La fiesta de Esther

Después de unas cuantas llamadas y mensajes cruzados, todo quedó perfectamente coordinado. Reserva hecha para un puente largo en una casa rural a apenas quince minutos de la ciudad. El plan era sencillo y tentador: salir el viernes, fiesta el sábado, domingo de relax absoluto y regreso el lunes por la tarde aprovechando el festivo. Los invitados llegarían solo el sábado y se marcharían después de la fiesta; nosotros, en cambio, nos quedaríamos las dos noches, saboreando la calma posterior. Para la ocasión también se había apuntado mi amiga Ainhoa, que se había guardado unos días libres expresamente.

Faltaban solo tres días. Eran las seis de la tarde cuando sonó el aviso de mensaje en el móvil. Esther ya había llegado a la puerta de mi casa y me esperaba en el coche. Habíamos quedado para encargarnos de la compra de todo lo necesario para el fin de semana. Santi trabajaba de tarde y no podía acompañarnos. Hacía algo más de tres meses que nos conocíamos, y en ese tiempo ya habíamos compartido varios encuentros intensos, de esos que dejan huella y crean una complicidad difícil de disimular.

Subí al coche y arrancamos sin demasiadas palabras, con esa comodidad que se da cuando no hace falta llenar los silencios. Fuimos directos al hipermercado. Entre pasillos y carritos, elegimos bebida suficiente para no quedarnos cortos, canapés ya preparados para la noche de la fiesta y algo de comida más sencilla para los días tranquilos que vendrían después. Esther se movía a mi lado con una sonrisa constante, rozándome a veces sin querer —o quizá queriendo—, y yo pensaba que aquel fin de semana prometía mucho más que descanso rural.

La casa, la gente, la música… todo estaba ya en marcha. Y aún faltaba lo mejor.

Con todo ya comprado, lo llevamos al apartamento de Santi. Dejamos las bolsas en la cocina y Esther no tardó en ir directa a la nevera. Sacó dos cervezas bien frías y volvió al salón con esa energía suya que parecía no apagarse nunca. Nos sentamos en el sofá, uno al lado del otro, y desde el primer sorbo empezó a soltar todo lo que llevaba dentro.

Estaba visiblemente emocionada con lo que se venía. Hablaba sin parar, saltando de una idea a otra: qué ponerse, qué pasaría si aquello se daba así, si alguien decía esto o lo otro… Se le notaba nerviosa, ilusionada, con esa mezcla peligrosa que acelera el pulso. Sus manos se movían al ritmo de sus palabras, y cada vez que se inclinaba hacia mí para enfatizar algo, el espacio entre los dos se acortaba un poco más.

“Tranquila, Esther” —le dije al final, sonriendo—. “No te pongas nerviosa. Déjate llevar cuando llegue el momento.”

Me miró, dio un trago largo a la cerveza y soltó una risa algo contenida, como si mis palabras le hubieran aflojado un poco la tensión. Se recostó mejor en el sofá, más cerca, y por primera vez en un rato se quedó en silencio unos segundos. Aquella calma recién estrenada tenía algo eléctrico, como si bajo la superficie ya empezara a gestarse algo más que simples planes para el fin de semana.

—“¿Sabes qué…?” —dijo de pronto, con una sonrisa nerviosa—. “Te voy a enseñar lo que me he comprado para la fiesta.”

Se levantó casi de un salto y desapareció en una de las habitaciones. Era un puro torbellino. Yo me quedé en el sofá, respondiendo algunos mensajes que se habían acumulado durante la tarde, aunque reconozco que mi atención estaba más puesta en imaginar qué estaría tramando.

Al cabo de un rato volvió a aparecer. Llevaba puesto un vestido de noche color violeta, ajustado hasta media pierna, con un escote generoso y la espalda completamente abierta. Le quedaba espectacular. Dio una vuelta sobre sí misma, dejándolo caer con naturalidad, disfrutando claramente del efecto.

—“¿Te gusta? “—preguntó, mirándome de reojo.

“Perfecto” —respondí sin dudar—. “Vas a estar rompedora.”

Sonrió, satisfecha, pero no se detuvo ahí.

—“Pues lo que guardo no se queda atrás…”

Con un gesto lento, casi teatral, dejó caer el vestido al suelo. Se quedó solo con una tanguita de encaje del mismo color violeta, sin sujetador, segura de sí misma, plantada frente a mí. Adoptó una postura provocadora, directa, sin ningún rastro de timidez. Su mirada era intensa, desafiante, como si estuviera lanzando una pregunta sin palabras.

El aire del salón se volvió denso de golpe. Esther sabía perfectamente lo que estaba haciendo… y yo era muy consciente de que aquel fin de semana empezaba a calentarse mucho antes de lo previsto.

—“¿Te gusta?” —preguntó con una sonrisa lenta—. “Tiene una sorpresa…”

Se acercó un poco más, despacio, dejando que mis ojos recorrieran cada detalle. Con los dedos jugó con la tela, insinuando su diseño, disfrutando de mi atención, de mi silencio.

¡Perfecto! ¡Vas a estar rompedora! — respondí cautivado por la vista de su cuerpo.

—“Pensé que sería perfecta para la fiesta… o para antes” —añadió, inclinando ligeramente la cadera, provocadora y dejando caer el vestido, quedando solo con la tanguita violeta y sin nada más.

—“¿Te gusta mi tanguita? ¡Lleva sorpresa!.. ¡Abierto en la entrepierna y por detrás!”

Con los dedos separaba para que viera cómo se abría la tanguita mostrando su coñito rosita depilado.

El ambiente se cargó de electricidad, de esas que no necesitan contacto para sentirse.

“No me hagas esto, Esther… —dije entre risas contenidas—. “Estás muy rica y sabes perfectamente que me pones a mil.”

Ella sonrió despacio, disfrutando descaradamente de mi reacción. Se insinuaba con calma, realzando aún más su postura, y dio un paso hacia mí, lo justo para invadir mi espacio personal.

—“Eso es justo lo que quería oír” —respondió en voz baja—. “Que no puedas dejar de mirarme.”

Se inclinó un poco hacia delante, manteniendo el juego, sin tocarme aún, dejando que la tensión siguiera creciendo. Sus ojos brillaban con esa mezcla peligrosa de picardía y seguridad.

—“Eso tiene solución…” —añadió con una sonrisa ladeada—. “Y, de paso, me tranquiliza más que un tranxilium.”

Se acercó aún más, hasta quedar a apenas unos centímetros. Su mirada era directa, cargada de promesas, y su cuerpo hablaba por ella incluso antes de que lo hicieran sus labios.

—“A veces” —continuó en voz baja— “no hay nada mejor que dejar de pensar y sentir un poco más.”

Se arrodilló frente a mí con una naturalidad que me dejó sin palabras. Yo seguía sentado, observándola, sintiendo cómo el ambiente cambiaba de golpe. Sus manos fueron directas, seguras, desabrochando mi pantalón con una calma que contrastaba con todo lo que me estaba provocando por dentro. Mi polla era presa de sus manos.

Alzó la vista un instante, buscándome los ojos, disfrutando de la reacción que sabía que estaba causando. No dijo nada. No hizo falta. El gesto, la cercanía, la tensión suspendida en el aire hablaban por ella.

Su boca se movía con una mezcla perfecta de delicadeza y atrevimiento. Su lengua exploraba, juguetona, alternando caricias lentas con pequeños mordiscos que dejaban ese cosquilleo entre el placer y el dolor que eriza la piel. Cada vez se acercaba más, profundizando sin prisas, haciéndome perder la noción de todo lo demás hasta que sentí cómo el control se me escapaba por completo.

Los dos estábamos ya muy salidos, Esther se colocó encima de mí. El cuerpo de Esther se movía en ritmo acompasado con sus propios gemidos. La escena tuvo algo de impulso espontáneo, de aquí te pillo que sirvió para soltar nervios y bajar de golpe la presión acumulada.

A eso de las diez y media llegó Santi y cenamos los tres juntos, en un ambiente ya mucho más distendido, casi de rutina compartida después de una noche intensa. Entre bocado y bocado, las bromas y las miradas cómplices iban y venían con naturalidad, como si aquel tipo de encuentros formara parte de un código que los tres entendíamos sin necesidad de explicarlo demasiado.​

Cuando terminamos, la decisión de que me quedara a dormir con ellos salió sola.

Viernes a las cinco de la tarde, Ainhoa llegaba a mi casa para ducharse y terminar de arreglarse; había estado trabajando hasta esa hora para poder desconectar y tomarse el fin de semana entero libre. Mientras se preparaba, yo remataba algunos detalles y, sobre las seis y media, Santi me avisó por mensaje de que ya estaban abajo. Los tres se conocían bien: ya habíamos compartido una cena los cuatro unos días antes, así que el encuentro tenía ese punto cómodo de las caras familiares.​

El camino hasta la casa rural se hizo corto entre conversaciones y música en el coche. El alojamiento estaba algo apartado del pueblo, lo justo para ofrecer discreción y silencio. Al entrar, nos encontramos con un salón amplio, una gran mesa de comedor y una cocina americana que invitaba a pasar allí largas horas entre platos y copas. En la planta de arriba había tres habitaciones, cada una con su propio baño, lo que nos daba espacio y privacidad a todos. Nada más llegar, repartimos provisiones en la nevera, dejamos las bolsas de ropa en las habitaciones y salimos a dar un paseo por los alrededores, estrenando el fin de semana con esa mezcla de calma rural y ganas de que pasaran cosas.

La cena de esa primera noche fue un éxito: distendida, divertida y con un punto claramente juguetón. Las chicas se sentaron juntas, casi pegadas, y no dejaron de lanzarnos pullitas con doble sentido, brindis con segundas y alguna que otra broma subida de tono que nos hacía mirarnos de reojo a Santi y a mí.​

Ainhoa, especialmente, tenía un desparpajo contagioso, una cachonda mental; no se cortaba a la hora de entrar al juego lésbico con Esther, ya fuera con comentarios picantes o con pequeños gestos de complicidad, una mano en el hombro, una risa al oído, una mirada larga de más, los labios se juntaban en un intenso beso. Entre las dos fueron construyendo una atmósfera de coqueteo, dejando claro que la química estaba ahí y que la noche podía dar mucho de sí.

Esther no tardó en ir un paso más allá y, entre risas y miradas cómplices, deslizó los dedos por el borde de la camiseta de Ainhoa hasta levantarla del todo, dejando su torso al descubierto.​

Durante unos segundos se quedó contemplándola, como si quisiera memorizar cada línea de su piel, antes de acercar las manos y acariciar sus pechos con una mezcla de curiosidad y confianza, más juego que urgencia.

Santi y yo nos mantuvimos al margen, dejando que fueran ellas quienes marcasen el ritmo mientras observábamos cómo el juego subía poco a poco de intensidad.​ Las dos se levantaron de las sillas, terminaron de quitarse la ropa antes de acomodarse juntas sobre la parte libre de la mesa, convertida de repente en su propio escenario privado. Sus labios atrapados daban cuenta de la excitación en un intenso beso. Esther fue acercando poco a poco su cuerpo al de Ainhoa, en un movimiento lento, como un felino jugando con su presa más querida.​

Cuando su rostro quedó a escasos centímetros de la entrepierna de Ainhoa, se giró un instante hacia nosotros con una sonrisa deslumbrante, cargada de deseo y picardía, dejando claro que era muy consciente del efecto que estaba provocando, convirtiéndonos en testigos privilegiados de su juego.

Su lengua jugaba entre las ingles rodeando la entrada con mucha precisión antes de subir y descansar sobre su clítoris, atrapando y succionando con sus labios, momento que Ainhoa curvó la espalda y soltaba pequeños gemidos de placer. Dejó un beso en la cara interna de su muslo y volvió a ensañarse con el centro de su placer, el coño de Ainhoa se humedecía mientras dos de sus dedos jugueteaban en su entrada y se hundían con lentitud. Las embestidas de los dedos en su interior fueron más intensas a cada segundo, el clímax llego al poco liberando un pequeño grito.
Santi, igual que yo, estaba ya al límite; el espectáculo que teníamos delante, resultaba casi imposible seguir haciéndose el indiferente.​

Notaba cómo la respiración se me aceleraba y cómo cada gesto de ellas se nos metía bajo la piel, encendiendo todavía más las ganas contenidas. Éramos espectadores privilegiados, pero también dos cuerpos en plena ebullición, aguardando el momento en que el juego nos reclamara dentro de la escena. Las chicas bajaron de la mesa y cada una tomó las riendas de su propio juego esa noche.

El sábado nos levantamos sobre las once, todavía con el cuerpo un poco pesado, pero con esa sensación agradable de resaca emocional después de un día intenso. Santi ya estaba en la sala, sentado tranquilamente con una taza de café entre las manos, cuando Ainhoa y yo aparecimos medio despeinados por el pasillo.

—“¡Buenos días, pareja! ¿Qué tal habéis dormido?” —preguntó con una sonrisa de complicidad que decía más de lo que quería admitir.

Esther seguía durmiendo en el cuarto, ajena todavía al movimiento de la casa.

—“¡Yo necesito un café, pero ya!” —murmuró Ainhoa, estirando los brazos mientras se dejaba caer en una silla.

“La noche fue estupenda y muy relajada, sí” —respondí, dejándome contagiar por el ambiente tranquilo.

Nos quedamos un buen rato charlando de todo y de nada: anécdotas del trabajo, viajes pendientes, chistes internos que solo tenían gracia para nosotros cuatro. Ainhoa se fue a cambiar al rato, decidida a aprovechar el sol, y poco después apareció Esther en la sala, con una sonrisa enorme que ya resumía su estado de ánimo sin necesidad de preguntas.

El resto del día lo dedicamos al relax absoluto: tumbados al sol, alguna cabezada, música suave de fondo y conversaciones que iban y venían sin prisa, como si el tiempo se hubiera estirado solo para nosotros. A media tarde, cuando el sol empezó a bajar, cambiamos de registro y nos pusimos en modo preparación: para las siete ya estábamos con la música escogida, las bebidas frías, las copas listas en la encimera, una bandeja de canapés y otra de gominolas en el centro de la mesa. La casa rural empezaba a transformarse, poco a poco, en el escenario perfecto para una segunda noche que prometía ser, como mínimo, tan memorable como la primera.

La preparación de la noche empezó desde los detalles pequeños, casi como si estuviéramos montando un ritual. Para ellas, preparamos una piruleta de fresa con un lazo rojo, algo juguetón y simbólico, más cercano a un guiño cómplice que a un regalo formal. Para los chicos, preparamos una cajita con varios preservativos y una nota en la que se mencionaba, que, si alguien necesitaba ayuda, había algunas pastillas de Cialis disponibles.

A las nueve de la noche, tal y como habíamos acordado, comenzaron a llegar los invitados; todos conocían bien la dirección de la casa rural. Los primeros en aparecer, muy puntuales, fueron Pedro y Elena, que venían en el mismo coche junto con Javier y Marta; dos parejas de confianza, de esas amistades que se han ido forjando con los años y que se mueven en la misma franja de edad, entre los cuarenta y los cincuenta. Poco después llegaron Rafa y Daniela, los más jóvenes del grupo, todavía por debajo de los cuarenta, completando así las cinco parejas previstas. La atmósfera ya era de celebración, pero aún faltaba un detalle: me había guardado una carta en la manga que ninguno esperaba.

A eso de las diez, cuando la primera copa ya circulaba entre risas y conversaciones cruzadas, los faros de otro coche iluminaron la entrada. Las miradas se giraron casi al unísono hacia la puerta, y el murmullo de fondo se llenó de sorpresa curiosa: nadie contaba con más invitados, y ese golpe de efecto era, precisamente, lo que buscaba para que la noche cogiera un giro todavía más interesante.

“¡Os tenía guardada una sorpresa que nadie esperaba!” —anuncié, alzando un poco la voz sobre la música—. “¡Unas amigas se han animado a la fiesta!”

Con María, de Santander, suelo hablar a menudo; días antes, por teléfono, le conté el plan de la casa rural y el ambiente que queríamos crear. Un par de días antes de la fiesta me llamó para decirme que se apuntaba… y que no venía sola, sino con su novia, Sara. Las dos formaban pareja desde hacía tiempo y disfrutaban muchísimo del ambiente liberal: fiestas, orgías, encuentros con chicas y con chicos, siempre dentro del juego y el respeto del entorno swinger.​

María ya había pasado varias veces por el club y conocía bien el tipo de fiesta que nos gustaba montar. A Sara la había conocido en un local swinger de Bilbao, donde ella estaba entonces con su novio: hubo química, se liaron, y con el tiempo terminaron juntas. Pedro, Elena, Javier y Marta ya habían coincidido con María en una fiesta de Fin de Año en el local, así que al verla entrar no solo se sorprendieron, también sonrieron con ese reconocimiento cómplice de “esto se va a poner interesante”.

Santi me miró con cara de “no me habías contado todo”, entre sorprendido y divertido. Esther, en cambio, soltó una sonrisa amplia y solo dijo:
—“¡Qué guay!”

Y en ese instante se notó en el ambiente ese pequeño cambio de energía que anuncia que la noche acaba de subir de nivel.

Ainhoa se pegó un poco más a mí, bajando la voz como quien comparte un secreto a medias.

—“¿Esta chica es la amiga tuya de la que me has hablado alguna vez?” —preguntó, sin quitarle ojo.

“Sí, Marian… y su novia” —respondí, siguiendo su mirada.

—“Pues tiene tipazo y un morbazo la tía” —soltó Ainhoa, repasando con calma a las dos, pero sin un rastro de rivalidad, más bien con curiosidad divertida.

“Ya lo descubrirás, seguro” —añadí, dejándole ese anticipo en el aire.

Ahora sí, el grupo estaba completo: cinco chicos y siete chicas. La consigna para los hombres era sencilla, ropa informal de verano, cómoda y sin complicaciones. Ellas, en cambio, habían convertido el salón en un pequeño desfile: cada una vestida como mejor se sentía, todas dentro de una gama claramente pensada para la ocasión, con vestidos muy sexys; algunos ceñidos que marcaban las curvas, otros de tela con algo de vuelo que se movía al compás de sus pasos. Dominaban el negro, los violetas y varios tonos claros que destacaban sobre la luz cálida del salón.​

Abrimos de par en par las dos grandes puertas que comunicaban con el jardín, dejando que entrara el aire fresco de la noche. Fuera, montamos la zona de copas, con las luces suaves y la música acompañando; dentro, el salón quedaba como espacio principal para seguir la fiesta, moverse, hablar, y dejar que la química del grupo hiciera el resto.

Montamos una mesa en el jardín con todas las bebidas bien ordenadas, las botellas al fresco y las copas listas, y la noche acompañó con una temperatura perfecta de esas en las que el vino entra suave y los canapés desaparecen casi sin darse cuenta. La ventaja de ser un grupo relativamente pequeño es que la fiesta no se fragmentaba en corrillos; las conversaciones se cruzaban, la música daba ritmo al ambiente y todos participaban de la misma energía, sin zonas muertas ni silencios incómodos.​

Aunque no hacía falta romper el hielo —todos tenían experiencia en este tipo de ambientes y dinámicas—, para la ocasión habíamos preparado un juego pensado para subir el tono de forma progresiva. El sistema era sencillo: dos tandas de pruebas, cada persona sacaba primero un papelito de una bolsita con colores (verde, amarillo o rojo, según el nivel de atrevimiento) y luego otra bolsita con la prueba correspondiente. La primera tanda, con tres rondas, era la más suave: besos, pequeños atrevimientos, desprenderse de alguna prenda… todo diseñado para, al terminar, tener a casi todo el mundo con menos ropa de la que traía al llegar y con la complicidad del grupo ya muy encendida.

Elena fue la primera en animarse, se acercó a la mesa, metió la mano en la bolsita y sacó un papel de color verde, de los suaves. La prueba era sencilla: tenía que dar un beso a la persona que quisiera, con la única norma de que no podía ser a su propia pareja.​

Se giró lentamente, barriendo el grupo con la mirada entre risas y comentarios, hasta que se detuvo en Santi. Sin dudar demasiado, se acercó a él, se inclinó y le plantó un beso claro y decidido.

En el grupo había varios chicos bisexuales y otros claramente bi curiosos, así que desde el principio teníamos claro que, mientras hubiera respeto, el juego podía ir en cualquier dirección y con cualquier combinación. Esa mezcla de apertura y normas claras es lo que hacía que todos se movieran con naturalidad, sin incomodidades ni miradas raras, solo atentos a sus propios límites y a los de los demás.​

Cuando le tocó a Pedro, sacó un papel amarillo, de los de atrevimiento medio. La prueba indicaba que tenía que darse un morreo con otro chico, y no dudó demasiado antes de girarse hacia Javier. Se acercaron entre risas, alguien hizo un comentario para restar solemnidad al momento, y ellos se fundieron en un beso asumido como parte del juego, arrancando una mezcla de aplausos.

Todos fueron pasando por la mesa, mano al bol de colores, mano a las pruebas, entre risas, comentarios y alguna que otra protesta fingida cuando salía un reto más atrevido de lo esperado.​

Tal y como habíamos planificado, el juego cumplió su función: entre besos, desafíos suaves y prendas “sacrificadas”, la mayoría terminó con bastante menos ropa de la que llevaba al llegar, moviéndose con una naturalidad casi festiva. No se trataba solo de desnudarse, sino de ir quitando capas de vergüenza y formalidad; para cuando terminamos la tanda, el grupo estaba mucho más suelto, cómodo y predispuesto a dejarse llevar por lo que la noche quisiera proponer.

La segunda parte eran las pruebas más picantes y atrevidas, esta vez la primera fue Ainhoa que le tocó color rojo y como prueba durante tres minutos realizar sexo oral, eligiendo a Fran, el chico más joven del grupo. Esther fue la siguiente, amarillo y lésbico con María cinco minutos, a mí me tocó rojo, trío durante cinco minutos y elegía a Daniela que me parecía espectacular y a Sara una morbosa de cuidado. El ambiente tomó un grado intenso que a la segunda vuelta ya todo estaba revuelto y no fueron necesarias más pruebas.

La fiesta fue encontrando su propio ritmo sin que nadie tuviera que dirigirla: poco a poco la gente se fue distribuyendo por la sala, algunos en el sofá, otros de pie junto a las paredes, otros directamente en el suelo, en medio de cojines y ropa medio olvidada. Era ese tipo de caos organizado tan típico de los encuentros privados dentro del ambiente liberal, donde cada cual se mueve hacia donde le apetece, pero todo sigue formando parte de una misma escena compartida.​

Al final se armó una auténtica orgía, pero de las buenas: sin dejar a nadie fuera, sin grupos cerrados que excluyeran a los demás, algo muy distinto a lo que a veces pasa en algunos locales de intercambio, donde se forman círculos que se aíslan y el ambiente se fragmenta.

Esther, parecía que los nervios se olvidaron dé ella y disfrutaba jugando con una polla en su boca mientras la comían el coño. Ainhoa movía su cuerpo encima de Santy tumbado en el suelo. Marta y Sara se lo montaban junto con otros dos chicos. Elena y Marian jugaban conmigo en el sofá, dos veteranas que sabían llevar muy bien el juego. Marian era la caña cuando entraba en acción y Elena tomaba buena cuenta de ello, yo parecía el juguete de las dos dejándome llevar.

La escena, vista con un poco de distancia, parecía sacada de una película porno bien rodada: cuerpos entrelazados por toda la sala, movimiento constante y una coreografía caótica pero armónica en la que todos encontraban su lugar.​

Los gemidos, respiraciones aceleradas y susurros fueron ocupando el espacio donde antes había risas y conversaciones, mientras la música quedaba de fondo, marcando un ritmo suave que acompañaba.

Fueron horas de juegos, cambios de pareja, caricias cruzadas y posturas que se encadenaban unas con otras sin que nadie pareciera preocuparse por el reloj. No había tabús ni prejuicios, solo un grupo de adultos que sabía a lo que venía y que disfrutaba de esa libertad compartida, siempre dentro de un clima de respeto y cuidado mutuo.​

Cuando por fin la intensidad fue bajando, el ambiente se transformó en algo más suave: risas cansadas, cuerpos relajados, algún que otro abrazo largo en silencio. Poco a poco, los invitados fueron despidiéndose, con esa mezcla de agotamiento feliz y complicidad que dejan las noches bien aprovechadas, hasta que al final solo quedamos las dos parejas anfitrionas y Marian con Sara, como si la fiesta hubiera decidido reducirse a un círculo más íntimo para el cierre.

Esa noche la cama grande terminó siendo un pequeño mundo aparte: la compartí con Ainhoa, Marian y Sara. Al principio las tres estaban bastante tranquilas, todavía con el cansancio dulce de la fiesta encima, pero a medida que fueron recuperando energía se les volvió a despertar la chispa y empezaron a montarse sus propios juegos entre ellas. A mí también me incluyeron a ratos, pero agradecí que el foco principal estuviera en lo que ellas compartían; pude relajarme, observar y disfrutar de su complicidad sin sentir que tenía que estar siempre “rindiendo”.​

Nos despertamos tarde, sin prisas ni alarmas. Santi y Esther tenían preparado en el jardín algo de comida sencilla pero apetecible, y dimos buena cuenta de ella con hambre real después de tanta intensidad. La tarde se deslizó en modo absoluto relax: tirados al sol. Al estar la casa tan apartada, nos podíamos permitir estar desnudos sobre la hierba sin preocuparnos de miradas ajenas, y eso ayudó a que el descanso fuera todavía más pleno, casi terapéutico.​

Ya entrando la tarde, Santi y yo nos encargamos de preparar la cena mientras las chicas se arreglaban para la que sería la última noche del fin de semana. Esta vez la fiesta era solo para nosotros seis, más íntima, más calmada en apariencia, pero igual de cargada de conexión después de todo lo compartido. Fue el cierre perfecto para una escapada que, sin duda, Esther —como anfitriona y alma de la casa rural— iba a recordar durante mucho tiempo.

<<<<<<<  Relato revisado a enero de 2026

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