Noche de mascaras

Una joven ingenua acude a una entrevista de trabajo soñando con un empleo estable, y termina frente a un empresario tan magnético como dominante. Lo que empieza como un encuentro profesional pronto se convierte en una telaraña donde el deseo, el poder y la sumisión se entrelazan hasta difuminar los límites entre el control y la entrega. Ella, una especie de Caperucita contemporánea, cae rendida ante su Lobo elegante y arrogante.

La historia, inmortalizada en la trilogía cinematográfica de Cincuenta sombras de Grey (2015), jugó a ser audaz, pero se quedó a medio camino: más sombras que luces. Su éxito, sin embargo, no fue casual. Llegó en un momento donde muchas mujeres buscaban romper silencios interiores y reconciliarse con sus propias fantasías, liberándose de la culpa y del tabú. Más allá del erotismo superficial, el fenómeno destapó un tema latente: el deseo femenino seguía necesitando permiso para existir, incluso en pleno siglo XXI.

Durante el siglo XIX, la obra del Marqués de Sade fue sinónimo de escándalo, prohibición y persecución, hasta el punto de circular durante décadas casi como literatura maldita, perseguida por la moral, la ley y la censura. Sus textos, cargados de erotismo explícito, violencia, blasfemia y crítica feroz a la religión y al orden social, lo convirtieron en un autor proscrito cuya lectura era considerada un desafío frontal a la moral dominante.

A finales de los años sesenta, el clima de revolución sexual y ruptura de tabúes llevó al cine varias adaptaciones inspiradas en Sade: El Marqués de Sade y la segunda parte Juliette, ambas del año 1969, una de las más conocidas.

Obras como Justine o los infortunios de la virtud y Los 120 días de Sodoma fueron tachadas de obscenas y perseguidas, pero a la vez ejercieron una fascinación morbosa que las mantuvo vivas en la clandestinidad.

En los noventa también hubo una película que marcó un antes y un después en la forma de retratar el deseo dentro del matrimonio: Eyes Wide Shut (1999), la última obra de Stanley Kubrick, con Tom Cruise y Nicole Kidman como pareja protagonista. Lejos de un erotismo fácil, explora la fragilidad del vínculo conyugal cuando la fantasía irrumpe en la superficie perfecta de la vida burguesa.

Durante años, las fiestas con máscaras venecianas han sido un recurso infalible: misterio, anonimato y un punto de erotismo que siempre funciona. Pero en este país seguimos siendo unos principiantes comparados con otros rincones de Europa, donde nos llevan años de ventaja en este tipo de excesos cuidadosamente orquestados.

Eyes Wide Shut encendió la mecha de una moda de fiestas exclusivas que aún hoy siguen celebrándose, reservadas para pocos y blindadas en círculos muy privados, con asistentes de alto poder adquisitivo dispuestos a cruzar medio continente por una sola noche. Castillos, fincas aisladas y hoteles de lujo se transforman en escenarios barrocos con decorados recargados, DJ en cabina y un dispositivo férreo de seguridad que garantiza discreción absoluta.​

La etiqueta es innegociable: máscaras venecianas, trajes impecables y lencería fina, un despliegue de glamour que casi deslumbra más que los focos. Y no es para menos: las tarifas de inscripción pueden superar con facilidad los mil euros por pareja, el peaje de entrada a un mundo donde el lujo y el deseo se dan la mano a puerta cerrada.

Evidentemente, el alcance de nuestro local no podía competir con las fantasías grandilocuentes ni con los presupuestos desorbitados de ciertos eventos exclusivos, pero eso no significaba que no supiéramos movernos en terrenos más selectos. De hecho, algunas fiestas privadas organizadas para clientes de alto nivel se convirtieron en una excelente carta de presentación dentro del ambiente, una forma discreta pero eficaz de hacernos un nombre entre quienes buscaban algo distinto, cuidado al detalle y lejos de lo convencional.

Gracias a nuestra presencia habitual en ferias eróticas a nivel nacional, el contacto con ese público era casi natural. Aprovechábamos cada desplazamiento para tejer relaciones, intercambiar ideas y, en ocasiones, organizar encuentros paralelos en la ciudad anfitriona. No eran fiestas masivas ni anunciadas: se trataba de eventos cuidadosamente filtrados, con invitados escogidos y una atmósfera pensada para seducir desde la sutileza.

En esos encuentros, el erotismo no se imponía; flotaba. Estaba en la música elegida, en la iluminación cálida, en la forma en que se recibía a los asistentes con una copa en la mano y una sonrisa cómplice. Todo invitaba a relajarse, a dejarse llevar, a cruzar miradas que prometían más de lo que decían.

Fue en una de esas ciudades, tras una feria especialmente concurrida, cuando surgió la oportunidad de organizar una fiesta distinta. Un cliente influyente, acostumbrado a que todo girara a su alrededor, buscaba algo exclusivo, elegante y, sobre todo, bajo control absoluto. Y nosotros, conscientes de que aquella noche podía marcar un antes y un después, aceptamos el reto sabiendo que no se trataba solo de montar una fiesta, sino de crear una experiencia inolvidable.

Palacio de Exposiciones y Congresos de Sevilla, octubre de 2010. El II Festival Erótico de Andalucía reunía durante todo el fin de semana a profesionales, curiosos y habituales del sector. Como empresa expositora, nuestra presencia estaba perfectamente integrada en el circuito oficial, con un stand cuidado al detalle y una imagen pensada para atraer miradas sin necesidad de estridencias.

Pero lo verdaderamente interesante no figuraba en ningún programa.

Para ese sábado habíamos preparado una fiesta clandestina, discreta y muy selecta, pensada más como escaparate que como exceso. Este tipo de encuentros no buscaban el desenfreno sin control, sino el juego de roles, la estética BDSM, el ritual, la sugestión y el poder de la escena bien construida. Más miradas que cuerpos, más tensión que ruido.

La preparación había comenzado meses antes. A través de foros privados y redes sociales específicas, se fue anunciando el evento con el suficiente misterio como para despertar interés sin revelar demasiado. La cuota de acceso no era desorbitada si se comparaba con fiestas europeas del mismo estilo, pero sí lo bastante elevada como para filtrar al público: doscientos euros por pareja, con bebida y canapés incluidos. No se trataba de cantidad, sino de perfil.

El lugar elegido no era un local convencional. Se buscaba intimidad, elegancia y una cierta sensación de exclusividad, algo que hiciera sentir a los asistentes que formaban parte de algo reservado a pocos. La música, la iluminación, el personal y hasta el ritmo de la noche estaban pensados para invitar a soltarse poco a poco, sin empujones ni prisas.

Aquella fiesta no pretendía escandalizar, sino dejar huella. Era una declaración de intenciones, una forma de decir que sabíamos movernos en ese terreno con respeto, estilo y control. Y para algunos de los asistentes, especialmente para uno de ellos, sería el comienzo de una relación mucho más estrecha con la fábrica de fantasías que estaban construyendo.

La propuesta gustó desde el primer momento y la respuesta fue incluso mejor de lo esperado. Llegaron muchas solicitudes, no solo de parejas, sino también de personas que querían asistir de forma individual. Tras el inevitable filtrado y algunas cancelaciones de última hora, el resultado final fue claro: treinta y dos parejas confirmadas, diez chicas que asistirían solas y apenas interés masculino individual que no llegó a materializarse. Una semana antes del evento, setenta y cuatro personas habían confirmado su asistencia y realizado el pago.

Con todo cerrado, el equipo nos desplazamos hasta Sevilla en una furgoneta cargada hasta arriba. No se dejaba nada al azar. Transportamos una cámara de bebidas y una barra portátil, dos jaimas para crear espacios diferenciados, toda la bebida necesaria, vajilla, elementos de decoración y juegos de luces pensados para transformar cualquier espacio en un escenario sugerente. También viajaban con nosotros varios juguetes y estructuras para montar una pequeña mazmorra, cedidos por unos amigos de Lleida especializados en la fabricación de este tipo de equipamiento, además de ropas y disfraces seleccionados específicamente para la temática de la noche.

La intención no era deslumbrar por exceso, sino por atmósfera. Crear un entorno donde cada asistente sintiera que había cruzado una frontera invisible, dejando atrás lo cotidiano para entrar en un espacio de libertad controlada, de miradas largas, de roles asumidos con elegancia. Todo estaba pensado para que la experiencia comenzara mucho antes de que sonara la primera canción o se sirviera la primera copa.

Aquel sábado no iba a ser una fiesta más. Era una puesta en escena, una declaración silenciosa de estilo y ambición, y la antesala de algo que, sin saberlo aún, abriría puertas mucho más grandes de lo que habíamos imaginado.

Alquilamos una casa rural apartada, a unos cuarenta minutos de la feria, en Marchena. La elección no fue casual: aislamiento, discreción y espacio suficiente para convertir aquel fin de semana en algo más que una simple fiesta. La casa, de una sola planta, estaba rodeada de zonas verdes y contaba con una piscina que se convirtió en el eje central de la noche.

Junto a ella instalamos las dos jaimas. En una montamos la mazmorra, equipada con esmero, cuidando tanto la funcionalidad como la estética; en la otra dispusimos distintos muebles de juego y una selección de juguetes, creando un espacio más abierto y sugerente. El interior de la casa también fue transformado por completo. El salón se reconvirtió en pista de baile, bañado por una luz violeta que envolvía los cuerpos y desdibujaba los contornos, invitando al movimiento y a la cercanía.

Dos habitaciones amplias fueron vaciadas por completo para adaptarlas a la temática. En una de ellas se instalaron dos cabinas Glory Hole mediante paneles portátiles traídos expresamente del local; en la otra, dos camas colocadas juntas formaban un espacio reservado para quienes quisieran vivir una experiencia más íntima. El acceso a esa zona estaba estrictamente controlado: nada quedaba al azar.

La intención era clara: crear una fiesta diferente, con normas precisas que ayudaran a romper identidades y liberar deseos. Desde el inicio hasta el final, la máscara era obligatoria. Ellos debían vestir de blanco completo, pantalón largo y camisa; ellas, lencería erótica del color que prefirieran. Para facilitar las cosas y no dejar a nadie fuera, ofrecimos la posibilidad de adquirir máscaras y lencería a través de su tienda sex-shop, una opción que muchos agradecieron y que, además, tuvo una excelente acogida.

Todo estaba pensado para que, al cruzar la puerta, los asistentes dejaran atrás lo cotidiano y entraran en un espacio donde la estética, el anonimato y la sugerencia marcaban las reglas del juego. Una noche diseñada para ser recordada, no por el exceso, sino por la atmósfera cuidadosamente construida.

También teníamos contratado un espectáculo erótico con un actor y una actriz porno que en aquel momento estaban en lo más alto. No se trataba de algo burdo ni excesivo, sino de una puesta en escena elegante, provocadora, pensada para despertar miradas y tensar el ambiente. Ligueros, lencería, corsés y máscaras componían una estética cuidada, cargada de misterio y morbo. Era una de esas noches en las que el deseo flotaba en el aire y parecía pegarse a la piel.

La fiesta comenzó puntualmente a las diez. La temperatura era perfecta y la zona exterior se convirtió en un refugio ideal para charlar, observar y dejarse ver. Los asistentes fueron llegando casi sin pausa; muchos ya venían preparados desde casa y para quienes no, se habilitó una habitación discreta donde cambiarse con tranquilidad antes de entrar en escena.

A medida que avanzaba la noche, el ambiente se iba asentando en lo que realmente definía ese tipo de encuentros: menos acción explícita y más ritual, más presencia, más juego psicológico. El paseo de propiedad de sumisos y sumisas, la exhibición contenida, las miradas que pedían permiso antes de acercarse. La interacción era parte esencial de la experiencia, pero siempre bajo unos códigos muy claros.

Existían protocolos que todos conocían y respetaban. No se hablaba con una persona con collar si su dominante no lo autorizaba previamente; algo que siempre debía preguntarse con educación. Las personas sumisas o con propiedad se identificaban precisamente por ese collar y por ir acompañadas. Si alguien llevaba collar, pero se encontraba sola, la norma era clara: preguntar antes, porque podía tener dominante en la fiesta. En caso contrario, era esa persona quien decidía libremente con quién relacionarse.

A la hora de jugar, el respeto era absoluto. Nadie participaba si no quería hacerlo, y cuando había una relación de propiedad, eran ellos mismos quienes conocían y marcaban sus límites y preferencias. Las personas libres, siempre desde el respeto, hablaban antes de gustos y límites para comprobar si existía afinidad. Nada se improvisaba sin consentimiento; todo formaba parte de un equilibrio delicado entre deseo, control y confianza.

Así transcurría la noche: entre conversaciones bajas, gestos cargados de intención y una atmósfera cuidadosamente construida para que cada cual viviera su fantasía a su ritmo. No era una fiesta para perderse, sino para sentirse parte de algo exclusivo, donde el erotismo se expresaba tanto en lo que se veía como, sobre todo, en lo que se intuía.

Las personas que acudían solas solían encajar en un perfil muy concreto: mayoritariamente sumisas que buscaban experiencias puntuales, juegos de entrega y control sin la intención de establecer vínculos fijos. Eran, por lo general, quienes más se movían por los espacios anónimos, atraídas por ese equilibrio entre exposición y misterio que ofrecían ciertas zonas del recinto.

La privacidad era casi un ritual sagrado. Las máscaras no se retiraban bajo ningún concepto y estaban terminantemente prohibidas las fotografías o grabaciones. Aquel anonimato no solo protegía identidades, también alimentaba el juego psicológico, permitiendo que cada persona se expresara sin el peso de lo cotidiano.

Aunque muchas escenas se desarrollaban a la vista de otros, el carácter seguía siendo íntimo. Nadie interrumpía un juego ajeno; el respeto era una norma no escrita pero firmemente asumida. Solo si el dominante lo autorizaba se permitía la participación externa. Todo fluía dentro de un código claro, donde el deseo, el control y el consentimiento se entrelazaban para sostener un ambiente cargado de tensión erótica y complicidad silenciosa.

El jardín se convirtió en uno de los puntos clave para socializar. Las parejas conversaban con calma, intercambiaban impresiones y dejaban que la noche fluyera sin prisas. En uno de mis recorridos para comprobar que todo marchaba según lo previsto, pude ver que la jaima principal estaba ocupada por varios grupos que habían decidido compartir juego y espacio, creando una escena cargada de tensión y complicidad, donde el protagonismo era el ritual, la entrega y la confianza mutua.

En otros rincones, algunas parejas se dejaban llevar por la música en la pista improvisada, cuerpos moviéndose bajo la luz violeta, miradas que decían más que cualquier palabra. El cuarto habilitado para el anonimato funcionaba con discreción y orden, con varias personas participando de forma simultánea, siempre bajo las normas marcadas y el respeto absoluto.

La habitación reservada para encuentros grupales fue solicitada por dos grupos distintos a lo largo de la noche. Permanecieron allí durante un buen rato cada uno, disfrutando de su intimidad sin interrupciones. Lo que ocurrió tras esas puertas quedó, como debía ser, únicamente entre quienes habían decidido compartir ese espacio.

La fiesta avanzaba así, equilibrada entre lo visible y lo oculto, entre el juego público y la experiencia privada, confirmando que el ambiente creado cumplía con creces el objetivo: ofrecer un escenario seguro, sugerente y cuidadosamente controlado donde cada cual pudiera vivir su fantasía a su manera.

Para ser la primera fiesta organizada fuera del local, el resultado fue más que satisfactorio. Funcionó tan bien que nos dio el impulso necesario para repetir la experiencia en otras ciudades, aprovechando ferias y eventos similares como punto de encuentro. Durante un tiempo, lo exclusivo, lo cuidado y lo poco frecuente jugó claramente a nuestro favor: menos cantidad y más calidad, un equilibrio difícil de mantener, pero muy atractivo.

Con el paso de los años, ese modelo fue perdiendo parte de su magia. La oferta de fiestas creció, se multiplicaron los eventos temáticos y la exclusividad dejó de ser un valor diferencial. Las ferias eróticas siguieron existiendo, pero ya no arrastraban al mismo público ni generaban la misma expectación que en aquellos primeros años. Había más locales, más propuestas, pero pocas con ese aire selecto y casi clandestino que definió nuestras fiestas.

Fue una etapa concreta, un momento en el que todo encajó: el contexto, la demanda y la forma de entender el erotismo como experiencia y no solo como consumo. Al final, como ocurre con casi todo, el tiempo lo transforma. Y esta es solo una mirada personal, un recuerdo de cuando lo exclusivo aún tenía el poder de hacer sentir que se estaba viviendo algo realmente especial.

<<<<<<<  Relato revisado a enero de 2026

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