Parafilias
«Cada persona es diferente a otra, tenemos colores favoritos, a unas les gusta lo dulce, a otras lo salado. Todas tenemos gustos diferente, y en el sexo, lo que les pone sexualmente a algunas personas puede ser de lo más variado, encontrando situaciones fuera de lo común y poco habituales.
Las parafilias son patrones sexuales diferentes a los cánones establecidos en la sociedad, algunos psicólogos lo definen como desviación sexual a tratar como conducta patológica. Gracias a que no todos opinan igual, las parafilias no convierten a la persona en un enfermo o trastornado, como tampoco lo hacen las más usuales parafilias como la felación o el visionado de pornografía. Si bien algunas parafilias, las mínimas, pueden llegar a ser un delito, la gran parte de ellas no son perjudiciales, al contrario, pueden ser muy beneficiosas para nuestra salud mental y forman parte de juegos y fantasías sexuales siendo totalmente aceptadas y normalizadas por la sociedad.
La fuente del placer puede venir de los más variados puntos, en forma de objetos, como diferentes tipos de vibrador, unos zapatos, vestidos ajustados o de presión, ataduras, vestir de muñecos… en forma de situaciones concretas que nos llevan a una excitación, en determinados espacios o lugares, en un ascensor, una oficina, con personas desconocidas, inmovilización, no ver nada y seguir los instintos del cuerpo…, o también en forma de atracción hacia determinado tipo de persona, uniformados, personas rellenitas, calvas o de mucho pelo en el cuerpo…
Podría comentar sobre varias parafilias, pero de momento vamos con la descripción de tres parafilias y relatar un momento en los que estuvieron presentes en algunos juegos.»
Fisting o fist-fucking
El fisting es una práctica sexual considerada extrema y que consiste en introducir la mano en la vagina o el ano. Primero muy lento y suave, y una vez la zona está lubricada y dilatada, el ritmo cambia a más. Si se realiza de forma suave y sin prisas, puede resultar muy excitante, de lo contrario, la brutalidad puede ocasionar graves lesiones. Por eso es esencial comenzar despacio y sin prisa, dejar primero avanzar los juegos en la cama como previo entrenamiento y crear un clima cómodo con la otra persona.
A pesar de ser una práctica que si no se realiza bien puede llevar algunos riesgos, las personas que llegan a experimentar el fisting y pasan la primera prueba lo ven como placentero y excitante. Además, la intensa estimulación vaginal o anal que se produce, también implica autodescubrimiento de la persona conocido más y mejor su cuerpo.
Es común sentir una sensación de empoderamiento y que se establezca una dinámica de dominación y sumisión en el juego erótico. Lo mejor es invitar a la compañera o compañero, a descubrirse y ampliar el repertorio erótico, eso sí, siempre hasta donde la otra persona se sienta cómoda.
Madrid, verano de 2008. Rebeca y Ana dormían abrazadas plácidamente después de una noche muy cañera, sus caritas marcaban la presencia de cansancio. Yo, recién despertado estaba sentado en un sofá junto a la cama, con un café en la mano, relajado, disfrutaba mirándolas, recordaba cada paso que habíamos tenido esa noche desde que comenzamos nuestra fiesta privada.
Pasada la medianoche, estábamos en el apartamento de La Latina, habíamos cenado en un bodegón del barrio y unas copas en una terraza, el barrio se empezó a masificar, demasiada gente en terrazas y no había donde tomar la siguiente, así que regresamos al apartamento.
Rebeca como siempre, con dos copas se calentaba y se ponía muy cachonda y Ana que le gustaba más un conejo que cualquier otra cosa, la seguía el juego que terminaba por implicarme a mí sí o sí.
Todo comenzó con un fragmento de hielo de la copa de Rebeca que pasó de su boca a la de Ana. Mordía el hielo para sujetarlo bien y lo fue pasando por el cuello de Rebeca, bajando lentamente hacia su pecho. Una gota de agua fría resbaló y cayó sobre el bajo vientre de Rebeca, provocando un pequeño escalofrío que recorrió toda la columna vertebral.
Con una sonrisa traviesa, Ana acercó despacio el trozo de hielo al centro mismo del placer, ese pequeño botón de carne que antes había expuesto con dedicación, separando con cuidado los pliegues húmedos de su sexo.
El contacto del frío sobre el clítoris completamente al descubierto fue eléctrico. Rebeca arqueó la espalda instintivamente, y sus caderas se movieron en espasmos cortos y rítmicos, buscando alejarse y acercarse al mismo tiempo a aquella sensación tan intensa. El contraste entre el calor que emanaba de su entrepierna y el frío del hielo creaba una tormenta de sensaciones que amenazaba con consumirla por completo. Ana movía el cubito en círculos lentos y deliberados, trazando espirales alrededor del clítoris inflamado, disfrutando de cada pequeño gemido que escapaba de los labios entreabiertos de Rebeca.
— Mmm, te gusta, ¿verdad?» – susurró Ana, su voz ronca por la excitación que también la consumía. No esperó respuesta. Continuó su tortura placentera, observando cómo el hielo se reducía cada vez más, dejando un rastro de humedad que se mezclaba con los jugos que ya fluían del coño de Rebeca. Las piernas temblaban, y sus manos se aferraban a las sábanas arrugadas, buscando un ancla en medio de aquel mar de sensaciones.
El hielo finalmente se deshizo por completo, dejando solo el recuerdo de su frío beso sobre la carne caliente. Pero Ana no dejó que el placer se interrumpiera. Sus labios tomaron el relevo, descendiendo con delicadeza sobre el clítoris todavía húmedo y sensible. Primero fue un beso suave, casi reverente, antes de que su lengua trazara el contorno de aquellos labios hinchados, saboreando la mezcla de agua y el salado de esencias íntimas. Luego, con creciente urgencia, comenzó a succionar, alternando entre presión suave y tirones más fuertes que hacían gritar a Rebeca.
—»Sigue…» jadeó Rebeca, en un susurro quebrado. Sus dedos se enredaban en el cabello de Ana, empujándola más contra su sexo, rogando silenciosamente por más. Ana conocía aquel cuerpo como si fuera un mapa que había memorizado con los labios y las manos. Sabía exactamente dónde aplicar presión, cuándo mordisquear suavemente la piel sensible, cuándo detenerse para prolongar la agonía dulce del deseo.
Sus dientes se cerraron suavemente sobre el clítoris, tirando con cuidado, y Rebeca respondió con un gemido que resonó en la habitación. La respiración se aceleraba peligrosamente, su pecho subiendo y bajando con fuerza mientras los pezones se erguían duros como piedras. Ana levantó la vista por un momento, admirando el espectáculo de Rebaca completamente rendida ante ella, antes de volver a su tarea con renovado entusiasmo.
La boca de Ana abrió el camino, pero sus dedos reclamaban su propia parte del festín. Mientras seguía lamiendo y chupando el clítoris palpitante, una mano descendió hacia la entrada del coño empapado de Rebeca. Un dedo trazó círculos alrededor de aquella abertura resbaladiza, recogiendo la humedad que se acumulaba a su alrededor, antes de deslizarse dentro con facilidad. El calor que rodeó su dedo fue intenso, y los músculos internos de Rebeca se contrajeron instintivamente, atrapándolo.
—»Estás muy mojada,» murmuró Ana contra la carne caliente, las vibraciones de su voz añadiendo una nueva dimensión al placer que infligía. Un segundo dedo se unió al primero, y comenzó a bombear lentamente, curvándolos para buscar aquel punto especial que sabía que haría ver estrellas a Rebeca. Los jadeos se hicieron más intensos y desesperados.
Los dedos de Ana dieron paso a la mano completa que pronto encontró su ritmo, entrando y saliendo del coño de Rebeca con movimientos que alternaban entre suaves y vigorosos. Su boca nunca abandonó el clítoris, manteniendo una succión constante a su alrededor que amenazaba con empujar a Rebeca al abismo. Podía sentir cómo los músculos internos se apretaban alrededor de su mano, señal de que el orgasmo se aproximaba como una ola imparable.
Los jadeos de Rebeca se perdieron en un gemido prolongado mientras su cuerpo entero se tensaba. La mano de Ana se movió más rápido, sus dedos curvándose para golpear aquel punto sensible una y otra vez, mientras su lengua trabajaba sin descanso alrededor del clítoris hinchado. Los muslos de Rebeca se cerraron alrededor de la cabeza de Ana, aprisionándola en un abrazo involuntario mientras las olas del placer la golpeaban.
El orgasmo llegó como una explosión. Rebeca gritó, un sonido que llenó la habitación, mientras su cuerpo se arqueaba completamente de la cama. Sus músculos internos se contrajeron rítmicamente alrededor de los dedos de Ana, atrapándolos en un abrazo húmedo y caliente. Los jugos de su coño fluyeron copiosamente, empapando la mano de Ana y las sábanas debajo de ellas.
Ana no se detuvo. Continuó su asalto, prolongando el orgasmo de Rebeca hasta los límites de lo soportable. Sus dedos seguían moviéndose dentro de aquel coño pulsante, y su lengua lamía cada gota que se desprendía.
La cama estaba tan mojada que tuve que acercar una toalla, las manos y brazos de Ana brillaban de las continuas corridas. Después de un buen rato, Rebeca pidió parar y relajarse un poco por agotamiento. Ana estaba muy caliente y pedía guerra, pero eso es parte de otra historia …..
Amaurofilia
Amaurofilia es la atracción por las personas ciegas o privadas de visión. La práctica de sexo usando una venda que inhibe la visión total. Cubrirse los ojos con una venda es un clásico fetiche muy excitante que aumenta los niveles de dopamina en el cerebro y realza todos los sentidos, potencia el oído, más sensibilidad al tacto y disfrutar más de los aromas y sabores. La utilización de una venda nos puede retraer a sentimientos pasados, causados por razones como la culpa religiosa sobre la desnudez y el sexo, la baja autoestima o los sentimientos inadecuados.
En un relato anterior comenté sobre esta práctica en la fiesta privada de Javi y Lucia. La práctica de ojos vendados es bastante habitual en fiestas y esta ocasión nos situamos en un encuentro privado de ocho parejas en un apartamento de Madrid.
Me contrataron para preparar todo lo necesario para un encuentro de diez parejas de amigos de una red social liberal, entre ellas solo se conocían por chat y casi todas eran de fuera de Madrid por lo que tuve que reservar plazas de hotel y desplazamiento en algunos casos. También preparé una cena de grupo en un restaurante y para el encuentro tenía controlado un apartamento grande y discreto que en otras ocasiones me fue muy útil.
El encuentro sería en sábado, preparamos un paquete de alojamiento en hotel para el viernes y sábado, traslados si fueran necesarios y cena de grupo. En la tarde del viernes fueron llegando parejas y emplazaba a todas para la cena a las nueve de la noche en un restaurante a dos calles del hotel. Todas las parejas fueron puntuales y para la hora indicada estaban ya en el restaurante. La noche fue muy bien y acertada para ir rompiendo el hielo entre todos, lo que paso más tarde fue cosa de ellos. Así es, todos se fueron de fiesta.
Para este encuentro necesité un poco de ayuda y Rebeca fue un fichaje de gran ayuda. Para facilitar el movimiento, el hotel lo reservamos en la misma zona, cercano al apartamento. Dimos las indicaciones para llegar y las parejas fueron llegando casi seguidas, para las diez estaban presentes todos los asistentes. Ofrecimos una copa de cava, vino y cerveza, para que fueran tomando contacto, lo bueno que la noche anterior ya se fueron conociendo y eso facilitó el trabajo. Habíamos pedido un código de vestimenta apropiado para la fiesta y todos la cumplieron. Los chicos debían vestir color claro o blanco, pantalón de tela floja, camisa y zapatos para facilitar la manipulación, vaqueros, camisetas y zapatillas quedaban prohibidos.
Las chicas, colores oscuros, vestidos flojos fáciles de quitar. Lencería a elección. Rebeca y yo como organizadores, marcamos diferencia ella de blanco absoluto y yo de negro.
Este encuentro no iba a ser como otros y queríamos que la gente interactuará en los juegos que habíamos preparados. Teníamos muchas horas por delante y en poco dimos comienzo el encuentro. El primer juego dio comienzo, Rebeca acercó a las chicas una bolsita cerrada de la que cada chica debía sacar un trocito de cinta y guardarla sin que nadie viera el color. La misma operación se hizo con los chicos. Una vez que todos disponían de una cinta, lo primero comprobamos que las parejas no tenían el mismo color entre ellas y seguido ya podían descubrir todos y todas, el color que les había tocado.
El juego consistía: chico y chica con el mismo color de cinta tendrían una cita, y se fueron acomodando en una zona asignada, un sofá, una mesa… disponían de cuarenta y cinco minutos para conocerse tomando una copa, eran libres para besarse, acariciarse, usas las manos para lo que se les dejara camino, pero nada más.
De esta forma conseguimos romper los miedos y la posición de liderazgo en las parejas para que se sintieran con total libertad de actuar y moverse. Que se dejaran envolver por caricias desconocidas, por aromas distintos a los de siempre, despertando nuevas sensaciones y entregándose a estímulos que encendieran la piel. Terminado ese primer turno. Rebeca acercó una bandeja a las chicas de la que debían tomar una venda ancha, cada una era de diferente color y tenía grabado un número.
Estas vendas me las preparó mi amigo del sex-shop; cubrían por completo los ojos y parte del rostro, ajustándose con firmeza, resistentes a soltarse por sí solas.
Las chicas se las colocaron y, ya sin ver, fueron guiadas hasta distintos rincones, donde quedaron sentadas y separadas unas de otras, expectantes.
Después, a los chicos se les entrego una bolsita cerrada que contenía una cinta ancha para los ojos y un sobre cerrado que ellos no debían abrir. Una vez cubierto los ojos, nos entregaban el sobre, dentro contenía dos papeles, uno de color con un número y otro blanco con otro número diferente.
Primero tomamos el papel de color y por asignación se acercó a cada chico con la chica que coincidía con ese número. De esa forma nadie sabía con quién estaba.
Las chicas mandaban en el juego durante los siguientes diez minutos, tenían que desprender el pantalón del chico asignado y practicarle una felación, estos no podían hablar. Podían coincidir con el chico anterior o no. Aquí jugaba el olfato y el tacto.
Terminado el tiempo acordado, los chicos se apartaron lentamente de las chicas con las que habían compartido ese instante.
Ahora llegaba el turno del papel blanco y su número. Uno a uno, cada chico fue conducido hasta la chica que le había sido asignada, dejando que la expectativa volviera a crecer en el aire.
Llegaba el momento de comprobar la dedicación y destreza de los chicos.
Las chicas, abiertas y receptivas, se entregaban al juego, ellos disponían de ese mismo tiempo para concentrarse por completo en dar placer al clítoris de su compañera asignada. A su ritmo tenían que demostrar su experiencia y sensibilidad, la intensidad y los movimientos capaces de despertar lo más profundo de sus sensaciones.
Era un desafío de atención, habilidad y entrega… donde cada detalle marcaba la diferencia.
Concluido el tiempo asignado, los chicos se apartaron y, poco a poco, todos comenzaron a retirarse las vendas.
Las miradas de ellos y ellas se cruzaban inquietas, recorriendo uno y otro rostro, tratando de adivinar con quién habían compartido aquel momento sin saberlo. La incertidumbre se mezclaba con sonrisas cómplices y una ligera confusión que aún flotaba en el ambiente.
El juego había gustado —y mucho—, aunque dejó a todas con esa deliciosa sensación de desconcierto que invita a querer repetir.
Terminado el juego, se abrió la barra libre: cada uno podía acercarse a quien quisiera, dejarse llevar y disfrutar sin más reglas que el deseo y el consentimiento, hasta que la jornada llegara a su fin.
Al principio, la mayoría se quedó unos instantes inmóviles, todavía con esa sensación de desconcierto latiendo en el pecho. No sabían si regresar a su pareja habitual o, como habían aprendido durante el juego, tomar la iniciativa y dejarse guiar por la chispa del momento.
Finalmente, casi todos optaron por lo segundo. Las miradas se volvieron más decididas, los pasos más firmes, y el ambiente, ya cargado de tensión contenida, terminó de encenderse.
Rebeca y yo, con el trabajo ya cumplido, nos retiramos a otro apartamento que también habíamos reservado, justo al lado. Allí podríamos estar a solas hasta que la fiesta llegara a su fin y regresáramos para recogerlo todo y cerrar la velada.
Al fin y al cabo, aquella celebración era para ellos.
Nosotros simplemente decidimos montar la nuestra. Y, lejos de responsabilidades y miradas ajenas, nos permitimos disfrutarla a nuestra manera.
Doogging o Cancaneo
Consiste en tener sexo con desconocidos en lugares públicos mientras otros son testigos en mayor o menor medida. Una experiencia llena de adrenalina y excitación de la que muchos se consideran adeptos, incluso parejas más conservadoras. Con la llegada de internet se amplió el abanico y la oferta de nuevas herramientas para propiciar este tipo de encuentros, podemos encontrar muchos foros y páginas especializadas.
Visitar a mi amigo Carlos era casi un ritual los jueves, siempre que estaba en la capital. Regentaba un local liberal discreto, alejado del circuito más conocido y ruidoso de la ciudad. Tenía una clientela bastante fiel y, lo mejor de todo, nunca estaba abarrotado ni resultaba agobiante.
Era como esos pubs tranquilos que todos conocemos, donde se puede tomar una copa sin el estruendo de la gran fiesta, en un ambiente íntimo, con luces suaves y conversaciones que fluyen sin prisa.
Solía ir solo. Me gustaba sentarme con él, charlar sobre el ambiente, escuchar historias, entender mejor cómo se movía ese mundo que, poco a poco, también iba siendo el mío. Algunas noches, si la barra se le complicaba, me colocaba al otro lado para echar una mano sirviendo copas. No era solo ayudar; era integrarme, observar, aprender.
También me daba la oportunidad de conocer gente interesante, amistades que me presentaban y que, con el tiempo, me abrían puertas a otros locales y a fiestas privadas donde el ambiente era todavía más selecto.
Así fue como, casi sin darme cuenta, pasé de representar hoteles de ambiente liberal en Jamaica y México a explorar una nueva faceta: la de organizar mis propias fiestas. Un paso natural… y, en el fondo, inevitable.
Conocí a muchas personas fascinantes y, con ellas, fui descubriendo temas y prácticas de las que antes no tenía ni idea. Se hablaba de dogging, una tendencia que llegaba desde Inglaterra, de exhibicionismo, voyeurismo, de la excitación de tener encuentros con desconocidos… un auténtico cóctel de experiencias que yo apenas podía imaginar, pero que claramente tenía una base de adeptos fieles.
Mi curiosidad se centró en el dogging. Quería entenderlo mejor, explorar sus reglas, su dinámica y su atractivo, para ver si podría trasladar algo de esa energía a fiestas propias. Si, como se decía, movilizaba a tanta gente, quizá podía convertirse en una propuesta interesante dentro del ambiente que estaba empezando a conocer.
Una noche tuve la suerte de que mi amigo Carlos me presentara a una pareja que llevaba tiempo practicando dogging. Muy amables, se ofrecieron a explicarme con detalle cómo se desarrollaba la experiencia, compartiendo la intensidad y la excitación que se alcanzaba, cómo la adrenalina parecía escaparse por los poros.
Como todo en ese ambiente, tenía sus reglas, pocas y sencillas. La primera, y la más importante, era nunca revelar los nombres de quienes participaban. En este caso, ellos eran LeBron y Safira. El varón era quien marcaba quién podía acercarse y quién debía quedarse como observador, y también decidía qué pasos estaban permitidos.
Mientras me lo explicaban, la curiosidad me invadió. La idea de vivir esa sensación de tensión, control y entrega me resultó irresistible. Así que no lo dudé: acepté acompañarlos a una de sus quedadas.
Domingo, pasadas las ocho de la tarde, un Mercedes 300 plateado se detuvo junto a mí. Abrí la puerta trasera y me acomodé, saludando a mis recientes compañeros de aventura. Sin conocer el destino, decidí no hablar demasiado y dejarme llevar, adoptando el papel de mero espectador.
Ellos, en contraste con la noche en que nos conocimos —tan sueltos y parlanchines—, apenas intercambiaron palabras. Se percibía un ambiente cargado, una especie de subidón de adrenalina ante lo que estaba por venir, que hacía que todo pareciera aún más intenso y excitante.
Estábamos a las afueras de Leganés, en un aparcamiento junto al pabellón Europa y las piscinas El Carrascal. La convocatoria ya estaba hecha, así que no tuvimos que esperar demasiado.
Cuatro hombres se acercaron al coche desde distintos puntos, pero ninguno tocó el vehículo; todos mantenían la distancia, respetando silenciosamente el espacio y la dinámica que se respiraba. Yo, en todo momento, permanecí en segundo plano, como si no existiera: primero desde el asiento trasero y, más tarde, fuera, como simple observador.
Safira llevaba puesta una máscara que ocultaba casi por completo su rostro, y su largo cabello contribuía al encubrimiento. Vestía un ligero vestido de verano, fácil de manejar y mover. LeBron, en cambio, estaba con gafas oscuras y completamente vestido de negro, su presencia imponente y controladora marcando la pauta del encuentro.
Llegado el momento, Safira dio inicio al juego. Ella era la esencia de la fiesta, quien tenía el control y lo sabía perfectamente. Aunque las instrucciones las transmitiera su pareja, cada indicación seguía el ritmo que ella marcaba, moviendo el ambiente a su voluntad y manteniendo a todos en vilo.
Fue descubriendo sus pechos y acariciarlos, lanzando miradas desafiantes a los asistentes. El encuentro fue tomando calor, acariciaba su coño con tanta intensidad que la llevó a gemir varias veces.
Los cuatro visitantes, con sus manos jugaban con las pollas subían el calentón. LeBron, pidió a dos que se acercarán y Safira tomó sus erectas pollas, jugando con ellas metiéndolas por turnos en la boca para mandarlas fuerte. Uno se corría, se apartaba y llegaba otro, así hasta succionar todas.
Parecía que LeBron se mantendría en segundo plano, pero cambió lo planteado antes, estaba tan excitado que se quitó el pantalón y colocando a Safira sobre el capó, comenzó a follarla con fuerza. Impulsos fuertes que terminaban con un gemido, la adrenalina salía con fuerza.
Terminado de correrse, pidió al chico más joven que se acercara, tendría unos treinta como mucho. Lo colocó en su lugar y casi le introduce la polla el mismo en el coño. El chico tenía fuerza y aguante, duro bastante tiempo hasta terminar de correrse sobre el culo de Safira.
Otro chico tomó el relevo, este un poco más mayor, las embestidas fueron fuertes y a Safira le gustaba, no paraba de gemir y pedir más fuerte hasta notar la leche sobre ella. Al poco, todos los chicos desaparecieron de la escena y todo se fue calmando y relajando.
Estuvimos un rato más comentando impresiones, para ellos fue fantástico todo y con la libido muy recargada. Para mí como observador en ese momento opté por bueno y divertido, todo fantástico, no era momento de un debate de opiniones.
Nos montamos en el coche y regresamos. Ya en casa, más tranquilo, comencé a sacar mis conclusiones y formarme una opinión personal.
De todas las actividades, prácticas sexuales, parafilias y fetiches que había conocido hasta entonces, lo vivido aquella noche no terminó de convencerme del todo. La sensación de inseguridad era total, y no solo por la presencia de desconocidos: el lugar estaba lleno de gente cuyos límites y comportamientos eran imprevisibles. La policía pasaba con frecuencia —y, con suerte, aquella noche solo apareció cuando todo había terminado—. Además, no había ningún control en prevención de enfermedades ni cuidados básicos de higiene entre los participantes, algo que me resultó difícil de ignorar.
En definitiva, la experiencia tenía su excitación y adrenalina, pero también dejaba un sabor a descontrol que no terminaba de encajar con mi forma de entender la seguridad y el placer.
Sí, reconozco que la excitación se disparaba y que la adrenalina podría haber movido un coche por sí sola, pero, aun así, no me terminó de gustar. En ciertos momentos, incluso sentí agobio y una especie de vergüenza ajena que me hizo desconectarme mentalmente de la escena.
Por supuesto, descarté por completo la idea de organizar cualquier tipo de fiesta basada en ese tema. La experiencia me dejó claro que no todo lo que despierta curiosidad merece convertirse en proyecto propio.
<<<<<<< Relato revisado a FEBRERO de 2026
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