Reencuentro con Aihona
Aquellos fueron meses de frenesí absoluto en Madrid. Mi empresa había cerrado un acuerdo estratégico con una potente empresa en Hispanoamérica, y de repente me encontré al timón como director comercial para toda América. Los viajes se convirtieron en mi nueva rutina, cruzando el océano con una frecuencia que me resultaba tanto excitante como agotadora.
Dos semanas por Brasil y Cuba… suena un sueño, ¿verdad? Pero créeme, cuando es por trabajo, la magia se transforma en listas de contactos y reuniones interminables.
Aterricé en Brasil por São Paulo, donde dos días de reuniones me dejaron sin aliento. De ahí, un vuelo exprés a Salvador de Bahía para visitar proveedores, y ese mismo día ya estaba subiendo a otro avión con rumbo a Fortaleza. La feria internacional de turismo BNTM 2007 en el Centro de Convenciones me absorbió por completo durante dos días. Al tercero, tomamos una avioneta hacia Jericoacoara, ese paraíso escondido en Ceará donde pasamos una noche inolvidable. Imagina: mar, playa y selva en perfecta armonía, tan remoto que las carreteras asfaltadas ni siquiera se atreven a llegar.
El regreso fue un vértigo: vuelo a São Paulo, conexión directa desde Guarulhos a Madrid-Barajas. Aterricé a las 11 de la mañana, y mi socio ya me esperaba con otra maleta lista. Salón VIP, ducha exprés, cambio de ropa rápido, un bocado ya las 16:30 ya estaba embarcando de nuevo, esta vez con destino La Habana. Tres días intensos en la feria FITCUBA, en el imponente Castillo Morro-Cabaña, y luego… vuelta a casa, exhausto, pero con la satisfacción de haber cumplido.
De vuelta en España, la oficina de Madrid me retuvo otros dos días con asuntos urgentes. Fue entonces cuando me dije: «basta, me voy una semana a mí casa que necesito desconectar y descansar». Al día siguiente por la mañana, ya estaba en el tren hacia mi ciudad.
A primera hora de la tarde, bajé a tomar un café a la cafetería de Ainhoa. Al verme, dejó todo lo que estaba haciendo y corrió a darme un abrazo y un besazo que me hicieron sentir de inmediato en casa.
—“Pero bueno! ¿Cuándo llegaste?” —me preguntó con los ojos brillantes.
“Esta misma mañana”
—“Qué bueno” —exclamó, y luego añadió con una sonrisa pícara.
“Me he tomado una semana de relax que necesitaba desconectar.”
—“Bueno, bueno”—replicó, acercándose un poco más —“Desconectar sí, de relax, relax no todo, que tú y yo nos vamos a ver mucho.”
Ainhoa y sus tiradas, era única. Le encantaba ponerse morbosa cuando hablaba conmigo, y esa vez no fue la excepción.
Llevamos un par de horas charlando hasta que finalmente nos quedamos solos en la cafetería. Me contó algunas de sus aventuras, esos rollos ocasionales que tanto le gustaban, y me confesó que actualmente tenía un juego de seducción con una chica, aunque no eran pareja fija. Habían pasado ya unos meses desde la última vez que nos vimos, y noté que estaba cambiada: se había rizado el pelo y estaba más delgada, dándole un aire renovado que me resultaba fascinante.
Estábamos muy a gusto, pero el reloj avanzaba y tenía que retirarme, con la compra del súper pendiente para estos días.
“¿Te apetece si quedamos mañana viernes?” —pregunté, ya casi de pie.
-“Si.. ¡Me encantaría!” —respondió sin dudarlo.
“Perfecto. Te paso a buscar a las nueve y nos vamos a cenar.”
Me despedí con una sonrisa y puse rumbo al supermercado. Como andaba un poco perdido de las novedades de mi ciudad, esa noche me senté frente al portátil y me puse a buscar donde podríamos ir a cenar. Después de un rato, seleccionó un asador que tenía excelentes referencias y que no conocía. Sin dudarlo, llamé e hice la reserva para el viernes.
La tarde del viernes, me di un buen paseo por un parque cercano a casa, sintiendo cómo el aire de mi ciudad me llenaba de nuevo de vida. Sobre las ocho, empecé a prepararme. A la hora acordada, entré en la cafetería y allí estaba ella. Ainhoa, ya lista y dando las últimas instrucciones a su compañera.
—“Elena, cierra y mañana abres. Yo entro de tarde a cerrar” —dijo con tono decidido mientras me veía y sonreía.
Al salir, tomamos un taxi que nos llevó hasta el asador.
La cena transcurrió entre risas y copas. Me puso al día de sus desventuras con algunos chicos, historias que, como de costumbre, no acabaron muy bien por culpa de los terribles celos de ellos y su incapacidad para aceptar que una chica llevara la voz cantante. Su tendencia por las chicas no era una noticia para mí, pero lo que me contó esa noche sí lo fue.
Me confesó que había conocido en un bar de ambiente a una chica, Daniela. Veinticinco años, siempre vestía en un plan gótico que fue lo que le atrajo de ella en cuanto la vio. Daniela también se interesó, le gustó su estilo, y eso las llevó a descubrir los gustos ocultos de Daniela y las aficiones morbosas de Ainhoa. Para qué queríamos más. Ainhoa, con su innegable tendencia a la dominación, se junta con Daniela, a quien le atraían las cruces, lo oscuro y la sumisión. Una mezcla, francamente, explosiva. Además, también era camarera, lo que hacía que sus horarios pudieran encajar a la perfección.
—“Es muy divertido” “Nos vemos mucho y sin malos rollos” —dijo con una sonrisa cómplice, dejando caer la frase como si fuera un secreto.
La mazmorra que tenía montada en su casa daba mucho juego, y me dio buena cuenta de ello con solo la forma en que lo dijo. Me miró fijamente, con ese brillo travieso que tanto me gustaba.
— “¿Qué te parece si la llamo y montamos algo esta noche en mi casa?” —susurró, acercándose un poco más
—“Si te apetece que nos divirtamos…”
No hizo falta que respondiera con palabras. Asentí y ella, con una sonrisa de satisfacción, ya sacaba el móvil.
—“A las once en mi casa” —dijo al teléfono, sin quitarme los ojos de encima— “Tendremos un rico postre para los dos.”
A las diez y media llegamos a su casa. Nos sentamos en el sofá con unas copas, y el ambiente ya se sentía eléctrico. Un poco antes de la hora, Ainhoa se fue a cambiar para la ocasión.
Cuando entró de nuevo en la sala, deslumbró. El pelo recogido en una estricta coleta, un corpiño negro que ceñía su figura, una tanga de licra negra y unas botas del mismo material, pero de un rojo intenso, que le llegaban hasta la rodilla. Era la imagen de la dominación, y mi cuerpo reaccionó al instante.
No tardó en sonar el timbre. Ainhoa fue a abrir y regresó a la sala con su amiga de la mano.
—“Te presento a Daniela. Mi juguete.”
Daniela era exactamente como yo la había descrito, pero verla en persona era otra cosa. Una chica muy delgadita, un poco más alta que Ainhoa, vestida con un gótico que resultaba increíblemente sexy. Un vestido negro con vuelo plisado, tipo minifalda, que dejaba sus piernas al descubierto y sus hombros libres. Botas negras tipo Dr. Martens, un cuello ancho con una hebilla metálica plateada, labios pintados de un negro intenso, sombra de ojos violeta y un pelo corto y afilado a lo militar.
Me levanté a saludar, y mis labios se encontraron con sus mejillas en dos besos que se sintieron cargados de promesa. La invité a sentarse con nosotros.
Pasamos un rato muy ameno hablando los tres, y me sorprendí gratamente descubrir que Daniela no era solo una figura sumisa. Era una chica súper inteligente; no solo trabajaba de camarera, sino que también estudiaba arte y diseñaba su propia ropa. Había una profundidad en su mirada que me atrapó, una inteligencia que se adivinaba tras su estética oscura.
No pasó mucho tiempo antes de que Ainhoa sacara a relucir su imagen dominante. Se levantó del sofá con una gracia felina, se acercó a Daniela y comenzó a acariciarle la cabeza como si fuera su mascota, su posesión. Empezó con unos juegos de humillación suaves, marcando desde el principio su postura de dómina.
—“Arrodíllate” —ordenó, y Daniela obedeció al instante.
Ainhoa le abrió la boca con sus dedos.
—“Saca la lengua.”
Daniela lo hizo, y Ainhoa la acarició con la yema del dedo, un gesto de posesión que era a la vez tierno y humillante. Con la pequeña fusta que había traído consigo, comenzó a dar pequeños y flojos toques por todos los puntos de su cuerpo, recorriéndola con la mirada mientras daba una lenta vuelta a su alrededor. El palo de la fusta se posó sobre la lengua extendida de Daniela.
—“Chúpala. Chúpala bien, como si fuera una polla de verdad” —ordenó, y su tono de voz había cambiado por completo, volviéndose más áspero, más autoritario.
La forma en que se refería a ella fue degradándose, rebajándola con comentarios guarros que la ponían a prueba.
—“¿Estarás sin bragas como te pedí?” —preguntó, y la pregunta sonó más como una acusación.
—“Sí, mi ama” —respondió Daniela, inclinando la cabeza sin atreverse a mirarla a los ojos.
Ainhoa se colocó detrás de ella y, con el mango de la fusta, levantó la falda de un solo gesto, quedando su culito blanco al descubierto. Acercó la mano al centro de sus nalgas, deslizándola hasta llegar a frotar el coño ya humedecido, y entonces exclamó con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
—“Ya estás mojada y sin mi permiso” —exclamó Ainhoa con una falsa indignación —“Voy a tener que ser un poco mala contigo”
Colocó un cuenco de metal en el suelo frente a mí.
—“Quiero que te pongas en cuclillas encima” —ordenó, y luego añadió con una voz baja y firme —“Y quiero que mires a los ojos de Carlos cuando lo hagas.”
Daniela obedeció sin dudarlo, bajando hasta quedar en cuclillas sobre el cuenco. Sus ojos se clavaron en los míos mientras su cuerpo se relajaba y al poco comenzaba a orinar. El sonido del líquido cayendo en el metal era el único ruido en la sala. Era increíblemente excitante verla así, su cara se teñía de un color rosado por el rubor, pero su obediencia era absoluta, sin una sola réplica.
Cuando terminó, se quedó de rodillas, girando la cabeza hacia Ainhoa en busca de su aprobación.
—“Ponte de pie y quítate el vestido.”
Daniela se levantó y en dos movimientos fluidos se deshizo del vestido y del sujetador negro, que contrastaban violentamente con la blanca leche de su piel. Ainhoa tomó una cadena de metal y la enganchó a la hebilla del collar de Daniela.
—“¿Te gusta la panterita que tengo?” —preguntó con una sonrisa de dominio, mientras comenzaba a pasear a su juguete por la sala, desnuda y gateando como un animalito.
La hizo detenerse en el centro de la sala y por un momento salió de la sala. Al poco regresó con una caja de cartón abierta, llena de juguetes eróticos. Tomó un dilatador anal de cristal, lo untó generosamente de lubricante y, sin previo aviso, se lo fue introduciendo lentamente en el ano de Daniela, que soltó una pequeña queja ahogada por la mezcla de dolor y placer. Mientras, con la otra mano, acariciaba sus pequeñas tetitas. De sus pezones colgaban dos piercings en aro que Ainhoa unió con una fina cadena de plata, tirando de ella suavemente.
Ainhoa se acercó a mí y susurró al oído, con su aliento caliente sobre mi piel:
—“Quiero jugar fuerte con ella primero. Y después, que sea nuestra sirvienta para todo mientras nosotros nos follamos como locos.”
Me miró con esos ojos llenos de fuego.
“Me parece bien” —respondí, sintiendo cómo mi propia excitación crecía imparable —.“Tú marcas el ritmo.”
Gateando, Ainhoa la fue acercando hasta donde yo estaba sentado. Con una simple orden, Daniela me desabrochó el pantalón y con su mano sacó mi polla ya dura. La acarició con una delicadeza que contrastaba con lo que vino después: la acercó a su boca, jugando con la lengua por el glande antes de meterse de golpe toda la verga hasta el fondo.
Ainhoa no perdió el tiempo. Con una mano, movía el dilatador en el culo de Daniela, que por la acción rebosaba lubricante, deslizándose por sus nalgas. Con la otra mano, sus dedos pringados jugaban en la entrada del coño, explorando, hundiéndose. Con cada movimiento de sus dedos, la boca de Daniela daba sacudidas bruscas sobre mi polla, notando cómo la taladraban por ambos extremos.
Sus ojos comenzaban a perderse, a vidriarse. Cada movimiento le hacía más difícil mantener el ritmo. La cara de Daniela se transformó al sentir la llegada de un orgasmo inminente; los flujos corrían sin control por sus piernas. Ainhoa cambió de juego: retiró el dilatador, dejando un buen agujero abierto y ansioso, y su mano se encargó de cubrir ese hueco de inmediato. La mano, aún pringada de lubricante, entró suave pero firme en el ano. Ese culito blanco como la leche, abierto y penetrado. La mano entraba y salía cada vez con más intensidad, con más fuerza.
Ainhoa estaba muy excitada, demasiado, y se ensañó un poco con ella. Vi que el ritmo era excesivo y tuve que dar un toque para que se relajara. Separe la cabeza de Daniela de mi entrepierna, permitiéndole respirar y perderse en sus propias sensaciones. Tenía la cara y la mirada desencajadas, entre el dolor y el placer.
Me arrodillé junto a Ainhoa, colocándome a un lado del culo de Daniela. Puse mis manos sobre el culo de Daniela y le pedí a Ainhoa con la mirada que fuera más suave. Bajó el ritmo de inmediato, dando un poco de respiro a su juguete, que había estado a punto de agotarse. Para relajarla más, llevé mi mano al coño de Daniela y lo acaricié muy suave. Daniela fue bajando la tensión, dejando caer la cabeza sobre el sofá. En poco, estaba recuperada y lista para seguir jugando.
Ainhoa se colocó un arnés con una enorme polla de goma negra. Se posicionó por detrás de Daniela y se la fue follando sin contemplaciones, con intensidad. La chica gemía cada vez más fuerte. No sé qué le pasaba a Ainhoa, pero estaba un poco alterada y lo estaba trasladando a la chica con una brusquedad que me preocupaba. Las embestidas eran fuertes, demenciales, hasta que llegó un momento en que Daniela, con la voz rota, mencionó.
—«Me haces mucho daño». Ainhoa frenó en seco la penetración, retirándose y dejando que la chica descansara.
La siguiente orden fue directa y firme, fijando su mirada en mí:
—»Que se ponga de rodillas junto a la cama hasta que la volvamos a necesitar».
Daniela obedeció, moviéndose con lentitud. Ainhoa se giró hacia mí, con el arnés todavía puesto y un brillo salvaje en los ojos.
—“Ahora, vámonos a por un polvo nosotros dos” —me dijo.
Nos tumbamos los dos sobre la cama, y nos comimos la boca con una intensidad casi violenta. Ainhoa estaba muy excitada, y se notaba en su brusquedad, primero con Daniela y ahora conmigo. Mientras seguíamos, llegó a hacerme daño. Estaba encima de mí, en cuclillas, y de un giro seco se puso de espaldas sin sacar mi polla de dentro. El movimiento tan brusco me hizo daño, y tuve que darle otro toque, pidiéndole que fuera más suave.
Llegó a su orgasmo con un gemido ronco, y acto seguido se quitó de encima de mí. Tomó la cabeza de Daniela, la acercó a mi polla aún humeante y le ordenó con voz áspera:
—“Limpia todo, guarra”
Mientras Daniela obedecía, la miré a Ainhoa.
“¿Estás bien?” —pregunté.
—“Un poco rabiosa, pero no es por vosotros” —confesó, con el aliento entrecortado —“He tenido un mal día, lo siento, me he pasado.”
“Tengo la solución para eso” —dije, con una sonrisa. —“Y si me das permiso para utilizar a tu juguete… a tu favor.”
Tomé la mano de Ainhoa y la puse de pie, até sus manos a la espalda y le cubrí los ojos con una venda negra.
“Déjate llevar, vale” —le susurré al oído.
Retiré la poca ropa que le quedaba puesta, dejándola totalmente desnuda, y la colocada sobre la mesa grande del salón, con el pecho y los brazos apoyados en la mesa. Con una cuerda, sujeté sus manos a las patas delanteras de la mesa y sus piernas a cada una de las traseras, dejándola completamente inmovilizada y expuesta.
Ofrecí mi mano a Daniela para que se levantara y se acercara a mí.
“Vas a hacer lo que yo te pida. Y no te niegues” —le dije, mirándola fijamente a los ojos.
Coloqué una paleta de madera en su mano temblorosa.
“Azota las nalgas de Ainhoa.”
Al principio, se negó, dando un paso atrás y sacudiendo la cabeza. La tomé de la cintura y la acerqué a la mesa. Tomé su mano y dirigí yo mismo el primer golpe contra la nalga de Ainhoa, que se estremeció.
“Estate tranquila y sigue suave” —le dije a Daniela al oído.
Volvió a dar un azote, esta vez por sí sola. Su carácter fue cambiando, relajándose, aceptando su nuevo poder. No eran golpes para causar dolor, sino más bien una crítica, una descarga de la tensión que Ainhoa había acumulado. Cada azote era un recordatorio, una forma de liberar esa rabia que no era con nosotros, pero que necesitaba salir.
Tomé de nuevo el brazo de Daniela y la llevé a colocarse debajo de la mesa.
“Quiero que lubriques con tu lengua el coño de tu ama. Y cuando yo saque mi polla de dentro, tú te encargas de limpiarla.”
Me situé detrás de Ainhoa, dejé caer un chorrito de lubricante por encima de sus nalgas y con mi mano lo esparcí hacia su vagina, ya húmeda. Orienté mi polla hacia la entrada de su coño y fui penetrándola poco a poco, hasta el fondo, logrando un pequeño grito ahogado de su parte. Me quedé así un momento, disfrutando de su calor, y luego comencé a moverme, entrando y saliendo de su coño mojado un buen rato, con un ritmo profundo y constante.
Saqué la polla de golpe para darle un respiro, y en décimas de segundo, la lengua de Daniela se encargó de limpiarla con avidez. Tomé su cara con una mano. Me encantaba esa mirada inocente que contrastaba con lo que hacía. Con los dedos le abrió la boca y mi polla entró suave, hasta el fondo de su garganta. Una vez bien mojada con su saliva, volvió en busca del ano de Ainhoa, que se fue abriendo poco a poco, cediendo a mi presión. Por debajo, la lengua de Daniela no paraba, se encargaba de tener el coño de su ama bien lubricado, lamiéndola sin descanso.
Ainhoa estaba dando espasmos cada vez más intensos. Las corridas comenzaron a llegar, y Daniela, fiel a su rol, recogía todo lo que salía con su boca. Llegó un momento en que la leche corría por su cara y se le mezclaba con las lágrimas, inundándole los ojos.
Estaba muy excitado, demasiado. Salí del culo de Ainhoa de un tirón, agarré a Daniela y la coloqué en la mesa sobre el cuerpo de su ama. Sin pensar mucho, sin poder contenerme, comencé a follarla. Las embestidas eran intensas, salvajes, y la chica gemía fuerte, pidiendo más y más con cada golpe.
Cuando me corrí, lo hice dentro de ella. Luego, tomé su cabeza y la obligué a limpiar mi polla con su boca, mezclando nuestros sabores. Desaté a Ainhoa y le pregunté si estaba más calmada.
—“El cambio de roles me ha venido de perlas” —me dijo, con una sonrisa cansada pero satisfecha.
Tomó del brazo a Daniela y se la llevó al baño para limpiarla. Yo, mientras tanto, me tiré en el sofá para recuperar el aliento. Al cuarto de hora, regresaban a la sala. Ainhoa se había puesto la parte de arriba de un pijama de seda, pero sin nada debajo. A Daniela la había vestido como una sirvienta, con una faldita de volantes cortísima, una cofia y nada más.
Nos tumbamos en el sofá viendo una película, pero pronto la atención se desvió de la pantalla. Daniela se arrodillaba en el suelo y chupaba los dedos de los pies de Ainhoa. Cuando su dueña se lo pedía, dejaba los pies para jugar con mi polla, que se ponía dura de nuevo, o para lamer el coño de Ainhoa. También nos traía la bebida, moviéndose con una sumisión servicial que era increíblemente excitante.
Cuando me volvió apetecer, la puse a cuatro patas en la alfombra y me la follé una vez más, mientras Ainhoa se masturbaba mirando la escena, con los ojos clavados en nosotros.
Cuando nos quisimos dar cuenta, eran ya casi las seis de la mañana. Nos quedamos a dormir todos juntos en la cama grande, y me encantó dormirme con la mano puesta en el coño de Daniela, sintiendo su calor mientras me vencía el sueño.
Por la tarde, regresé a mi casa, y lo que quedó del fin de semana me desconecté por completo del mundo.
El domingo por la noche, me llamó Ainhoa para preguntar si estaba bien. Con su alegría de siempre, me decía que no me relajara tanto, que esa semana tenía que dar para mucho juego. Ya me estaba entrando un poco de miedo al pensar en dejar que ella se encargara de organizar algo.
Me comentó que Daniela estaba alucinada, alterada y que repetiríamos.
—“Mañana lunes a las cinco, pasa a recogerme” —me ordenó, con una sonrisa que no prometía nada tranquilo.
La mañana de ese lunes la pasé dando vueltas en mi cabeza, imaginándome qué diablos se le habría ocurrido a esa loca. A las cinco en punto, estaba en la cafetería. Ainhoa no me dejó ni tomar un café. Me agarró de la mano y me metió en su coche. Salimos de la ciudad por la autovía y llegamos a un conocido pueblo a 30 kilómetros de nuestra ciudad. Aparcamos a las afueras de una casa unifamiliar que no tenía ni idea de quién podría vivir allí. Bajamos del coche y Ainhoa llamó a la puerta.
Salió a recibirnos una chica que por unos segundos no reconocí, simplemente porque no me lo esperaba. Al instante, reaccioné.
“Joder, Elena.” “No te había conocido”
Su pareja, Aitor, salió detrás de ella para saludarme.
Qué sorpresa. Una pareja muy amiga mía, a la que nunca le faltaba en el club y con la que llevaba un montón de tiempo sin ver.
“Pero qué trampa me tienes preparada, Ainhoa” —dije, sin poder evitar la sonrisa.
Ainhoa me explicó que había conocido a esta pareja en la fiesta privada de la casa rural.
—“Elena y yo hablamos mucho, comentamos que estabas aquí y nos invitaron a pasar “—dijo con toda la naturalidad del mundo.
La verdad es que me llevé una gran sorpresa. Esta pareja me apoyó mucho, sobre todo cuando estaba algo jodido en el Club, y les apreciaba un montón. Habíamos participado juntos en muchas fiestas y encuentros muy divertidos.
—“Desde que nos conocimos en la fiesta, quedamos varias veces y nos hemos hecho muy amigos” —comentó Ainhoa, y me encantó que se hubiera hecho amigos de ellos también.
Nos sentamos en el sofá y sacaron unos cafés con unos dulces que tenían preparados para la ocasión. Nos tiramos un buen rato hablando de cómo me iba a mí en Madrid y de ellos en el mundillo. Para mi sorpresa, habían frenado mucho; solo mantenían encuentros con Ainhoa y Daniela y con una pareja de la ciudad que yo no conocía.
De repente, las dos chicas desaparecieron, y nos quedamos hablando Aitor y yo. En la conversación, por supuesto, salió Daniela. Aitor me dio más información sobre esta chica, sobre el proceso de los encuentros y juegos entre los cuatro. Me confirmó que era muy divertido tenerla como juguete, que su rol de sumisa complaciente era perfecto, y que lo mejor de todo era que a ella le encantaba y se notaba que estaba muy enganchada por Ainhoa.
Al poco, volvieron a entrar en la sala las dos chicas, y lo hicieron muy guerreras. Las dos casi un juego, con una lencería minúscula, unos tangas diminutos en negro tipo brasileño y unas tiras de cuero que formaban una especie de corsetería negra.
Hacía tiempo que no veía el cuerpazo de Elena, y me sorprendió lo buenorra que se había puesto. Las dos se quedaron en el sofá situado enfrente de nuestro y nos regalaron un buen espectáculo lésbico para calentar el ambiente.
Los morreos eran intensos, hambrientos. Ainhoa tomaba el control del juego, con una mano sujetaba la cabeza de Elena, obligándola a mantener el beso, y con la otra masajeaba su pecho, apretando los pezones. El ambiente cada vez se ponía más denso, más caliente. Con la mano, guio a Elena para que se recostara, y comenzó a besar su cuello, descendiendo lentamente por su cuerpo hasta llegar a su entrepierna, donde apartó el diminuto tanga con los dedos. La lengua tomó contacto con el coño de Elena, que comenzó a gemir de placer a cada movimiento. Ainhoa era una máquina, una experta. La cara de Elena se descomponía por momentos, contorsionándose en una mezcla de placer y sumisión. La mano de Ainhoa tomó el relevo de la lengua y, en nada, sus dedos se introducían en el coño que ya chorreaba. La follada con los dedos era intensa, profunda, y no tardó en llegar el orgasmo, al mismo tiempo que el cuerpo de Elena se curvaba en convulsiones y un grito monumental se escapaba de su garganta. Ainhoa no le dejó mucho tiempo para relajarse y volvió a comer su coño, lo que hizo que no dejara de gemir en un buen rato.
Nosotros estábamos muy calientes observando el show, tanto que no me di cuenta de que Aitor ya tenía la polla fuera y se la estaba frotando con fuerza. Ainhoa estaba hambrienta y se fue hacia él, colocándose de rodillas entre sus piernas. Tomó la polla y se la metió en la boca de un solo golpe, hasta el fondo.
Elena respiró profundamente, buscando unos segundos de recuperación. Me miró y se acercó, sentándose en mis piernas. Nos dimos un buen morreo, saboreándonos. Las tetas de Elena no eran muy grandes, mis manos las cubrían bien, y era un gustazo acariciarlas, sentir cómo se ponían duras bajo mi palma. Pellizcar los pezones le hacía dar movimientos reflejos de placer, así como pequeños quejidos que se escapaban de su boca. Sus manos se perdieron en mi bragueta, buscando mi polla. Sin apenas darme cuenta, ya estaba dentro, sintiendo la presión y la humedad de su coño. Me estaba follando sin apenas darme tiempo a reacción.
Se echó la cabeza y la espalda hacia atrás cuando llegó un orgasmo, y la contracción de su pelvis aprisionaba mi polla por momentos. Sin liberar su presa, se relajaba volviendo a comerme la boca.
Ainhoa gemía fuerte, colocada a cuatro patas en el suelo. Aitor la estaba follando fuerte por detrás, con unas embestidas que la hacían avanzar sobre las rodillas.
Ya recuperada, Elena me quitó la ropa que aún me quedaba puesta. Dejé que se recostara en el sofá y me dirigió a comer su depilado y húmedo coño. Así estuvimos un buen rato, hasta que no aguanté más. Me coloqué encima, introduciendo mi polla en un duro golpe. Como respuesta, me llegó un —»despacio, que me rompes», dicho con una mezcla de dolor y placer.
La corrida fue bestial, dejándome caer sobre el pecho de Elena y, al poco, a un lado de ella. No pude relajarme mucho cuando noté que Ainhoa se metía mi sensible polla en la boca, limpiando todo el esperma. Las contradicciones de mi cuerpo eran intensas, rompedoras. Todos estábamos exhaustos, tirados por el suelo, buscando recuperarnos.
“No me acordaba de lo que era estar con estas dos fieras” —comenté, sin aliento.
Tomamos unas cervezas mientras nos íbamos recuperando, al mismo tiempo que hablábamos. Elena encendió la televisión y en nada teníamos las imágenes de una película porno.
La escena era de una tía penetrando a otra con un arnés.
—“Pues yo lo hago mejor que esa” —fue la respuesta inmediata de Ainhoa.
Elena soltó una risa cómplice y respondió:
—“Eso tendrás que demostrarlo.”
Pasó un buen rato que nos sirvió para descansar, hicimos unas risas comentando las escenas de la película. Pero la cosa se fue calentando nuevamente, y esta vez decidimos jugar en grupo. Elena se prestó a ser el juguete y Ainhoa sería la que marcaría el juego. Colocó a Elena a cuatro patas sobre un puf en el centro de la sala y, seguidamente, vertió un chorro de lubricante sobre el centro de sus nalgas, que empapó el año y el coño.
Los dedos de su mano comenzaron a jugar en los agujeros de Elena. El brillo del lubricante fue cubriendo los dedos y mano, penetrando con facilidad. La respiración del juguete cambiaba a cada introducción. En poco, el ano estaba dilatado y entraban varios dedos juntos. Al mismo tiempo, con la otra mano, acariciaba el clítoris. Los dedos dieron paso a que toda la mano.
El culo comenzó a tener un flujo intenso, el resultado de la corrida anal que se aproximaba. Ainhoa me miró con los ojos brillantes y me dijo, con la voz rota por la excitación:
—“Ahora” —dijo, apartándose a un lado para darme paso.
Me coloqué detrás y me la follé por el culo con toda la fuerza que me quedaba, hasta que llegué a correrme dentro de su interior, sintiendo cómo sus espasmos me exprimían hasta la última gota. Aitor tomó el relevo al instante, introduciendo su polla en el culo caliente y bien dilatado. Elena estaba muy salida, perdida en el placer, pidiendo más fuerte al mismo tiempo que repetía orgasmos anales uno tras otro. No tardó mucho en correrse también, con un rugido, y dejarse caer a un lado, exhausto.
Pero Ainhoa estaba preparada. Ya se había colocado un arnés con una enorme polla de goma negra y tomó su turno, penetrando el ano ya abierto y sin resistencia por parte de Elena.
Elena pedía y pedía, parecía no tener fin, un pozo sin fondo de deseo y sumisión. Pasado un buen rato, Ainhoa, finalmente agotada, se apartó a un lado. Tomé un vibrador de metal y se lo introduje en el coño, a máxima velocidad, para que llegara a correrse una última vez y se quedará con gusto, saciada.
Elena se tumbó en el suelo, temblando, y mirando a todos con la cara totalmente desencajada, no hacía más que repetir, entre jadeos: «Ha sido bestial… bestial…».
En la noche, al regresar, Ainhoa me pidió quedarse a dormir conmigo.
“A dormir, sí” “A follar, mi cuerpo no da más” —le respondí, sintiendo cada músculo de mi cuerpo dolorido.
Nos acostamos y, como ella era incombustible, me estuvo comiendo la polla suavemente mientras veíamos la tele en la cama, un último acto de su insaciable apetito.
Unos días después, volvimos a quedar para follar, claro.
Terminó la semana de descanso que me había tomado en el trabajo. Que, de descanso, poco. Lo pasamos muy a gusto, eso sí.
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