Madrid, tres ambientes - Parte 3

La colaboración con el club me había servido como una auténtica puerta de entrada al ambiente liberal de la gran ciudad. No tenía nada que ver con lo que conocía en entornos más pequeños: aquí todo era más rápido, más intenso, más diverso… y, sobre todo, mucho más imprevisible.

En apenas dos meses ya me movía con soltura entre eventos, contactos y nuevas caras. Había hecho amistades interesantes, algunos aliados inesperados y, sobre todo, había aprendido a leer mejor cada situación. Hanna fue clave en todo eso. Con ella descubrí el Madrid más nocturno, el pulso del barrio de Chueca y un mundo donde las normas se diluían entre luces de neón, música y miradas que lo decían todo sin hablar.

Ese jueves había quedado con mi socio en el club antes de la apertura. Era una rutina habitual: ponernos al día, revisar el fin de semana y ajustar la estrategia de eventos. Yo no tenía un horario fijo ni ataduras formales; iba y venía según el ritmo del club, especialmente de jueves a domingo, cuando todo se encendía de verdad.

Cuando llegué, él estaba al teléfono. Me senté en un sofá apartado, esperando sin interrumpir.

—“…Fusión VIP va a montar fiesta con OnSwinger este sábado…” —escuché al otro lado de la sala—. “…Puede movernos bastante público…”

— “…Podría afectarnos bastante…”

La red social de parejas liberales OnSwinger era todavía algo reciente en aquellos años, pero ya empezaba a marcar tendencia con sus eventos de captación. El acceso era casi exclusivo: invitaciones, redes cerradas, parejas avalando a otros… todo estaba cuidadosamente diseñado para filtrar quién entraba y quién no.

Cuando colgó, me miró con gesto serio.

—“Esto nos puede afectar.”

“O puede ser una oportunidad”—respondí—. “El público habitual quizá se diluya, pero también podemos atraer perfiles nuevos.”

La conversación fue cogiendo ritmo. Ideas, contra ideas, ajustes sobre la marcha.

“Si jugamos bien nuestras cartas, podemos llenar de gente más joven” —añadí—. “Y eso cambia el ambiente del fin de semana.”

—“¿Y qué propones?”

Sonreí.

“Anticiparnos. No competir… seducir.”

Ahí nació la idea. Una fiesta blanca en el jardín. Algo visual, elegante, provocador sin ser explícito. Una experiencia más que un evento.

—“Me gusta la idea” —dijo al fin—. “Hazlo.”

“Podemos meter un show erótico en mitad del jardín.”

—“Perfecto, busca a Hanna, poneros de acuerdo y que te ayude con la preparación.”

Salí a buscar a Hanna. La encontré entre bastidores, organizando material, siempre en movimiento. Cuando le expliqué la idea, su mirada cambió al instante: esa mezcla suya de intuición y entusiasmo.

En cuestión de minutos estábamos en el jardín, rodeados de parte del equipo. Las ideas empezaron a fluir sin freno: dinámicas, juegos, concursos, actuaciones, interacción con el público… todo girando en torno a una misma premisa: una noche blanca, estética cuidada y energía en aumento.

—“Si lo hacemos bien” —dijo Hanna—, “no van a venir solo a mirar. Van a venir a quedarse.”

Y tenía razón.

Hanna fue a buscar a las seis chicas y, en pocos minutos, todas estaban reunidas con nosotros alrededor de la mesa de la oficina VIP. El ambiente era pura adrenalina. Entre risas, copas y miradas cómplices empezaron a salir propuestas sin parar. Una fiesta blanca podía dar muchísimo juego: concursos de bañadores, pruebas atrevidas, performances sensuales, un show erótico elegante… Cada idea subía un poco más la temperatura de la conversación.

Fuimos encajándolo todo casi sin darnos cuenta, como si aquella locura hubiera estado esperando el momento exacto para nacer. Cuando terminamos de unir piezas, teníamos delante un proyecto salvaje y tremendamente atractivo.

Hanna me miró sonriendo, con esa mezcla de picardía y ambición que tanto me excitaba.

—“¡Tenemos algo que, si lo hacemos bien, puede ser una auténtica locura!”

Nos fuimos directos a la oficina en busca de aprobación.

—¡”Contádmelo, soy todo oídos!”

Hanna se adelantó emocionada, apoyando las manos sobre la mesa mientras empezaba a explicarlo.

—“¡Tenemos solucionado el show y también el tema DJ!”
—“¡La fiesta se llamará Hedonism White!”
—“¡Código de etiqueta obligatorio: todo el mundo de blanco… y cuanto más provocativo, ¡mejor!”
—“¡Las seis relaciones públicas irán en lencería blanca, bodys ajustados y medias! Servirán cava y cócteles tropicales en bandejas mientras recorren la sala.”
—“¡Habrá concurso para elegir a la chica Hedo y al chico Hedo más sexys de la noche! El premio: una noche para dos en el Zouk Hotel, botellas de cava y consumiciones.”

Cada frase hacía que la sonrisa del jefe fuera creciendo.

—“Y todavía hay más” —continuó Hanna—. “En la segunda ronda, las chicas repartirán tarjetas de inscripción para participar en una pequeña yincana erótica. Se podrá jugar en pareja o individualmente, con plazas limitadas.”

La idea captó toda la atención.

—“Las pruebas tendrán distintos niveles: bajo, medio y alto. Retos de seducción, juegos de habilidad, conseguir besos, convencer a alguien para participar en algo atrevido… cosas divertidas y con mucha tensión sexual.”

Yo tomé entonces la palabra.

“Los ganadores accederán a una fiesta privada en la Jaima 1, montada en el jardín VIP. El resto de participantes tendrán acceso a la Jaima 2, con DJ privada y barra de copas exclusiva.”

El local, como ya he comentado en el anterior relato, situado a las afueras de la ciudad, tenía una enorme zona ajardinada que parecía diseñada para algo así. Las jaimas quedarían separadas del resto del recinto, creando un ambiente más íntimo y misterioso.

“Aun así, todo el club seguiría funcionando con normalidad: pista de baile, reservados, barra principal y las salas privadas abiertas para quien quisiera seguir disfrutando de la noche a su manera.”

El jefe soltó una carcajada satisfecho.

—“¡Me gusta! ¡Poneos ya con ello! Llamaré a Julio para que prepare carteles y promoción. Vamos muy justos de tiempo.”

Y vaya si íbamos justos.

Los preparativos fueron una auténtica locura. El club abría jueves y viernes, y la fiesta era el sábado, así que apenas dormimos. Mientras unos cerraban el local de madrugada, otros llegaban temprano para seguir preparando decoración, pruebas y zonas VIP.

Las tarjetas para la yincana quedaron listas el viernes por la tarde. Las dos jaimas se montaron rápido porque el local ya tenía estructuras guardadas en almacén. La Jaima 1 se acondicionó con colchones bajos, cojines, iluminación tenue y una atmósfera elegante y provocadora. La Jaima 2 tendría barra privada, DJ y una iluminación mucho más festiva.

Los costes fueron mínimos, pero el impacto visual era brutal.

Ese viernes salimos disparados a promocionar el evento por bares, pubs y zonas de ambiente. La campaña funcionó mejor de lo esperado y, cuando llegó el sábado por la noche, se notaba desde la entrada que aquello iba a ser diferente.

Tal y como imaginé, el local empezó a llenarse de gente más joven y con muchas ganas de juego. Los habituales seguían viniendo, aunque aquella noche el público era distinto: más atrevido, más desinhibido, más dispuesto a dejarse llevar.

El blanco dominaba cada rincón.

Muchas chicas aparecieron con conjuntos de lencería elegante bajo abrigos ligeros, vestidos ajustados casi transparentes o provocadores corsés satinados. Los chicos lucían pantalones blancos, camisas abiertas mostrando el pecho, algunos incluso sin camiseta, únicamente con una corbata blanca cayendo sobre la piel.

La música de la DJ envolvía la sala con un ritmo hipnótico mientras las relaciones públicas recorrían el club con las bandejas de cava y cócteles tropicales. Las miradas se cruzaban constantemente. Había sonrisas cargadas de intención, cuerpos rozándose al bailar y una tensión eléctrica que iba creciendo minuto a minuto.

Y lo mejor de todo… era que la noche apenas acababa de empezar.

El proyecto tomó forma rápidamente. El club se transformaría en distintos espacios, con zonas diferenciadas, música, performances y dinámicas pensadas para que el ambiente evolucionara a lo largo de la noche. No era solo una fiesta: era una progresión.

El show comenzó pasada la medianoche y consiguió exactamente lo que buscábamos: encender todavía más el ambiente. Las luces bajaron, la música cambió a un ritmo más lento y envolvente, y las dos parejas contratadas aparecieron entre aplausos y silbidos.

Tenían experiencia, se notaba desde el primer minuto. Cada movimiento estaba perfectamente coordinado, mezclando sensualidad, provocación y una química brutal sobre el escenario. No hacía falta caer en lo explícito para que toda la sala sintiera cómo subía la temperatura. El público estaba completamente entregado.

Entre el cava, los cócteles y la tensión acumulada durante toda la noche, el ambiente ya era pura electricidad. Había risas nerviosas, miradas intensas y mucha gente deseando participar en algo más.

Aprovechamos el momento perfecto para arrancar los concursos.

Las relaciones públicas comenzaron a repartir sobres entre todas las personas interesadas. En cuanto abrían la tarjeta y leían la prueba, salían disparados entre la multitud buscando cumplir el reto lo más rápido posible.

Aquello fue un auténtico caos… pero un caos divertidísimo.

La mesa de control empezó a llenarse de objetos de todo tipo: ligas, sujetadores de una talla concreta, bóxers, pendientes, cinturones blancos, preservativos de colores, corbatas, medias e incluso alguna prenda robada entre carcajadas y juegos improvisados.

La música seguía sonando fuerte mientras los participantes corrían de un lado a otro negociando retos, tentando a desconocidos y entrando poco a poco en la dinámica descarada que había tomado la fiesta.

Al final, los ganadores fueron seis parejas, además de seis chicas y seis chicos que destacaron individualmente durante las pruebas. Los llevamos hasta la Jaima número uno, situada al fondo del jardín privado. Allí comenzaba una experiencia mucho más íntima y exclusiva, donde las normas quedaban en manos de quienes entraban y el ambiente se volvía todavía más libre y sugerente.

Mientras tanto, el resto de participantes accedió a la Jaima número dos, que terminó convirtiéndose en otra pequeña locura. La DJ mantuvo la energía arriba toda la madrugada y aquello acabó siendo una fiesta paralela llena de baile, copas y un ambiente tremendamente desinhibido.

Los que prefirieron no participar siguieron disfrutando del resto del club: la pista principal, los reservados y las zonas privadas continuaban llenas de movimiento.

Cuando por fin todo quedó encaminado y cada espacio funcionaba por sí solo, Hanna y yo pudimos relajarnos por primera vez en toda la noche.

Nos quedamos apoyados en una de las barras laterales con una copa en la mano observando el resultado de tantos días de estrés. Ella sonreía satisfecha mientras repasábamos todo el trabajo que había detrás de aquella fiesta.

—“Te lo dije… esto iba a funcionar” —me dijo acercándose para hacerse oír entre la música.

Y tenía razón.

La respuesta había sido brutal. El local había superado cualquier previsión y el ambiente conseguido era exactamente el que habíamos imaginado: elegante, atrevido y lleno de morbo.

Pasadas las cinco de la mañana, la fiesta empezó a bajar poco a poco de intensidad. La pista principal se fue vaciando, algunos clientes se marchaban abrazados hacia el aparcamiento y otros seguían refugiados en las salas privadas, donde la noche todavía parecía resistirse a terminar.

Hanna y yo nos despedimos del personal y de algunos conocidos antes de salir al exterior.

El aire fresco de la madrugada nos golpeó de lleno después de tantas horas de música y calor. Caminamos hacia el coche agotados, todavía acelerados por la adrenalina y con esa sensación de satisfacción que queda cuando sabes que algo ha salido incluso mejor de lo esperado.

Y, mientras arrancábamos, los dos teníamos claro lo mismo.

Cuando llegamos a mi piso del barrio de Extremadura eran casi las siete de la mañana. La ciudad empezaba a despertar lentamente mientras nosotros aún llevábamos encima la intensidad de toda la noche.

Antes de subir, hicimos una parada rápida en una cafetería de las que nunca cierran. Compramos unas porras recién hechas y un par de cafés enormes. A esas horas, rodeados de gente medio dormida y trabajadores empezando el día, nos hizo gracia mirarnos vestidos todavía de blanco, oliendo a perfume, humo y noche.

Desde que nos conocimos, Hanna había ido entrando en mi vida de una forma natural. Muchas veces, después de trabajar juntos o salir de fiesta, terminaba quedándose en mi casa dos o tres días seguidos. Al principio era algo improvisado, pero con el tiempo acabó convirtiéndose en costumbre.

Subimos al piso agotados. Nada más cerrar la puerta, el silencio nos envolvió de golpe después de tantas horas de música y voces.

Hanna dejó los tacones junto al sofá soltando un suspiro de alivio y caminó descalza hasta la cocina con una de mis camisetas blancas apenas cubriéndole las piernas. Yo preparé el café mientras ella abría la bolsa de las porras todavía calientes.

Nos sentamos frente a frente en la pequeña mesa del salón, riéndonos al recordar algunos momentos de la fiesta.

—»La cara del chico que apareció con tres sujetadores distintos para asegurarse de acertar la talla… «—dijo entre carcajadas.

«O el que volvió sin camisa porque se la había cambiado a una chica por una liga» —respondí riendo también.

La tensión del trabajo ya había desaparecido. Ahora solo quedaba esa sensación agradable de cansancio compartido, de haber vivido algo intenso juntos.

Hanna se quedó observándome en silencio durante unos segundos mientras daba vueltas al café.

—»Hacemos buen equipo… ¿lo sabes, no?»

Sonreí apoyándome en la silla.

La verdad era que sí. Demasiado bueno quizá.

Porque ya no era solo la fiesta, ni las noches interminables trabajando juntos. Había una complicidad cada vez más evidente entre nosotros. Una confianza peligrosa. Esa clase de conexión que empieza jugando y termina convirtiéndose en algo difícil de controlar.

Fuera comenzaba a entrar la luz del amanecer por las ventanas del salón.

Dentro, nosotros seguíamos allí, todavía atrapados en el eco de aquella noche.

El despertar fue lento, cálido y tremendamente agradable.

Durante unos segundos seguí con los ojos cerrados, disfrutando de esa sensación confusa entre sueño y realidad. Hanna se había despertado antes y parecía entretenida jugando con su caramelo bajo las sábanas, recorriendo mi cuerpo con besos lentos y provocadores que conseguían ponerme la piel de gallina.

Cada vez que notaba el roce de sus labios, mi cuerpo reaccionaba casi por instinto. Ella lo sabía perfectamente y parecía divertirse con ello.

Me removí ligeramente sobre la cama intentando contener una sonrisa.

—“Ya estás despierto…” —susurró con tono travieso al notar mi reacción.

Abrí los ojos poco a poco y la encontré mirándome desde abajo, con el pelo revuelto, una sonrisa descarada y esa mirada peligrosa que siempre aparecía cuando quería provocar.

—“Ahora sí puedo jugar de verdad…”

Su voz sonó suave, casi inocente, aunque ambos sabíamos perfectamente que de inocente no tenía nada.

La luz del mediodía se colaba entre las cortinas iluminando parcialmente la habitación. El cansancio de la noche anterior seguía presente, pero mezclado con aquella tensión íntima que siempre terminaba apareciendo cuando nos quedábamos solos.

Hanna disfrutaba jugando muy despacio con su caramelo, alargando cada momento, acercándose lo justo para dejarme con ganas de más. Y yo empezaba a descubrir que una de las cosas que más me gustaban de ella era precisamente eso: su manera de dominar el juego.

Me incorporé un poco sobre la almohada mientras ella se acercaba lentamente hasta quedar a centímetros de mi cara.

“Creo que después de la fiesta de anoche… merecemos un buen desayuno” —murmuré.

Ella soltó una pequeña risa.

—“Eso mismo estoy pensando yo… aunque creo que no se si hablamos del mismo tipo de desayuno.”

Y volvió a besarme lentamente mientras la mañana seguía avanzando sin ninguna prisa.

Me levanté todavía medio adormilado y me fui directo a la ducha mientras Hanna salía hacia el salón con el teléfono en la mano. El sonido del agua caliente consiguió despejarme un poco después de la noche tan intensa y de la mañana todavía más entretenida.

Cuando salí del baño con la toalla en la cintura, ella estaba tumbada en el sofá revisando el móvil.

—“¡He pedido comida al chino del barrio!” —dijo levantando la vista.
—“¡Y también he llamado a mi amiga Loly para quedar esta noche!”
—“¡A las nueve hemos quedado en Momo para cenar con unos amigos!”

Me dejé caer en el sofá soltando un suspiro.

El restaurante Momo era uno de esos sitios muy conocidos en Chueca. Decoración sencilla, ambiente relajado y siempre lleno de gente interesante. Se mezclaban grupos de amigos, parejas, artistas, camareros que conocían a media clientela por el nombre y mucho ambiente LGTB. Hanna se movía muchísimo en ese círculo y prácticamente saludaba a alguien cada vez que caminábamos por el barrio.

Loly era otra historia.

Amiga de Hanna desde el colegio, divertida, descarada y con una obsesión bastante evidente por ella desde hacía años. Nunca lo ocultó demasiado. Cada vez que coincidíamos terminaba mirándola como si todavía tuviera diecisiete años.

“¿También va Loly?” —pregunté mientras cogía un refresco de la nevera.

Hanna sonrió de lado.

—“Claro… y prepárate porque seguro que hoy viene intensa.”

La comida llegó poco después y la tarde se convirtió en uno de esos domingos perfectos donde no apetece hacer absolutamente nada. Sofá, película, aire acondicionado y esa comodidad de estar con alguien con quien puedes pasar horas sin necesidad de hablar demasiado.

Hanna acabó acurrucada contra mí con una manta fina por encima mientras en la televisión sonaba cualquier película que ninguno de los dos estaba viendo realmente.

La tranquilidad contrastaba muchísimo con el caos elegante de la noche anterior.

Y precisamente por eso costó todavía más levantarse cuando empezó a hacerse tarde.

—“Venga, muévete ya…” —dijo Hanna levantándose del sofá de golpe—“Como sigamos así vamos a llegar tarde.”

La miré sin ninguna intención de moverme.

“Cinco minutos más.”

Ella soltó una carcajada.

—“Eso dijiste hace media hora.”

Terminó tirándome un cojín a la cara antes de desaparecer hacia la habitación para cambiarse.

Y aunque me daba una pereza enorme prepararme, sabía perfectamente que una noche con Hanna en Chueca rara vez terminaba siendo tranquila.

No tardé mucho en arreglarme. Me puse un pantalón tipo pitillo color crema y una camisa azul oscuro de manga larga con pequeños puntos blancos. Algo sencillo, pero elegante para movernos por Chueca aquella noche.

Hanna, en cambio, parecía preparada para convertirse en el centro de todas las miradas desde el momento en que saliera a la calle.

Llevaba una minifalda negra con vuelo, inspirada en los trajes de sevillana, que se movía con fuerza cada vez que caminaba. Las botas altas blancas le daban todavía más personalidad al conjunto y el corpiño rosa ajustado marcaba perfectamente su figura bajo la cazadora corta blanca.

A Hanna le encantaba provocar miradas. Y todavía más si esas miradas venían de otras mujeres.

Cuando apareció lista en la puerta del salón, me quedé observándola unos segundos.

—“¿Qué?”—preguntó sonriendo mientras giraba sobre sí misma.

“Que esta noche vas buscando guerra.”

Ella soltó una carcajada.

—“En Chueca siempre hay guerra.”

Tomamos un taxi que nos dejó en la calle de La Libertad, en pleno corazón del barrio. El ambiente estaba vivo incluso a esas horas: terrazas llenas, música saliendo de algunos locales y grupos de gente caminando entre luces y escaparates.

Llegamos los primeros al restaurante y nos sentamos en la mesa reservada para cinco mientras esperábamos al resto.

No tardaron demasiado.

Loly apareció la primera y, como siempre, era imposible no verla. Llevaba el pelo teñido de rosa chicle, pantalones de licra negros y una chupa de cuero ajustada que encajaba perfectamente con su actitud exagerada y divertida.

Con ella venían dos chicos a los que no conocía.

Nos levantamos para saludarlos.

—“Ellos son Manu y Tony” —dijo Hanna—. “Son pareja y amigos nuestros.”

Los dos resultaron bastante simpáticos desde el primer momento. Manu era más tranquilo y elegante; Tony, en cambio, hablador y descarado, de esos que convierten cualquier conversación en una fiesta.

La cena fue avanzando entre tapas, copas de vino y muchas risas. El ambiente era relajado y agradable, de esos grupos donde todo fluye rápido, aunque no conozcas a todo el mundo.

Como era inevitable, terminó saliendo la conversación sobre la fiesta del club y todo lo que había pasado la noche anterior.

Loly escuchaba fascinada.

—“A ver cuándo me llevas a una fiesta de esas, tía… “—le dijo a Hanna mientras levantaba una ceja.

Hanna sonrió sabiendo perfectamente por dónde iba.

—“Tú lo que quieres es liarla.”

—“Ah, no… que luego te me pones celosa si se me acerca alguna” —respondió Loly riéndose.

Todos soltamos una carcajada.

Loly aprovechaba cualquier ocasión para lanzarle indirectas a Hanna, y Hanna, que la conocía demasiado bien, siempre le seguía el juego sin cortarse.

Terminamos de cenar pasadas las doce y decidimos movernos a tomar unas copas.

El destino fue Why Not, uno de esos locales míticos donde parecía que todo el mundo encajaba. Desde fuera ya tenía personalidad, pero al entrar era todavía más impactante.

El sitio parecía un pequeño palacete decadente lleno de glamour. Decoración barroca, lámparas enormes, espejos antiguos, terciopelo, columnas y rincones oscuros iluminados con luces tenues.

El ambiente era espectacular.

En Why Not nadie juzgaba a nadie. Cada persona iba completamente a su estilo y precisamente ahí estaba parte de la magia del local. Podías cruzarte con una Drag Queen vestida de lentejuelas, dos moteros con estética Village People, parejas elegantes, artistas, turistas o gente simplemente disfrutando de la noche siendo quienes querían ser.

Y Hanna, caminando entre aquel ambiente con seguridad y una sonrisa provocadora, parecía sentirse exactamente en casa.

Estábamos realmente a gusto. La música sonaba suave de fondo, las copas seguían llegando y el local tenía esa mezcla perfecta de glamour decadente y libertad que hacía que las horas pasaran sin darte cuenta.

Manu y Tony acabaron completamente absorbidos el uno por el otro. Entre risas, miradas y morreos cada vez más largos, terminaron despidiéndose entre bromas.

—“Nosotros nos retiramos antes de que esto acabe mal…” —dijo Tony riéndose mientras se levantaban.

Nos quedamos entonces solos los tres.

A esas alturas el vino de la cena y las copas empezaban a notarse bastante, especialmente en Loly, que ya iba completamente desinhibida. Siempre había sido intensa con Hanna, pero aquella noche estaba especialmente cariñosa.

No dejaba de buscar el contacto con ella: una mano en la cintura, una caricia en el brazo, acercarse demasiado al hablarle al oído… Todo acompañado de esa sonrisa descarada que utilizaba cuando quería provocar.

—“Te estás poniendo demasiado guapa esta noche y eso no me gusta nada…” —le dijo Loly mientras le apartaba un mechón de pelo de la cara.

Hanna soltó una carcajada.

—“¿Ah no? ¿Y eso por qué?”

—“Porque luego todo el mundo te mira… y yo llegué primero.”

La respuesta nos hizo reír a los dos.

Pero Hanna, lejos de cortar la situación, le seguía el juego encantada. Le gustaba provocar, sentirse observada, notar cómo atraía la atención allá donde iba. Y con Loly tenía la confianza suficiente para entrar en esa dinámica medio en broma, medio peligrosa.

A veces le agarraba la mano unos segundos más de la cuenta. Otras se acercaba a hablarle al oído solo para verla ponerse nerviosa. Era un tira y afloja constante entre las dos.

Yo observaba la escena divertida mientras daba un trago a la copa.

“Te encanta torturarla” —comenté sonriendo.

—“Muchísimo” —respondió Hanna sin apartar la mirada de Loly.

Loly negó con la cabeza riéndose.

—“Un día me vas a matar, tía.”

La música subió de intensidad y el ambiente del local se volvió todavía más animado. Gente bailando entre las columnas, grupos mezclándose y miradas cruzándose continuamente.

Y nosotros, en aquel rincón del Why Not, parecíamos habernos quedado suspendidos en una especie de juego constante de provocaciones, alcohol y tensión divertida que hacía imposible saber cómo terminaría realmente la noche.

—”¡Anda convencerla que me dejé echarla un polvo!” — me decía a mí Loly, con cara de niña buena.

“¡Tú insiste que la tienes en el bote!” — la respondí en voz bajita.

Hanna me miraba de vez en cuando con esa sonrisa de niña traviesa que aparecía siempre que intuía que algo iba a pasar. No decía nada, pero disfrutaba observando la situación desde la distancia, dejando que Loly siguiera entrando en el juego.

Al rato se levantó hacia el servicio dejándonos a solas.

Loly aprovechó el momento enseguida. Se acercó un poco más a mí apoyando el brazo sobre la mesa mientras jugaba distraída con la copa.

—“Jo, tío… me tiene loca” —dijo soltando una pequeña risa nerviosa.

Negué con la cabeza sonriendo.

“Eso lo sabe todo el mundo.” — respondí.

—“Ya… y ella también lo sabe perfectamente” —respondió mirando hacia donde había desaparecido Hanna.

Se quedó unos segundos callada antes de mirarme directamente con una expresión entre divertida y atrevida.

—“¿Me dejáis ir a dormir con vosotros?”

Lo dijo casi como una broma, aunque había bastante verdad detrás de aquellas palabras.

—“Prometo portarme bien… y ser buena” —añadió poniendo una carita exageradamente inocente.

No pude evitar reírme.

La tensión entre Loly y Hanna llevaba años existiendo. Era evidente que entre ellas había habido algo más que tonteos alguna vez, aunque Hanna siempre había mantenido cierta distancia emocional. Le gustaba provocar a Loly, jugar con esa atracción constante… pero nunca quiso que se enganchara demasiado.

Y quizá precisamente por eso aquella dinámica seguía teniendo tanta electricidad.

Me encogí ligeramente de hombros.

“Por mí no habría problema… pero eso tendrás que hablarlo con ella.”

Loly sonrió de inmediato, como si mi respuesta le hubiera dado algo de esperanza.

—“Sabía que tú eras más fácil de convencer.”

En ese momento Hanna regresó caminando entre la gente con aquella seguridad natural que hacía que muchas miradas se girasen a su paso. Se acercó a la mesa observándonos con sospecha divertida.

—“¿Qué conspiráis ahora?”

Loly levantó la copa intentando disimular.

—“Nada peligroso… todavía.”

Pero por la mirada de Hanna, estaba claro que intuía perfectamente por dónde iban los tiros.

Loly terminó apoyando la cabeza sobre el pecho de Hanna mientras seguía insistiendo con una mezcla de mimos, alcohol y descaro.

—“Venga… quiero irme con vosotros… “ —decía casi arrastrando las palabras mientras se abrazaba a ella.

Hanna al principio negó varias veces entre risas.

—“Ni de coña. Vas demasiado revolucionada esta noche.”

Pero Loly no soltaba presa. Seguía acariciándole el brazo, poniendo caritas de pena y prometiendo comportarse.

—“Por favor… prometo ser buena.”

Hanna acabó mirándola con esa expresión resignada que aparecía cuando sabía que iba a terminar cediendo.

—“Está bien… pero escucha una cosa muy clara.”

Loly levantó la cabeza rápidamente.

—“Nada de ponerte intensa con el tema de “quiero salir contigo”, ¿vale?”

Ella juntó las manos con entusiasmo, como una niña pequeña a la que acaban de dar permiso para algo prohibido.

—“¡Ok, te lo prometo!”

Y lanzó una sonrisa enorme completamente satisfecha.

Salimos del Why Not cerca de las cuatro de la mañana. Las calles de Chueca seguían llenas de vida, aunque ya se empezaba a notar el cansancio de la madrugada.

Durante todo el trayecto en taxi, Loly no se soltó del brazo de Hanna ni un segundo. Iba pegada a ella, apoyando la cabeza en su hombro y disfrutando claramente de la situación.

Cuando llegamos a mi piso, Loly fue directa al baño todavía riéndose sola por cualquier tontería.

En cuanto nos quedamos unos segundos a solas, aproveché para acercarme a Hanna.

“Si quieres, me voy a dormir al cuarto pequeño y os dejo tranquilas.”

Hanna me miró como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.

—“Ni de broma me quedo sola con ella esta noche.”

Solté una pequeña risa.

“Tan peligrosa la ves.”

—“La conozco demasiado bien” —respondió divertida mientras se quitaba la cazadora—. “Como te vayas, se va a poner posesiva, empezará con el drama y acabará enfadándose cuando vea que le digo que no.”

Negó con la cabeza sonriendo.

—“Si quiere quedarse, nos quedamos los tres en la misma cama y ya veremos cómo acaba la noche.”

Lo dijo con total naturalidad, aunque en su mirada había esa chispa provocadora que aparecía siempre antes de meterse en algún lío.

Y con Hanna, los líos casi nunca terminaban siendo aburridos.

Cuando volvió del servicio, Hanna le habló.

—“Loly, echamos un polvo los tres y dormimos en la misma cama todos” —“¿Ok?”

—“¡Por mí, perfecto!… Estoy muy salida y necesito un rabo”

Me retiré un momento al servicio porque llevaba todo el camino aguantando y tenía la vejiga a punto de explotar. Todavía escuchaba las risas de las dos desde el pasillo mientras me echaba agua en la cara intentando despejarme un poco.

Pero al volver a la habitación me quedé completamente parado en la puerta.

Hanna estaba desnuda sobre la cama, recostada con tranquilidad entre las sábanas blancas, observando divertida la escena que tenía delante. La luz tenue de la habitación apenas iluminaba su cuerpo, dándole a todo un ambiente todavía más íntimo.

Frente a ella, Loly terminaba de jugar con su ropa interior en una especie de improvisado striptease cargado más de provocación divertida que de verdadera vergüenza.

Y la verdad… me sorprendió.

Nunca la había visto desnuda y no esperaba encontrarme un cuerpo tan trabajado. Se notaba muchísimo el gimnasio: piernas fuertes, cintura marcada y una seguridad en sí misma que aumentaba todavía más el atractivo que tenía.

Loly disfrutaba claramente sintiéndose observada por Hanna. De hecho, probablemente aquella atención era justo lo que ella siempre deseaba.

Ella siempre había tenido mucho más interés por las mujeres y cuidaba cada detalle de su imagen precisamente para eso: llamar la atención de una chica que le gustara. Y esa noche, con Hanna mirándola desde la cama sin apartar los ojos de ella, parecía sentirse exactamente donde quería estar.

Cuando me vio aparecer en la puerta, Loly sonrió divertida.

—“Mira quién vuelve…”

Hanna giró ligeramente la cabeza hacia mí con esa mirada traviesa que empezaba a conocer demasiado bien.

—“Estábamos entreteniéndonos mientras volvías.”

Negué con la cabeza soltando una risa incrédula mientras cerraba la puerta detrás de mí.

La tensión en la habitación era evidente. No incómoda… pero sí cargada de curiosidad y deseo contenido.

Loly se acercó a mí bailando como una perra en celo, sus movimientos eran tan sensuales que me hacía perder la cabeza y querer follármela ahí mismo delante de Hanna.

Me fue quitando la ropa con una agresividad que me excitaba aún más.

Desnudo de pie y parado mirándola a los ojos como un animal salvaje listo para devorarla.

Se fue agachando tomando mi polla con una mano y dirigiendo la mirada hacía Hanna para ponerla caliente. Se metió la polla en la boca y la mirada clavada con seducción en Hanna, está contemplaba la escena y al mismo tiempo que acariciaba su coño.

Loly no podía aguantarse más y se lanzó a por ella salida como perra en celo.

Hanna abría las piernas pidiendo su boca y Loly no perdió tiempo en preámbulos. Se llegaba a escuchar con fuerza y ansía los lamidos y chupadas que daba en el coño de Hanna, está respondía con gemidos de placer sujetando con sus manos la cabeza de Loly para que no dejara de comer su almeja mojada.

La situación me ponía como loco y la vista del culo en pompa de Loly era una verdadera locura. Como un animal hambriento me sitúe tras de ella y con mi mano masturbe el coño que estaba chorreando, la agarre del pelo, no aguantaba más e introduje la polla dura de un golpe seco hasta el fondo que la hizo contonearse y soltar un gemido fuerte y seco sin dejar de comer el coño de Hanna.

Hanna me miraba y me dijo:

—“¡Follatela para mí!”

Loly levantaba la vista hacia Hanna sin dejar de comerla el coño y afirmaba con la cabeza.

Las embestidas que chocaban contra sus nalgas eran tan intensas que sentía como si estuviera a punto de explotar dentro de ella. Por un momento tuve que parar para recuperar el aliento y me quedé a un lado para observarlas.

Loly no se detuvo, se situó encima de Hanna y le dio un morreo intenso que llevaba rato deseando. Con una mano jugaba apretando un pecho y con la otra con el coño de Hanna, un flujo vaginal blanco como la leche brotaba de su interior y empapaban su mano. Hanna estaba al borde del orgasmo y al notarlo llegar se alteraba más, Loly se apresuró a bajar rápido para recibirlo con su lengua, las convulsiones en el cuerpo de Hanna eran intensas y la habitación se llenaba de gemidos.

Después de un momento de relax, las chicas volvieron a jugar entre ellas. Loly, totalmente entregada, aquella mujer por la que tantas veces había suspirado, soñado, anhelado la ponía loca en todos los sentidos, pocas veces la tenía en sus manos y había que disfrutarlo. Su cuerpo, su cadera, no hacía más que moverse descontrolada, sus dedos se perdían en la deseosa vagina de Hanna, húmeda y sensible, los fluidos se deslizaban por la piel desnuda y los jadeos eran cada vez más rápidos.

Loly agarró la cadera de Hanna con fuerza, apretando el cuerpo de ambas como si fueran a fundirse, metía los dedos en la deseosa vagina, masturbando con fuerza y concentrada en hacerla sentir el mayor de los placeres, cada ver estaba más excitada hasta sucumbir en orgasmos que la llevaban al mismísimo paraíso.

Me limite a observarlas, cada vez me gustaba más el rosa y rubio mezclado. Estaba a punto de estallan sin que me hubieran tocado, solo con la imagen de sus cuerpos retozando y gozando cada vez más apasionadas. Hanna me miro y alcanzo su mano hacia mi polla para acariciarla. Loly se pasó a un lado dejándome en medio de las dos y también junto su mano a la de Hanna. Comenzaban a practicar una monumental paja a dos manos hasta que me hicieron reventar, el esperma salía de mi polla al igual que una botella de cava al descorchar. Las dos acercaron las bocas para chupar el flujo juntas, mezclando sus lenguas en morreo, balanceaba mi pelvis por los latigazos de sensibilidad.

Terminamos agotados, quedando dormidos casi en el mismo sitio.

Loly siempre había estado enamorada de Hanna y esa noche se notaba el enorme deseo que tenía por ella.

<<<<<<<  Relato revisado a MAYO de 2026

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