuado para el ambiente que imaginaba encontrar.

A las diez en punto llegaba de nuevo al club.

El portero me saludó con familiaridad mientras abría la puerta.

—“Buenas noches”

“Buenas noches”.

Al cruzar la sala entendí enseguida que aquella noche era distinta. El ambiente estaba lleno de mujeres jóvenes, risas y una energía descaradamente provocadora. Había grupos bailando, otras conversando en los sofás y muchas miradas cruzándose con absoluta libertad.

Por lo visto, aquella era una fiesta pensada exclusivamente para mujeres lesbianas y bisexuales. El evento comenzaba a las nueve y durante tres horas el acceso estaba reservado solo para ellas. A partir de medianoche podían entrar hombres solos, aunque únicamente en proporción a lo que decidieran las asistentes.

La filosofía era simple: la fiesta estaba diseñada para ellas y para que se sintieran cómodas. Si el ambiente funcionaba y las chicas se divertían entre ellas, la presencia masculina sobraba completamente. Cerca de las once, las asistentes rellenaban discretamente un cuestionario y, dependiendo de las respuestas, se autorizaba la entrada de un número muy limitado de hombres.

La idea me pareció inteligente.

Crucé la sala esquivando grupos, perfumes dulces y varias miradas curiosas que se clavaban en mí al pasar. Algunas chicas observaban con descaro; otras simplemente sonreían mientras seguían bailando bajo las luces tenues.

Al llegar a la oficina sentí una extraña sensación de alivio. El silencio relativo tras la puerta contrastaba con la intensidad del ambiente exterior.

Saludé a los presentes y nos sentamos inmediatamente a hablar sobre el evento previsto para finales de agosto.

Y cuanto más escuchaba, más claro tenía que aquello podía convertirse en algo muy grande.”

—“Nos prometen una asistencia de ciento cincuenta parejas. Trescientas personas. Van a reventar el local.”

Miré alrededor de la oficina mientras hacía cálculos mentales.

“Vamos a estar un poco apretados aquí” —comenté.

Mi socio sonrió inmediatamente, como si ya hubiese pensado en ello.

—“Eso tiene solución. Todavía no has visto todo el club.”

Se levantó y me hizo un gesto para que lo siguiera. Salimos por una puerta distinta a la de entrada y aparecimos en una enorme zona exterior que hasta ese momento desconocía por completo.

El espacio era impresionante.

Un gran patio al aire libre perfectamente acondicionado para verano. Había una barra de bar completa, zonas VIP montadas con estructuras de palets de madera, sofás bajos y cojines de espuma que creaban distintos ambientes. Todo iluminado con luces cálidas y discretas que daban al lugar un aire sofisticado y bastante sensual.

Lo mejor era la ubicación. Al estar en las afueras, dentro de un polígono industrial, el ruido no suponía ningún problema. Allí podían poner la música al máximo hasta el amanecer sin molestar absolutamente a nadie.

Me quedé observando el espacio durante un rato, imaginando el movimiento de gente, las conversaciones, las luces reflejándose en las copas y el ambiente creciendo con el paso de las horas.

Entonces se me ocurrió una idea.

“Podemos utilizar esta zona como espacio principal para tomar copas y relacionarse. Cerramos la barra interior y así la entrada natural será aquí. Dejamos la sala principal para baile y juego, y evitamos que los pasillos de reservados se saturen.”

Mi socio asintió mientras miraba alrededor.

“La gente irá moviéndose constantemente” —continué—. “Unos estarán aquí hablando y bebiendo, otros bailando dentro y otros en los reservados. Así el local respirará mejor y no dará sensación de agobio.”

La propuesta gustó enseguida.

Incluso empezamos a plantear más detalles: gogos bailando en la parte exterior, iluminación especial y música diferenciada para cada ambiente. Cuanto más hablábamos, mejor sonaba todo.

Volvimos a la oficina justo cuando nos avisaron de que habían llegado las personas que esperábamos.

Al entrar encontramos a dos parejas ya sentadas.

Todos tenían una estética muy marcada: cuerpos entrenados, hombres musculosos, mujeres espectaculares y una seguridad en sí mismos que parecía ensayada. Ese tipo de gente acostumbrada a llamar la atención al entrar en cualquier sitio.

Nos presentamos y tomamos asiento.

“Bueno… contadnos exactamente qué idea traéis y qué queréis organizar” —pregunté.

Uno de ellos tomó la palabra.

—“Somos una asociación lifestyle a nivel nacional. Queremos organizar una gran reunión para socios y asistentes invitados. Ahora mismo tenemos confirmadas unas trescientas personas y vendrán de diferentes puntos de España.”

La propuesta estaba muy estructurada.

Querían un paquete completo: hotel, cena organizada, traslados hasta el local y evitar que nadie tuviera que utilizar coche durante la noche. En el club pedían barra libre, aperitivos, puntos de agua embotellada distribuidos por el recinto y música con DJ durante toda la madrugada.

Mientras hablaban, mi socio y yo intercambiamos varias miradas. La logística era grande, pero perfectamente posible.

“Lo vemos viable” —respondí finalmente—. “Podemos preparar un precio cerrado por pareja incluyendo hotel, cena, entrada al club, barra libre y catering durante la noche.”

Mi socio añadió:

—“Además contamos con DJ propia y dos gogos para animación.”

Las dos parejas parecieron satisfechas.

“Perfecto. Preparadnos una propuesta económica basada en trescientas personas y la revisamos cuanto antes.”

“Si queréis mantener la fecha prevista” —continué— “estamos todavía a tiempo. Cuatro semanas son suficientes para organizarlo bien. Eso sí, necesitamos el listado definitivo una semana antes para cerrar hotel y proveedores sin asumir gastos innecesarios.”

La reunión terminó de manera bastante cordial. Quedamos en volver a vernos el viernes junto al presidente de la asociación, que llegaría desde Bilbao para pasar el fin de semana conociendo el club.

Sinceramente, yo no tenía demasiadas ganas de asistir.

Todo estaba prácticamente hablado y conocía bastante bien el perfil de aquel ambiente.

Cuando salieron, mi socio me miró divertido.

—“¿Qué te ha parecido?”

Me apoyé en el respaldo del sillón antes de responder.

“El evento puede funcionar muy bien. Otra cosa es que ellos me entusiasmen demasiado.”

Sonrió porque sabía exactamente a qué me refería.

“Conozco esa asociación. Intentan copiar el modelo de ciertos grupos europeos donde se mueve gente con muchísimo dinero y un nivel muy alto de exclusividad. Pero aquí hacen una versión más ligera… y bastante hipócrita.”

Di un sorbo a la copa antes de continuar.

“Piden perfiles físicos muy concretos, cuerpos perfectos, estética impecable… como si la vida fuese una selección permanente. El problema es que el tiempo pasa para todos y nadie mantiene eternamente los treinta años. Pero bueno… mientras paguen, el negocio funciona.”

Mi socio soltó una carcajada.

Y en el fondo sabía que yo tenía razón.

Cuando terminamos de hablar eran casi las dos de la madrugada. El tiempo se había pasado volando entre copas, números y planes para la fiesta.

Él decidió quedarse en la oficina ultimando algunos detalles y yo salí a la barra principal antes de marcharme a casa.

El ambiente seguía muy vivo.

La música sonaba más intensa, las luces eran mucho más bajas y ya podían verse varios hombres mezclados entre grupos de chicas. El juego de miradas y acercamientos comenzaba a notarse en cada rincón de la sala.

Entonces vi a Hanna. Estaba hablando con otras dos chicas cerca de la barra. Al verme levantó la mano y me regaló una sonrisa tranquila, de esas que parecen esconder cierta complicidad.

Le devolví el gesto antes de acercarme a pedir una copa al camarero.

“Un gin-tonic de Puerto de Indias afrutado, con tónica rosa, por favor.”

Desde la primera vez que lo probé se había convertido en uno de mis favoritos. Fresco, suave y perfecto para noches largas como aquella.”

Hanna se acercó hasta la barra y me saludó con dos besos suaves, dejando un ligero aroma dulce atalcado en el aire.

—“Oye… ya os he visto antes. Algo estáis preparando.”

Sonreí mientras levantaba la copa.

“Sí… y bastante grande. Pero será tu jefe quien os pondrá al corriente de todo.”

Ella arqueó una ceja con curiosidad.

—“¿Y vamos a ser compañeros esos días?”

“En cierto modo sí… así que nos veremos bastante.”

Hanna pidió una copa y terminó quedándose conmigo junto a la barra, apoyada de lado mientras observaba el ambiente.

“¿Ya has terminado por hoy?” —pregunté.

—“Yo creo que sí. Las chicas que dependen de mí ya están organizadas y a esta hora normalmente todo queda bastante controlado. Si estoy cansada me retiro… y si estoy a gusto, aguanto un poco más con una copa.”

La miré sonriendo.

“Pues si te apetece, la tomamos juntos. Yo aquí todavía conozco a poca gente, mejor dicho, a ti y al camarero.”

Ella soltó una pequeña risa.

—“Me has convencido. Pídeme otro igual que el tuyo mientras entro un momento en la oficina a despedirme y recoger el bolso.”

La observé su figura esvelta alejarse entre las luces del club.

Hanna tenía algo hipnótico al caminar. Su cuerpo, su manera de moverse y aquella melena rubia cayendo sobre la espalda hacían difícil apartar la mirada. No era únicamente físico; transmitía seguridad y cierta picardía natural que resultaba tremendamente atractiva.

No tardó demasiado en volver. Traía un bolso pequeño colgado al hombro y una cazadora de cuero beige doblada sobre el brazo.

“Brindamos.”

El gin-tonic frío, la música y la madrugada empezaban a mezclarlo todo de una forma agradable.

La conversación fue fluyendo con mucha facilidad. Hablamos del club, de Madrid, de viajes y de tonterías sin importancia que terminaban provocando risas. Le pregunté si realmente le gustaba trabajar allí.

—“No creo que sea un sitio para quedarse toda la vida” —respondió mientras daba un trago a la copa—, “pero me divierto. Conoces gente, pasan cosas y cada noche es distinta.”

Seguimos bebiendo.

Con cada ronda las distancias se acortaban un poco más. Las conversaciones dejaron de ser tan superficiales y empezaron los pequeños roces, las miradas largas y algún beso rápido interrumpido por una sonrisa. Nada forzado. Simplemente sucedía.

Estábamos tan cómodos que perdimos completamente la noción del tiempo hasta que las luces del club aumentaron de intensidad anunciando el cierre.

Entonces Hanna me miró de una forma distinta.

—“Si no tienes prisa… podemos tomar otra copa en mi apartamento.”

Sonreí sin pensarlo demasiado.

“No tengo ninguna prisa hasta el lunes por la mañana.”

Salimos del club y tomamos un taxi.

Madrid a aquellas horas tenía otra cara. Calles medio vacías, semáforos parpadeando y el aire cálido de la madrugada entrando por la ventanilla. Hanna apoyó la cabeza unos segundos en mi hombro mientras el coche avanzaba hacia una zona que yo apenas conocía: San Blas.

El trayecto se hizo largo.

Terminamos bajando frente a un edificio alto, rodeado de otros bloques muy parecidos entre sí. Eran ya más de las seis de la mañana y, aun así, la calle seguía teniendo algo de vida. Justo al lado había un local de hamburguesas abierto las veinticuatro horas.

—“Voy a comprar algo porque me muero de hambre” —dijo riendo.

Y la verdad es que yo también.

Pocos minutos después salimos con una bolsa con hamburguesas y patatas calientes. Entramos en el edificio y tomamos el ascensor entre besos improvisados y esa tensión torpe y divertida que aparece cuando dos personas ya saben perfectamente cómo quiere terminar la noche.

Ni siquiera me fijé en qué planta nos bajábamos.

El apartamento era pequeño pero acogedor. Nada exagerado. Un salón sencillo nos recibió nada más entrar: sofá chaise longue, una mesa baja y una televisión encendida en silencio iluminando parcialmente la estancia.

Hanna dejó el bolso a un lado y desapareció unos segundos en la cocina.

Volvió con dos cervezas frías.

Nos sentamos en el sofá, abrimos la comida improvisada y comenzamos a cenar entre risas y conversaciones tranquilas. La tensión seguía allí, evidente, creciendo poco a poco entre nosotros, aunque ninguno parecía tener prisa por acelerar el momento.

Y quizá por eso resultaba todavía más excitante.”

Al cabo de un rato, Hanna se levantó del sofá y desapareció camino del baño.

Escuché un par de puertas abrirse y cerrarse mientras yo terminaba la cerveza observando distraídamente las luces de la ciudad que entraban por la ventana. La madrugada empezaba a volverse lenta, densa y agradable.

Cuando regresó, lo hizo completamente diferente.

La ropa informal había desaparecido.

Ahora llevaba un conjunto de lencería morado que parecía diseñado únicamente para provocar. El sujetador, formado por tiras y encajes, apenas ocultaba nada y realzaba todavía más su figura. El tanga, mínimo y atrevido, dejaba al descubierto gran parte de su cuerpo, mientras varias tiras cruzadas marcaban sus caderas de una forma tremendamente sugerente.

Se apoyó en el marco de la puerta observándome con una sonrisa tranquila, disfrutando claramente del efecto que acababa de provocar.

—“¿Nos pegamos un fin de semana de locura?” —preguntó divertida—. “Yo tengo libre.”

No pude evitar sonreír.

“Mañana es viernes… así que puede ser un fin de semana muy largo. Tú mandas.”

Hanna se acercó lentamente hasta la televisión, dándose la vuelta justo delante de mí antes de agacharse para conectar un pequeño USB. La escena, la música de fondo y aquella tranquilidad cargada de tensión hacían difícil apartar la mirada.

Unos segundos después comenzaron a sonar canciones suaves, mezclas indie y electrónicas con un ritmo lento y envolvente que transformaron todavía más el ambiente del apartamento.

Las luces bajas, las cervezas abiertas sobre la mesa y la forma en la que Hanna se movía por el salón hacían que todo pareciera ir entrando poco a poco en otro ritmo.

Más íntimo.

Más peligroso.

Y muchísimo más difícil de frenar.”

Giró nuevamente y se colocó sobre mis piernas con una mirada de lujuria y deseo animal que me encendió aún más. Besando con intensidad fue soltando mi camisa hasta quitarla por completo y dejar al descubierto mi torso. Los pantalones fueron el siguiente objetivo hasta quedar completamente desnudo frente a ella. Por mi parte no quité nada porque me daba muchísimo morbo follarla vestida tan erótica. Se arrodilló y tomó mi polla hambrienta entre sus labios carnosos, jugando con su lengua y dando pequeños besos en la punta mientras sus dientes suaves daban mordiscos excitantes. Su boca succionaba con fuerza y cambios de ritmo que me hacían estremecer de placer. Mi espalda se retorcía sobre el respaldo del sofá alterando el relax con inesperados espasmos de placer.

La agarré por la cintura y la giré bruscamente, poniéndola a cuatro patas sobre el sofá. Aparte la minúscula tanga, dejando al descubierto su culo redondo y apetecible. Me coloqué detrás de ella y le metí la polla de un solo empujón, haciéndola gemir de placer. Empecé a follarla con intensidad, agarrándola del pelo mientras ella se retorcía de placer bajo mis embestidas.

La follaba con fuerza, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor de mi polla. Ella gemía de placer, pidiéndome que no parara. Le di la vuelta y la puse boca arriba, abriéndole las piernas y metiéndole la polla hasta el fondo. La besé apasionadamente mientras la follaba con intensidad, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía de placer bajo mis embestidas.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que tuve que pedirle que se detuviera. La tensión comenzaba a acumularse demasiado rápido y sentía el cuerpo al límite.

Hanna sonrió al darse cuenta.

Se incorporó lentamente del suelo y volvió al sofá, tumbándose despacio mientras abría las piernas con una naturalidad descaradamente provocadora. La luz tenue acariciaba su coño depilado y aquella visión, cuidada hasta el último detalle, parecía una invitación imposible de rechazar.

Me acerqué despacio, recorriendo con las manos sus muslos mientras ella mantenía la mirada fija en mí, respirando cada vez más profundo según me acercaba. Mis dedos separaban los finos labios para descubrir el clítoris, mi boca y mi lengua comenzaron a jugar, disfrutando de cada reacción de su cuerpo al succionar y apretar, de cada pequeño estremecimiento que recorría su cuerpo al sentir mis pequeños mordiscos.

La tensión entre nosotros cambió por completo.

Sus dedos se hundían en mi pelo mientras yo seguía explorando su coño suave y lentamente, alternando besos, caricias y pequeños juegos que arrancaban de su garganta gemidos cada vez menos contenidos. Hanna arqueaba la espalda sobre el sofá y apretaba las piernas alrededor de mí cada vez que el placer la hacía perder el control durante unos segundos.

El ambiente se volvió húmedo, cálido y tremendamente íntimo.

Y cuanto más intentaba contenerse, más evidente era que estaba dejándose llevar por completo.

Mis dedos pedían su turno para jugar en el interior de su coño, se fue lubricando, llegando a dejar entrar completa mi mano, que bien lubricada entraba y salía con la precisión de un pistón en un cilindro. Mi paciencia no puedo más y dejando los preliminares me coloque sobre ella comenzando a invadir territorio que mi boca y mi mano previamente habían conquistado. Mi polla se hacía fuerte embistiendo agresivamente, mis manos tomaban los redondos pechos semi ocultos por el brasier. La pasión era alta y por momentos el éxtasis hacía que Hanna y su mente fueran por caminos diferentes. Di la vuelta a su cuerpo como si fuera un muñeco de goma inerte, Hanna estaba en éxtasis y no controlaba ya su cuerpo, dejando caer sus brazos sin rumbo. La presencia de ese culazo me excitaba un montón, tomé la polla y la encaminé a tomar su coño, la follaba una y otra vez con deseo, mis dedos juguetones se fueron abriendo paso en el ano, mi saliva ayudaba a que fuera más suave la apertura. Llegado el momento, se tomó cambio de rumbo y mi polla comenzaba a explorar la profundidad anal que se fue dilatando rápido, Hanna había recuperado su control y no tardó en tomar la iniciativa siendo ella la que marcará el ritmo.

Me dejé caer hacia atrás sobre el sofá, permitiendo que ahora fuese ella quien marcara el ritmo del juego. Hanna se incorporó lentamente sobre mí, en sentadillas subía y bajaba con la polla entrando y saliendo de ese culazo, moviéndose con una seguridad hipnótica, disfrutando de cada roce y de cada movimiento.

Su cuerpo se movía despacio al principio, provocando, aumentando poco a poco la intensidad mientras la respiración de ambos se volvía más rápida y desordenada.

Hanna cerraba los ojos a ratos, dejándose llevar, y cada vez que el placer la recorría por dentro su cuerpo reaccionaba con pequeños espasmos imposibles de contener. Sus uñas se clavaban sobre mis hombros mientras intentaba mantener el control sin conseguirlo del todo.

Cuando el ritmo se volvió demasiado intenso, notando la llegada de un fuerte orgasmo, se apoyó sobre el respaldo del sofá arqueando la espalda. La agarré con fuerza, sintiendo cómo toda la tensión acumulada durante la noche terminaba explotando entre respiraciones agitadas, gemidos y movimientos desesperados y esa sensación inevitable de perder completamente el control durante unos segundos.

No la deje relajarse del todo, la gire, apoyada sobre el respaldo del sofá y ese precioso culo quedaba a mi disposición. La penetré el coño por detrás con fuerza y embestidas rápidas hasta que terminé por correrme en su interior.

Nos dejamos caer, completamente agotados, sobre el sofá. La respiración todavía desordenada tardó en volver a su ritmo normal, mientras el silencio del apartamento se iba llenando poco a poco de una calma inesperadamente agradable.

La conversación que vino después fue fácil, ligera, sin tensión. Comentábamos cualquier tontería, entre risas suaves y miradas cómplices, como si de repente todo encajara de una forma natural. Era evidente que había química, pero también algo más relajado: comodidad, complicidad, ganas de seguir compartiendo sin prisa.

Sin darnos cuenta, el cansancio nos venció y acabamos dormidos allí mismo, en el sofá.

Cuando despertamos, la luz de la mañana ya entraba por la ventana. Nos miramos un instante, aún medio desorientados, y sonreímos sin decir mucho. Tomamos una ducha rápida, compartiendo ese momento con la misma naturalidad con la que había fluido todo lo demás, y salimos a la calle como si la noche anterior hubiese sido solo el inicio.

El día en Madrid tenía otra energía.

Comimos fuera, sin prisas, y luego pasamos la tarde paseando por la ciudad, tomando vinos y picando tapas en distintos bares. Sin planes, sin relojes, sin necesidad de justificar nada.

Simplemente dejándonos llevar.

Los dos necesitábamos desconexión, y la encontramos sin buscarla demasiado.

Así pasaron las horas, encadenando momentos tranquilos hasta que el fin de semana se diluyó sin esfuerzo, entre risas, callejear y una sensación de libertad que se alargó hasta el lunes por la mañana.

Esa mañana me puse a trabajar desde primera hora, adelantando todo lo posible del evento que teníamos cerrado. Tenía claro que el día siguiente volaba hacia La Habana y no quería dejar cabos sueltos. El martes partía hacia Cuba para cinco días y el domingo estaría de regreso.

Aproveché ese margen para ordenar ideas y aterrizar bien el proyecto en mi cabeza.

Lo primero era la logística pura: cuántas personas venían de fuera y necesitaban alojamiento, cómo agruparlos en un único hotel, y cómo coordinar la cena previa de todos los socios. Era clave que todo estuviera centralizado: un solo salón dentro del propio hotel para la cena, tiempos controlados y un traslado organizado en varios autobuses para que todo el mundo llegara junto al club, sin retrasos ni dispersión.

Eso facilitaba todo. Control, ritmo y sincronización.

La parte del club quedaba en manos de mi socio, aunque yo por las tardes seguía pasando para revisar detalles y ayudar en lo necesario.

Llegó el día.

Lunes, última semana de agosto. Todo transcurría con una calma engañosa.

Durante la mañana y la tarde fueron llegando los asistentes de otras ciudades. Algunos fueron directos al hotel, otros aprovecharon para pasear por Madrid antes de prepararse para la noche. A partir de las seis comenzaron a concentrarse los grupos locales, que acudían directamente al punto de encuentro.

Se habilitaron dos salas pequeñas junto al comedor principal para que pudieran cambiarse con comodidad. A las ocho en punto, todos estaban ya sentados en la cena.

El presidente tomó la palabra. Agradeció la asistencia y dio un breve discurso de bienvenida. El ambiente era llamativo desde el primer momento: mujeres con vestidos de noche muy marcados, atrevidos, pensados claramente para destacar; hombres con ropa sport ajustada, cuidando cada detalle físico, marcando brazos y abdomen sin disimulo.

No era una cena discreta. Era una declaración de intenciones.

El menú, ligero como habían solicitado: platos sencillos, poca carga de alcohol, más refrescos light y bebidas suaves. Todo calculado para mantener la energía de la noche sin saturar el ambiente.

A las diez salían los autobuses hacia el club. Todo funcionaba exactamente según el horario previsto.

La llegada fue fluida.

Uno a uno, los asistentes bajaban del bus y eran guiados por azafatas y azafatos hacia el jardín exterior, que se convirtió rápidamente en el centro de la velada. Como ya estaba previsto, ese espacio era el punto de partida: amplio, abierto, diseñado para que la gente se soltara antes de pasar al interior.

La música de la DJ empezó en clave ambiental, suave, casi de transición. A medida que avanzaban los minutos, el ritmo cambió, adaptándose a la energía del público.

Todo el personal, camareros, azafatas, gogos y relaciones públicas… vestía completamente de blanco. No solo la ropa: guantes, maquillaje, todo. Una estética uniforme, casi escénica, que buscaba una interacción mínima y controlada. Eran parte del entorno, no del juego social.

Las bandejas con bebidas y canapés circulaban constantemente por el jardín. Había mesas altas, zonas VIP improvisadas y una barra exterior que concentraba a quienes preferían empezar la noche en conversación más directa.

Dos horas después, la fiesta funcionaba mejor de lo esperado.

La gente se movía, cambiaba de grupo, exploraba espacios y dinámicas con naturalidad.

Esas primeras horas me sirvieron para reafirmarme y observar con cierta distancia cómo funcionaba aquel grupo de personas. Desde fuera todo parecía cuidado, estructurado, incluso atractivo en su propuesta… pero cuando te detenías a mirar con calma, aparecían matices que decían mucho más de lo que la gente intentaba mostrar.

Había una mezcla constante entre lo que decían buscar y lo que realmente hacían. Discursos sobre libertad, apertura y ausencia de juicios… que en la práctica se convertían muchas veces en filtros, comparaciones y pequeñas jerarquías invisibles entre ellos mismos.

No todos eran iguales, por supuesto, pero el conjunto transmitía una cierta contradicción permanente: la necesidad de sentirse distintos, mientras repetían patrones muy reconocibles.

Desde mi posición, me limitaba a observar, sin intervenir más de lo necesario, dejando que la noche siguiera su curso.

Y aun así, en medio de todo eso, el evento avanzaba con precisión. El ambiente funcionaba, la gente se movía, la música acompañaba y el sistema que habíamos diseñado empezaba a demostrar que, al margen de opiniones, estaba bien planteado.

El derecho de admisión a estos grupos no dependía solo de la billetera, sino de un escrutinio casi clínico. Los filtros eran implacables: juventud estricta, máximo 40 años, simetría de quirófano y una anatomía de catálogo. Ellos, esculpidos a golpe de gimnasio y vanidad; ellas, esclavas de una delgadez milimétrica, una altura estandarizada y un diseño personal que no dejaba margen al error. Cero improvisaciones. El bronceado perenne, el corte de pelo exacto, la falacia de la «perfección permanente». Todo estaba fríamente calculado.

Siempre me rondaba el mismo pensamiento morboso: ¿Qué demonios pasa con este ganado de diseño cuando el molde inevitablemente se empieza a agrietar con los años.?

Detrás de ese escaparate de supuesta exclusividad, la realidad era mucho más rancia: una trituradora social en audición perpetua. Encajas o vas a la puta calle. Sin explicaciones, sin anestesia. Un ecosistema de plástico sostenido por la urgencia de recibir validación en tiempo real, donde el envase lo era todo y el contenido, una molestia.

Era un castillo de naipes. Una estructura patética levantada sobre la dictadura de la juventud, con una fecha de caducidad parpadeando en la frente de cada asistente. Un juego de rol con obsolescencia programada.

A mí, el circo me provocaba más desprecio analítico que admiración. Lo mío era el morbo de la maquinaria: El engranaje operativo; los márgenes de beneficio; el dinero real que se movía tras bambalinas.

Mi socio, en cambio, se retorcía de incomodidad. Ver el local convertido en una pasarela de maniquíes mudos le jodió el ego; él necesita el roce, la labia, el compadreo con el público… y esa noche quedó reducido a un simple conserje de lujo, un operario vigilando que el decorado no se cayera.

Hanna irrumpió en la oficina, directa y sin rodeos: las salas interiores estaban funcionando a pleno rendimiento. El ganado se había distribuido según el guion previsto: los reservados para los VIPs, la pista para los desesperados, y el jardín para el resto, flotando mientras consumían postureo y aire de la noche.

La maquinaria funcionaba sola. Sin fricciones, sin incidentes. Una distopía perfecta y rentable.

A las siete de la mañana se dio la orden de fiesta terminada. Los autobuses se tragaron la resaca de los elegidos para devolverlos a su cruda realidad. Con el último motor apagándose a lo lejos, nuestro trabajo había terminado.

En el despacho, mi socio me soltó una felicitación con sabor a derrota. El cansancio le arrastraba las palabras.

—“La próxima la hacemos con gente de verdad” —escupió, gesticulando con desgana—. “Sin tanta historia, sin tanta pose de plástico.”

Las nueve de la mañana. El sol ya castigaba la calle cuando echamos el cierre. Hanna apenas podía mantener los párpados abiertos; antes de separarnos, me pidió ir a mi casa a desplomarse un rato porque de lo cansada que estaba no sabía si llegaría a la suya. Despachamos al equipo y nos metimos en un taxi en un silencio sepulcral. Al llegar, el ritual automático de supervivencia: ducha rápida, un bocado para engañar al estómago y a la cama.

El día siguiente prometía ser otra cosa. No tenía nada que ver con la impostura de la noche anterior. Y, sin embargo, la tormenta que se avecinaba iba a ser igual de violenta, solo que con dientes de verdad.

<<<<<<<  Relato revisado a MAYO de 2026

“Los comentarios están desactivados para evitar SPAM. Si deseas dejarme algún comentario utiliza el formulario de contacto.”

50 Visitas totales
39 Visitantes únicos