Camino conflictivo

Mi primer ordenador personal llegó a principios de los noventa. Era un Apple Macintosh Performa, un aparato enorme, casi tosco, con unas características tan básicas que hoy cualquier teléfono móvil eclipsaría su memoria y almacenamiento sin despeinarse. Desde entonces, han pasado por mis manos decenas de equipos, entre torres y portátiles. Siempre he tenido esa habilidad especial, casi táctil, para desmontarlos, entender sus entrañas y devolverlos a la vida.

Aquella mañana de lunes, la oficina respiraba una calma inusual; octubre siempre trae consigo un descenso en el ritmo de trabajo. Rozaba el mediodía cuando el silencio se rompió con el vibrar de mi móvil.

—“¡Hola!”

— “¡Soy Juan Carlos!”

—¡Hola! ¿Qué tal estás? ¡Cuánto tiempo!” —respondí, sorprendido.

Juan Carlos era el marido de Mirian, una pareja con la que había encendido una bonita amistad durante las fiestas del chalé el verano anterior. Hacía meses que les había perdido la pista. Hablamos un buen rato, desnudando el día a día para ponernos al corriente.

—“Escucha, tengo un problema con un ordenador y ya no sé por dónde tirar… ¡He pensado en ti! ¿Por qué no te vienes este sábado y cenas en casa?”

“¡Hecho! No tenía planes y me apetece muchísimo que nos veamos.”

Eran una pareja magnética, muy agradable. Él, ingeniero para una firma alemana; ella, enfermera de profesión y, en sus ratos de ocio, actriz de teatro y cine, un detalle que siempre le aportaba un aura dramática y seductora.

La semana se deslizó rápida entre los dedos. Mirian, a los días también me llamó, emocionada, para ultimar los detalles de la cena y asegurarse de mis gustos culinarios.

El sábado, hacia las cinco de la tarde, me puse en marcha. Me esperaban dos largas horas de carretera hacia un lugar en el que nunca había estado. Antes de salir de la ciudad, hice una parada rápida para elegir una buena botella de vino. Con el destino fijado en el navegador, me dejé llevar.

Al llegar, me encontré con un barrio residencial de chalés bajos y acogedores. No me costó dar con el número. Al llamar al timbre, el primero en recibirme fue un pequeño perro que saltaba y movía la cola con entusiasmo. Acto seguido, se abrió la puerta. Mirian y Juan Carlos me envolvieron en una bienvenida cálida, llena de besos, abrazos y esa emoción genuina de los reencuentros esperados.

Pasamos al salón, donde me habían preparado un aperitivo. Entre copas de vino y risas, el ambiente se fue entibiando. Al rato, Juan Carlos me guio hasta el despacho donde agonizaba el ordenador. Me puse manos a la obra. No tardé en diagnosticar el problema: el equipo encendía bien, pero se apagaba a los pocos minutos. La solución requería tacto: desmonté la fuente de alimentación y descubrí que la entrada de aire estaba completamente obstruida por el polvo, provocando un sobrecalentamiento. Tras una limpieza minuciosa de la placa y la caja, el equipo volvió a respirar con suavidad. Sabiendo que el formateo y el mantenimiento del sistema me llevarían un buen rato, me acomodé en la silla.

Fue entonces cuando Mirian entró en la habitación y se sentó en la butaca de al lado para hacerme compañía, mientras Juan Carlos se encargaba de los fogones en la cocina.

Mirian siempre había tenido una chispa peligrosa, una picardía innata. Con una voz suave y una mirada felina, empezó a lanzar pullas sutiles, hilando comentarios cargados de morbo y recordando, con lujo de detalles, ciertos encuentros y roces de aquellas fiestas en el chalé. Las cartas estaban sobre la mesa. Muchas de aquellas noches de verano habían terminado en la piscina, bajo la luz de la luna, por lo que yo conocía a la perfección, y de memoria, cada curva de su cuerpo desnudo.

El ambiente se volvió más denso, cargado de una electricidad silenciosa que competía con el murmullo del ordenador.

La silla giratoria que ella ocupaba no paraba de moverse de un lado a otro al igual que sus manos que intentaban provocar una batalla en toda regla para conseguir su objetivo.

Mirian cruzó las piernas lentamente, un movimiento pausado que captó mi atención de inmediato mientras yo simulaba concentrarme en la pantalla. Llevaba una camiseta amplia, de esas prendas cómodas y cómplices para estar en casa, que caía con deliberada negligencia dejando uno de sus hombros dorados al descubierto cada vez que se movía. Su perfume, una fragancia suave y sugerente, seguía siendo el mismo de aquellas noches de verano; bastó que esa nota aromática flotara en el despacho para que mi mente se inundara de imágenes extremadamente nítidas.

—“Sigues teniendo cara de niño bueno, muy interesante cuando arreglas ordenadores” —murmuró con una sonrisa de reojo — “Aunque yo sé perfectamente que esa cara engaña.”

Me reí, sosteniéndole la mirada un segundo antes de volver la mirada al monitor.

“Y tú sigues igual de peligrosa.” —respondía mientras paraba la mano juguetona de Mirian, que se perdía por mi pierna.

Ella soltó una carcajada baja, un sonido cálido y divertido que vibró en el espacio que nos separaba. Entre nosotros existía una confianza forjada a base de confidencias, copas compartidas y madrugadas de desconexión. Mirian poseía esa extraña y magnética dualidad: una mezcla de dulzura inocente y provocación natural, como si disfrutara caminando por el borde del precipicio, tentando al vacío sin necesidad de caer en él.

Mientras la barra de progreso del sistema avanzaba despacio, ella acortó la distancia arrastrando su silla un poco más hacia mí.

—“No te preocupes tiene para un rato largo y además se escucha cuando va a subir las escaleras?”

Se puso de pie subiéndose la falda para descubrir que no tenía nada más.

Tomando mi mano, se la llevó a su entrepierna. Estaba totalmente depilada y el coñito suave. Con un poco de inquietud y presión, comencé a tocarlo muy despacio, la mano de Marian se unió al juego, frotando el coño hasta que sus dedos se empaparon y una vez mojados sacó la mano llevando a mi boca los revoltosos dedos para que los saboreara, el gusto salado estalló en mi boca.

Sus manos, con descaro, atacaron mí bragueta, bajo su cabeza hasta hacerse con el control de mi polla. Por momentos una multitud de sensaciones recorrían mi cuerpo. Su boca era maestra en su labor y casi llega a culminar si no fuera por la llamada de a cenar que lanzó Juan Carlos desde la cocina.

Por un momento estaba salvado, pero no sabía por cuánto tiempo. El subidón fue fuerte y tuve que pasar antes por el baño para arreglarme y que no se notará nada.

Regresé a la cocina, la mesa ya preparada y todo listo. Juan Carlos muy contento con sus artes culinarias nos sirvió la cena, un revuelto de gambas y setas, espárragos rellenos de marisco, medallones de ternera en una salsa alemana impronunciable y de postre un Strudel de manzana típico alemán.

Estábamos muy a gusto cenando, charlamos bastante, Juan Carlos comentaba que se estaban preparando para la vuelta a las fiestas del chalet, habían tenido un tiempo de desconexión con nosotros porque habían conocido a una pareja con la que hacían escapadas al pirineo y tenían con ellos sus encuentros privados.

—“¿Te acuerdas de aquella noche de fiesta en la piscina?” —preguntó, bajando el tono de voz, volviéndolo casi un secreto “La de las luces azules.”

Claro que me acordaba. Fue una fiesta inolvidable. Olvidarlo habría sido un pecado. Sobre todo la imagen de Mirian emergiendo del agua, con el pelo mojado esculpiendo su rostro y las gotas resbalando lentamente por la sinuosidad de su piel, era algo que se me había quedado grabado a fuego. Había algo en ella que trascendía lo puramente físico; era su magnetismo, esa forma de sostener la mirada y de hacerte sentir el centro de su universo, incluso rodeados de gente.

—“Juan Carlos aún habla de aquella fiesta” —continuó, rozando el terreno del juego —“Dice que hacía años que no nos divertíamos tanto.”

Fue un rato de charla muy entretenido, cuando el teléfono de Juan Carlos comenzó a sonar y salió de la cocina. Noté que la cara de Mirian cambió y tuve una sensación incómoda que Mirian se dio cuenta y rápido volvió a sonreír, pero sin apartar la atención de lo que pasaba con esa llamada en el otro cuarto.

Al poco Carlos entró en la cocina con un cambio de ruta.

—”Cariño lo siento, tengo que salir urgente a la fábrica por un problema.”

“Por mi tranquilo, ya te he dejado eso funcionando y para las diez me voy que tengo un rato de coche.”

—“Quédate un rato más por favor y me haces compañía un poco! ¡Una horita, lo que nos cuesta un café! Me animaba Marian.”

—“Claro, no hay problema quédate y toma algo. Yo tardaré en venir porque si me llaman es por algo complicado.” — Comentó Carlos mientras se colocaba una cazadora, tomaba las llaves del coche y salía a toda prisa casi sin despedirse. Montó en el coche, arrancó y tocó la bocina al marchar.

—“Te diste cuenta que ni me dio un beso.”

“¿Qué está pasando Mirian?. ¿Estáis bien?”

—“Siéntate, te pongo un gintonic y te comento.”

Nos sentamos uno frente al otro, cada uno en su sillón, dando los primeros sorbos a la copa mientras la música sonaba suave de fondo.

—“Cuando conocimos a esta pareja todo iba genial. Salíamos juntos a conocer sitios nuevos, hacíamos excursiones y nos perdíamos en casas rurales y hoteles. Miguel y Clara… él es muy majo, pero no es del ambiente y se siente incómodo. Aun así, por complacerla, hace cualquier cosa.”

Marian suspiró antes de continuar.

—“Con el tiempo me he ido dando cuenta de que Juan Carlos está muy pillado por Clara. Cada vez pasa más de mí y ya no participamos los dos en el juego, parece que solo exista ella. Notaba continuamente cómo me iba desplazando.”

Bebió un pequeño trago de vino y negó con la cabeza.

—“Ahora, más que nunca, siempre aparecen llamadas de trabajo justo en días de fiesta y sale corriendo. Se cree que soy tonta… pero sé perfectamente que es ella quien lo llama para quedar con él y estoy empezando a cansarme de toda esta situación.”

Su voz sonó más apagada.

—“Libertad sí… pero no así. Esto me está haciendo mucho daño.”

La miré en silencio mientras jugueteaba nerviosa con la copa entre las manos.

—“Está tan obsesionado y absorbido que le da igual todo” —continuó —“Lo de esta noche era simplemente cumplir y quedar como un tío guay, pero en realidad le da lo mismo si te vas o te quedas. Va completamente ciego.»

“Me fastidia mucho verte así, Mirian.”

Ella levantó la mirada hacia mí.

—“Fui yo quien le dijo que te llamara y te invitara a cenar. Mi idea era montar una fiesta entre los tres, intentar que reaccionara… pero ya ves el tirón que tiene esa chica sobre él.”

Dejé la copa sobre la mesa y me acomodé en el sillón.

“Bueno, mira… me quedaré un rato más. Nos tomamos unas copas, te desahogas y así te quedas más tranquila.”

En ese momento entendí que lo importante ya no era el morbo ni la tensión que había imaginado durante el viaje. Mirian necesitaba hablar, sentirse escuchada, y me pareció lo más apropiado quedarme allí acompañándola.

Siguió relatando situaciones que cada vez me dejaban más indignado, aunque lo peor todavía estaba por llegar.

Para celebrar su veinte aniversario de casados, habían preparado una fiesta blanca en unos apartamentos rurales de Huesca. Asistieron su hija y su hijo con sus respectivas parejas, algunos familiares cercanos y también Miguel y Clara, que por aquel entonces todavía mantenían una gran amistad con ellos.

La ceremonia fue sencilla, elegante y muy emotiva. Después del banquete para unas veinticinco personas, la música comenzó a sonar en el jardín y la noche fue tomando ese ambiente relajado y alegre de las reuniones que terminan alargándose hasta la madrugada.

Al principio todo marchaba perfectamente. Mirian estaba radiante, emocionada, disfrutando como anfitriona y pendiente de que todos estuvieran cómodos. Pero al cabo de un rato varios invitados comenzaron a preguntarle por Juan Carlos, extrañados de no verlo en la fiesta.

Pensando que quizá se encontraba mal, Mirian decidió subir a la habitación para buscarlo.

Al abrir la puerta se encontró con Clara en la cama junto a él.

Se quedó paralizada apenas unos segundos. La reacción fue casi automática: volvió a cerrar la puerta despacio y regresó a la fiesta intentando que nadie notara nada. No quería montar una escena delante de sus hijos ni de la familia. Aguantó el resto de la noche con una serenidad que, según me contaba, ni ella misma sabía de dónde había sacado.

Aquella noche durmió en otra habitación.

Cuando regresaron a casa, mantuvieron una conversación muy seria.

—“Somos liberales y me gusta la vida que llevamos” —le dijo Marian —“pero has cruzado una línea roja.”

Clara también llamó a Mirian para pedirle perdón. No quería perder la amistad que habían construido entre los cuatro e intentó justificar lo ocurrido como algo que simplemente se les había ido de las manos.

Mirian, que siempre había sido una mujer fuerte y bastante racional, decidió dejar pasar unos días antes de tomar decisiones. Finalmente optó por perdonar, intentando salvar la relación y recuperar cierta normalidad.

Pero según me confesaba aquella noche, cada vez tenía más claro que la situación no había terminado allí. Sentía que Juan Carlos y Clara estaban desarrollando una dependencia emocional peligrosa y comenzaba a plantearse muy seriamente la separación.

Le dije con sinceridad que no me había gustado nada cómo había actuado él.

Independientemente de que fueran una pareja liberal, moralmente me parecía una traición importante. También le insistí en que una decisión así debía tomarla ella sola, sin dejarse influenciar por nadie.

“Yo, como amigo, si necesitas hablar o desahogarte, estoy a una llamada de distancia. A cualquier hora.”

Fueron un par de horas de conversación intensa. Marian poco a poco fue relajándose, agradeciendo poder sacar todo aquello que llevaba tiempo guardándose dentro. No era precisamente un tema fácil de compartir con familiares o amigos cercanos.

—“¡Mira, que le den! Lo que tenga que pasar, pasará… pero basta ya de llorar y de que me arruine la noche.”

Hizo un gesto de rabia con las manos antes de llevarse la copa a los labios y dar un largo trago al vino.

La tensión acumulada parecía haberse transformado de golpe en una necesidad urgente de sentirse viva, deseada, escuchada.

Mirian se levantó lentamente del sofá y, sin apartar la mirada de la mía, terminó sentándose sobre mis piernas. Sus manos rodearon mi cuello antes de lanzarse a besarme con intensidad, con una mezcla de deseo y furia contenida que llevaba demasiado tiempo guardando dentro.

Correspondí al beso mientras sentía cómo su cuerpo buscaba el mío con ansiedad. La forma en que mordía suavemente mis labios y me sujetaba la cara dejaba claro que necesitaba olvidarse por un rato de todo lo que llevaba semanas atormentándola.

“Tranquila fiera…” —susurré entre risas suaves—. “Que yo soy un dulce delicado.”

Ella sonrió apenas unos centímetros de mi boca.

—“Pues esta noche me quiero devorar el postre entero.”

Seguimos besándonos largo rato. Las manos recorrían con calma la espalda, la cintura, las piernas. Ya no había conversaciones incómodas ni tristeza en aquel momento, solo nos dejábamos llevar.

Mirian apoyó la frente contra la mía mientras recuperaba el aliento.

—“Vamos arriba… al dormitorio.”

Me tomó de la mano y comenzó a subir las escaleras lentamente, girándose un instante para dedicarme una mirada cargada de intención y complicidad.

Nos fuimos desnudando lentamente el uno al otro, entre besos y caricias cargadas de tensión acumulada. Mirian parecía haber dejado atrás por completo la tristeza de hacía un rato; ahora se movía con decisión, con esa mezcla de seguridad y deseo que siempre había tenido.

Cuando terminó de quitarme la camisa, extendió el brazo y apoyó la mano sobre mi pecho, empujándome suavemente hacia la cama hasta dejarme caer sobre el colchón.

Venía guerrera.

Se quedó unos segundos de pie observándome, con el pelo ligeramente despeinado y la respiración acelerada. Después se acercó despacio, subiéndose sobre mí mientras sus manos recorrían mi torso con hambre contenida, como si necesitara recuperar sensaciones olvidadas.

—“Esta noche no quiero pensar en nada” —susurró cerca de mi oído.

La abracé por la cintura mientras seguíamos besándonos con intensidad.

Tomó mi polla con una mano, apretando con fuerza y masajeándola mientras se metía el glande en la boca. Su lengua jugaba con él y de vez en cuando me daba pequeños mordiscos que me hacían retorcerme de placer. Ella estaba llevando el control y yo me dejaba llevar por lo que marcaba. Fue subiendo por mi cuerpo entre besos, lametones y pequeños bocados sin dolor alguno.

Me tenía vencido y hacía lo que quería conmigo. Sentada sobre mi cuerpo, agarró mi polla y se la introdujo en su coño caliente como perra en celo. Cabalgaba sobre mí con bruscos golpes que sentía en mi delantera cada vez que su culo golpeaba mi cuerpo en el retroceso, la intensidad fue a más y con ella los suspiros y gritos que cada vez aumentaban más el volumen hasta que llegó al orgasmo dejándose caer sobre mí y besar mi boca…

—“¡Quiero que hagas algo!” —Me dijo.

—“En ese cajón hay una cámara de vídeo y quiero que me grabes como yo te pida.”

Por mí no había problema así que abrí el cajón y tomé la cámara. La encendí y le pregunté cómo quería empezar.

—“Juega con mi culo hasta que me corra.”

Se colocó en la cama a cuatro patas brindando a mis ojos la vista de un maravilloso culo, su rojizo coño aun desprendiendo flujos y un ano juguetón pidiendo que lo penetraran.

Los dedos de mi mano libre, comenzaron jugando con la vagina y una vez humedecidos pasaron a la acción. Con la humedad en mis dedos fui dando circulitos masajeando para relajar su ano que poco a poco respondía abriéndose como una flor en busca de luz. Uno de mis dedos se introdujo despacito y con movimientos suaves el ano se fue mojando y soltando presión, sin esperas otro dedo siguió el camino marcado, con dos en el interior el movimiento repetido de entrar y salir hacia que el placer si hiciera presente y Mirian comenzaba a suspirar y pedir más.

Su respiración se intensificaba, su cuerpo ardiente. Mis dedos ya no jugaban, exigían. Se aferraban a su ano abierto con deseo bruto, sin disimulo. Los dedos dieron paso a la mano que deslizándose bajo el flujo anal brillaba como un pulso vivo.

Mirian pedía más fuerte y yo aumentaba la intensidad. El orgasmo anal llegaba y un torrente de flujo corría por las piernas y mi brazo, que continuaba entrando y saliendo más rápido.

Marian no era una espectadora: guiaba el ritmo con el cuerpo, arqueándose, dejando escapar pequeños jadeos que parecían órdenes. Cada movimiento tenía un punto de agresividad, como si ambos se midieran, retándose. El placer se volvió una lucha en la que nadie quería ceder.

Yo la dominaba con mi mano dentro de su culo y ella respondía con la tensión del cuerpo, firme, temblorosa, buscando más. En cada roce, una chispa; en cada empuje, un gemido contenido. El aire se hizo mordaz, cargado de deseo animal y rendición voluntaria.

Me tenía muy salido, sacando el brazo del culo, me situé detrás y la follé el culo con fuerza. La cámara ya no sé ni a donde grababa porque perdí el control de ella. El morbo del momento pudo conmigo. La follada fue bestial, caí sobre ella extasiado y sin fuerzas. Cuando finalmente nuestros cuerpos se detuvieron, nos dejamos caer en la cama uno junto al otro con la mirada perdida por el techo de la habitación, el silencio era tan denso que solo podía romperlo el ritmo desarmado de nuestras respiraciones.

AL rato, nos recuperamos un poco. Mirian estaba muy activa y quería realizar muchas cosas, impulsiva, decidida.

—“¡Quiero hacer cosas que deseo y a él no le gustan! ¡Me ha follado el culo, pero nunca metió ni un solo dedo, ahora me entró hasta el brazo!

Su mirada brillaba al decírmelo. Reímos por un momento mientras recuperábamos el aliento.

—“¡Quiero algo más que nunca hice y me atrae! ¡Toma la cámara y vamos al baño!

Entramos en el baño, yo creía que me iría a proponer follar en la ducha, pero no, me tenía que sorprender nuevamente.

Colocamos la cámara en la repisa del lavabo.

—“¡Quiero que orines en mi boca, quiero sentir el fuego del calor!”

Se puso de rodillas delante mía tomando mi polla y con la boca abierta se la posicionó sobre el labio inferior dejándola relajada a la espera de mis fluidos. Me costó un poco porque la situación no es fácil pero poco a poco fui descargando y llenando su boca con mi orina, llegando al desborde que corría por el cuello y seguido sus pechos hasta mojar gran parte de su cuerpo.

—“Sigue por la cara, no pares”

El momento fue muy excitante y ella satisfecha, liberada, sonriendo por la situación. Se sentía fuerte y decidida.

Estábamos en el plato de ducha y nos dimos una buena mojada limpiando nuestros cuerpos uno al otro.

Las horas habían pasado sin que apenas nos diéramos cuenta. La intensidad inicial fue dejando paso a una calma agradable.

Nos quedamos tumbados desnudos sobre la cama, todavía con el calor de nuestros cuerpos mezclándose entre las sábanas revueltas. Mirian apoyaba la cabeza sobre mi pecho mientras hablábamos ya de forma tranquila, casi íntima, como si aquella noche hubiera servido para vaciar muchas emociones acumuladas.

—“Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así de feliz y relajada” —me confesó acariciándome suavemente con los dedos.

Yo permanecía abrazado a ella, relajado también, escuchándola hablar sobre todo lo ocurrido durante los últimos meses. Pero cada vez que recordaba algunos momentos de aquella noche o me miraba con esa sonrisa traviesa, mi cuerpo reaccionaba por libre y ella no tardaba en notarlo.

—“Veo que tu “pequeño” no está tan cansado como tú” —dijo entre risas suaves.

Negué divertido mientras soltaba un suspiro.

“Mi cuerpo ya no está para otro asalto esta noche.”

Ella levantó la cabeza y me miró divertida, todavía con ese brillo pícaro en los ojos.

Aun así, empecé a sentir cierta inquietud al mirar la hora. La noche se había alargado mucho más de lo que esperaba y no podía evitar pensar en la posibilidad de que Juan Carlos apareciera en cualquier momento. Aquella sensación terminó rompiendo un poco la calma del momento.

“Creo que debería irme ya” —comenté acariciándole el brazo—“Empieza a hacerse tarde… y no sé cuándo puede volver.”

Marian permaneció unos segundos en silencio antes de asentir despacio, entendiendo perfectamente lo que quería decir.

—“¡Tranquilo, llegará a mediodía como siempre!” —Me decía Marian.

Pero no estaba tranquilo y ella lo fue notando.

—“¡Bueno vale, pero con un regalito para el viaje!”

Tomó de nuevo mi polla y comenzó a masturbarme con fuerza hasta que llegué a convulsiones, se la metió en la boca y descargué la poca leche que me quedaba en ella, que tragó toda dejando mi capullo limpio.

Me despedí de Marian cuando ya amanecía. Eran cerca de las seis de la mañana cuando tomé el coche de regreso y casi las ocho cuando llegué a casa.

Durante todo el trayecto no dejé de darle vueltas a lo que me había contado aquella noche. Más allá de la tensión, del deseo o de todo lo que había pasado entre nosotros, lo que realmente me acompañaba era una sensación amarga de tristeza por ella. Conocía a Mirian desde no hacía mucho pero verla tan rota emocionalmente me removía por dentro.

En los días siguientes hablamos varias veces.

Lo tenía decidido: necesitaba separarse.

Juan Carlos terminó abandonando la casa para irse a vivir con Clara, que también dejó atrás a su marido por aquella aventura que había terminado convirtiéndose en algo mucho más serio. Pero para Mirian lo más duro no era quedarse sola, sino tener que explicar a sus hijos y a la familia el motivo real de la ruptura después de tantos años juntos.

Tal y como le prometí aquella noche, mantuve el teléfono siempre abierto para ella. Hubo llamadas en las que apenas podía hablar de tanto llorar y otras en las que sonaba más fuerte, incluso aliviada por haber dado finalmente el paso.

Poco a poco fue recuperando algo de calma.

Unas semanas después la invité a venir unos días a mi ciudad para desconectar. Necesitaba salir de casa, respirar otro ambiente y olvidarse durante un tiempo de abogados, discusiones y explicaciones incómodas.

Fueron días tranquilos, sencillos y muy humanos. Paseamos, reímos, compartimos largas conversaciones y también hubo momentos divertidos y especiales entre nosotros.

Pero esa… ya es otra historia, que la cuento más adelante.

<<<<<<<  Relato revisado a MAYO de 2026

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