Encuentros en la ciudad

La vida es muy tranquila en mi pequeña ciudad; fue un respiro poder dejar atrás el ajetreo de Madrid, con su gente por todas partes, el tráfico, el metro, las prisas. Aquí, en cambio, siento que al cruzar la puerta de casa todo se calma y el ruido se queda fuera. En la capital viví momentos divertidos, conocí a mucha gente e hice buenos amigos, pero reconozco que en mi ciudad vivo mejor, más a mi ritmo.​

Aquella tarde estábamos tomando unas cervezas en un bar típico del Casco Viejo, de esos donde los camareros conocen a todo el mundo y las tapas llegan casi sin pedirlas. Charlábamos de cualquier cosa cuando un chico que acababa de entrar se acercó a saludar a mi amigo Javier. Era un compañero de trabajo con el que se llevaba muy bien; me lo presentó con naturalidad y, casi sin darnos cuenta, se unió al grupo y a la conversación como si llevara toda la vida ahí.

Santy resultó ser de esos tipos que caen bien desde el primer minuto, cercano, con chispa y conversación fácil. Además de trabajar en una conocida factoría de automóviles de la zona, tocaba en un grupo local que, para ser de aquí, sonaba en bastantes sitios del país, así que su cara y su nombre ya me sonaban de oídas. En una ciudad pequeña todo está conectado: amigos en común, bares, curros, conciertos… aunque hasta ese día no nos habíamos visto, teníamos más de un cruce de caminos compartido.​

Entre cerveza y cerveza, la charla fue derivando hacia las giras con el grupo y los lugares por los que había pasado. Cuando salió Madrid en la conversación, acabamos hablando del ambiente liberal de la capital y de algunos locales por los que él y su novia se habían dejado caer aprovechando conciertos del grupo. Lo contaba con naturalidad y cierto brillo en los ojos, y yo notaba cómo ese tema abría una puerta interesante para seguir tirando del hilo aquella noche.

Nunca he escondido mi faceta más liberal, y como para mí es algo natural, la conversación terminó derivando en que conté que durante un tiempo llegué a llevar y organizar fiestas en varios locales del ambiente. Ese detalle pareció encajarle muy bien a Santy; se relajó todavía más y se abrió a contar sus propias experiencias, como si de repente hubiera encontrado a alguien con quien podía hablar sin filtros del tema. La noche se nos fue entre anécdotas, risas y confidencias, y me fui a casa con la sensación de haber hecho un amigo interesante.​

Pasó una semana tranquila hasta que, sobre las cuatro de la tarde de un viernes, sonó el móvil. Era Santy: me proponía tomar algo esa misma tarde. No tenía planes, así que acepté sin pensarlo demasiado y quedamos a las ocho en una terraza del centro. Habíamos tenido muy buen feeling y me apetecía volver a charlar con él con más calma.​

Llegué puntual, como suelo hacer, y al acercarme a la terraza vi a Santy levantar la mano para hacerse notar. No estaba solo: a su lado, una chica pelirroja, de mirada viva, que encajaba perfectamente con la descripción que me había hecho días atrás de su novia. Al llegar a la mesa me la presentó: se llamaba Esther. Me sorprendió un poco encontrármelos a los dos, porque en la llamada no me había dicho que vendría acompañado, pero la forma en que ella sonrió al saludarme hizo que esa sorpresa se convirtiera enseguida en curiosidad por ver hacia dónde derivaría aquella tarde.

Estuvimos un buen rato charlando y dejando que las cervezas hicieran su trabajo. Esther, que ya estaba al tanto de nuestro encuentro anterior, se movía con naturalidad en la conversación, sin gestos raros ni incomodidades, lo que ayudó mucho a que todo fluyera. En una ciudad pequeña, donde todo el mundo se conoce y el rumor corre más rápido que el WhatsApp, la discreción es casi una norma no escrita en el ambiente liberal; por eso, cuando aparece alguien afín, las lenguas se sueltan y las conversaciones se vuelven mucho más desinhibidas.​

Hablamos de sus experiencias con otras personas: lo emocionante y también lo pesado del filtro que hay que hacer, las anécdotas buenas y las situaciones que preferirían no repetir. Les encantaba el ambiente, pero el hecho de que Santy fuera bastante conocido en la ciudad les obligaba a llevarlo todo con una capa extra de cuidado, y aquí apenas tenían círculo con quien compartir esa parte de su vida. En ese sentido, haberme conocido les había supuesto casi un chute de adrenalina: por fin alguien de la zona con quien podían hablar claro.​

Para ayudarles a abrir un poco ese círculo, les propuse organizar una pequeña fiesta privada con parejas seleccionadas, gente de confianza a la que conocía de otros contextos. La idea les encajó enseguida; a Santy se le notó en la mirada, y a Esther se le iluminó la cara. Ella fue la primera en ponerse traviesa con los comentarios, lanzando bromas con doble sentido que terminaron de romper cualquier resto de hielo que pudiera quedarnos aquella tarde.

Después de varias horas de charla, las cervezas dieron paso al hambre y nos animamos a ir a cenar juntos a una pizzería cercana. La cena transcurrió entre risas, anécdotas y alguna que otra mirada cómplice, de esas que dejan claro que la confianza va tomando forma alrededor de la mesa.​

Cuando terminamos, ninguno tenía ganas de irse todavía a casa, así que nos acercamos a un pub de la zona, de esos perfectos para seguir la noche en plan tranquilo: buena música, luz tenue y algunas zonas reservadas discretas donde se puede hablar sin sentir que todo el local está pendiente de tu conversación. El sitio acompañaba, y era fácil imaginar que aquella no sería la última vez que nos reuniríamos allí.​

No había mucha gente en el pub, así que pudimos acomodarnos en un sofá algo apartado del resto. Esther se sentó entre los dos, como si aquella fuera la posición más natural del mundo, y la conversación siguió fluyendo sin esfuerzo mientras las copas llegaban a la mesa. La luz tenue, el murmullo lejano del local y el primer gin-tonic hicieron su trabajo despacio: las frases se volvieron más confidenciales, las risas más cercanas y el ambiente empezó a cargarse de una electricidad suave, de esa que no hace falta nombrar para que todos la sientan.

Llevaba un vestido de tela fina, negro, que caía con suavidad sobre su cuerpo y dejaba entrever sus formas cada vez que se movía. Se la veía cómoda, en su ambiente, y en un momento dado comenzó a juguetear acercándose a Santy, rozándole el brazo y buscándole los labios en un beso suave, como quien sube un poco más el tono de la noche sin decirlo en voz alta. Tenía la copa a medio camino hacia los labios cuando sentí su mano posarse con suavidad sobre mi pierna, al mismo tiempo que seguía besando a Santy como si nada. El gesto fue tan natural como intencionado, una caricia lenta que me hizo tomar plena conciencia de lo cerca que estaba. El siguiente beso fue para mí. Se inclinó con calma, sin prisas, y sus labios buscaron los míos con seguridad, jugando con ligeros roces al principio y luego profundizando, dejando que su lengua marcara el ritmo. Besaba con mucha intención, de esa forma que mezcla curiosidad y control, y fue imposible no responderle.​

Esther tomó mi mano y la guió con decisión hacia su entrepierna, dejándome claro, sin palabras, hasta qué punto estaba encendida. El contacto fue directo, cálido, sin nada de por medio noté la suavidad de su depilado coño, húmedo y sensible al roce de mis dedos, bastó un simple roce para notar cómo reaccionaba a cada movimiento, cómo su respiración se aceleraba y sus muslos se tensaban por momentos. Yo seguí el juego con suavidad, mis dedos dibujaban círculos sobre su clítoris, pronto se unió también la mano de Santy, completando un triángulo de caricias que hizo que ella se abandonara aún más al sofá.

Durante un buen rato estuvimos alternando juegos con los dedos en su húmedo coño y besos  en su boca, en su cuello, en esos pequeños rincones que la hacían estremecerse. El tiempo pareció quedarse suspendido ahí, entre el murmullo del pub y nuestra pequeña burbuja de intimidad compartida, donde bastaban las manos y los labios para decirlo todo sin pronunciar una sola palabra explícita. La situación nos tenía a los tres con la temperatura bastante alta, así que al cabo de un rato hicimos una pequeña pausa para beber y bajar un poco las pulsaciones. Entre trago y trago, las sonrisas seguían ahí, más relajadas pero con ese brillo que aparece cuando todos saben que algo ha cambiado en el aire.

En un momento dado, Esther se inclinó hacia Santy y le dijo algo al oído que no alcancé a escuchar; él asintió con una media sonrisa, como quien confirma un plan ya hablado. Luego se acercó a mí y, casi rozándome la oreja con los labios, me susurró:
—»Voy al servicio, sígueme».

La frase, corta y baja de volumen, dijo mucho más de lo que aparentaba, y fue suficiente para que el corazón me diera un pequeño vuelco mientras lo veía levantarse de la mesa. Se levantó con calma, alisándose el vestido negro con un gesto casi automático antes de echar a andar hacia la zona de los servicios, que quedaba muy cerca de nuestra mesa. La seguí con la mirada un instante, notando cómo el ambiente parecía comprimirse en ese pequeño tramo de pasillo.

La zona del baño era una sala común, pequeña, que se abría en dos: a un lado la puerta de caballeros y, enfrente, la entrada al de mujeres, con tres puertas más en el interior. Esther cruzó primero y, justo antes de desaparecer, se giró levemente; desde el marco de una de las puertas interiores me hizo un gesto claro con la mano, invitándome a seguirla sin necesidad de pronunciar una sola palabra. El baño era pequeño, casi sin espacio para moverse, y eso hacía que todo se sintiera todavía más intenso. Esther me fue acorralando suavemente contra la pared, sus manos apoyadas a ambos lados de mi cuerpo, y volvió a besarme con la misma determinación que había mostrado en la mesa.

El eco apagado de la música llegaba desde el pub, pero allí dentro solo existía el sonido de nuestras respiraciones mezclándose y la sensación de su cuerpo pegado al mío, mientras sus dedos buscaban con calma el borde de mi pantalón, su mano tomó con firmeza mi polla que ya estaba erecta y sus movimientos fueron cada vez más intensos y bruscos, Esther se arrodillo, y como si dé un helado se tratase, lentamente fue metiéndose la polla en la boca, los movimientos de su cabeza fueron algo más agresivos, por momentos se la metía completa hasta la garganta, aguantaba unos segundos y al retirarse hacia atrás, la saliva se desprendía por sus labios en la convulsión de una arcada. Fue relajando un poco el ritmo, el roce de sus dientes sobre el capullo de mi pene me producían pequeños latigazos por la sensibilidad, Esther lo veía y optaba por dar pequeños mordiscos, al cabo de un rato de juegos mi polla no aguantaba más y un chorro lleno su boca.

—“¿Te ha gustado el aperitivo?” —me preguntó, mirándome con una sonrisa descarada y esos ojos que dejaban claro que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Volvimos a la mesa como si nada, cada uno retomando su sitio. Santy, con la copa en la mano, nos recibió con una sonrisa que hablaba por sí sola; Esther le devolvió la mirada y el gesto, como quien comparte un secreto a plena vista. Cayeron un par de copas más mientras la conversación se mantenía en ese equilibrio perfecto entre lo cotidiano y lo insinuante. Serían ya pasadas las doce cuando nos levantamos. La noche, sin embargo, no parecía dispuesta a terminar ahí, así que acepté sin dudar la propuesta de seguir en casa de Santy para “tomar la última” y, en realidad, continuar la fiesta en un terreno mucho más privado.

El apartamento era pequeño pero acogedor, muy en la línea de alguien que vive solo y ha ido llenando el espacio con sus pasiones. Santy me contó que ambos rondaban los cuarenta; Esther era hija única y aún vivía con su madre, ya mayor, así que los fines de semana solía quedarse a dormir con él allí, aprovechando ese pequeño refugio como su lugar común.​ Se notaba el toque de Santy en cada rincón: algún cartel de conciertos del grupo colgado en la pared, una guitarra apoyada junto al sofá, una buena colección de discos desbordando de un mueble bajo. Nos sentamos en el sofá mientras Esther se iba al baño, y aprovechamos ese momento para hablar a solas. Santy me propuso que, si esa noche había juego, dejáramos que fuera ella quien marcara el ritmo y tomara el control, que no solía cortarse y prefería llevar la batuta; le dije que por mi parte no había ningún problema con eso.​ Al poco, Esther regresó con unas cervezas frías para los tres. Se acomodó en una pequeña butaca frente a nosotros, muy habladora y con un punto de chispa que llenaba la sala. De fondo sonaba música tranquila, creando un ambiente aún más íntimo. La conversación fue subiendo de tono de forma natural, hasta que Esther, entre risas, propuso que viéramos unos vídeos suyos en plena acción. Se levantó, conectó un USB al televisor y empezó a navegar por las carpetas, como quien comparte sin pudor una parte muy privada de su vida, dispuesta a llevar la noche un paso más allá.

Las primeras imágenes del vídeo ya fueron suficientes para encender todavía más el ambiente; los tres nos quedamos en silencio, con esa sonrisa que mezcla pudor y excitación. En un momento dado, Esther se levantó de la butaca, dejó caer el vestido con naturalidad quedando completamente desnuda y pidió sentarse entre nosotros en el sofá. Se acomodó en medio de los dos, más tumbada, quedando sus piernas abiertas. Bastaron un par de miradas cómplices para entender que, a partir de ahí, la noche iba a seguir por un terreno en el que las palabras ya no eran lo más importante. Tomó una mano de cada uno y las llevo a su coño para que jugáramos mientras que disfrutábamos viéndola follando en la pantalla.

Tal y como me había adelantado Santy, Esther tomó el mando desde el principio, y había que reconocer que lo hacía muy bien. No dudaba, proponía, se movía con seguridad y dejaba claro en cada gesto que sabía exactamente hasta dónde quería llegar y cómo quería llevarnos con ella en ese camino. Santy se arrodillo delante de ella llevando su cabeza a su entrepierna, mientras este la comía el coño, yo me puse a saborear el pezón de un pecho mientras con la mano masajeaba el otro, en poco estábamos todos ya sin ropa. Nos pidió que nos pusiéramos de pie ante ella y con las manos llevo las dos pollas a su boca. Le encantaba tenerlas dominadas, succionarlas. Sus movimientos bruscos y firmes, alternando de una a otra. Esther se coló en el suelo arrodillada, con mi polla en la boca y con la mano pedía a Santy que la penetrara, este se colocó detrás de ella dando los primeros empujones a su trasero, no se tardó mucho en escuchar los gemidos pidiendo más fuerte, al poco Santy agotado se hecho hacia atrás, momento que Esther se puso en pie y con el empuje de su mano pidió a Santy que se tumbara, esta se colocó encima y con una mano llevo la polla a su coño comenzando a cabalgar sobre él. Mojó dos dedos en la boca de Santy y humedecidos los llevo a su culo jugando en la entrada de su ano, me miro con deseo, sabia lo que quería y me coloqué detrás.

Tomé un poco de lubricante que esparcí por mi polla para que la penetración fuera más suave. Esther se inclinó hacia Santy indicando cual tenía que ser mi siguiente paso. Su trasero quedaba a mi vista. Acerqué mi polla a su culo y comencé a penetrarla, estaba muy mojada lo que hizo que la penetración fuese suave. Yo la follaba, pero ella marcaba el movimiento que cada vez era más intenso. Con las dos pollas penetrándola, los gemidos se hacían más acelerados. Cambiamos varias posturas, unas veces yo la follaba mientras comía la polla de Santy y otras intercambiábamos papeles, así estuvimos un buen rato.

Santy estaba penetrando el culo de Esther cuando termino por correrse, mientras ella jugaba con mi polla en su boca, Santy se dejaba caer en el sofá para recuperarse, yo me tumbe en el suelo y Esther se sentó encima de mí y tomando mi polla la llevo a su coño comenzando un ritmo circular con su cadera, los movimientos fueron cada vez a más hasta que comenzó a contraerse al notar el fuerte orgasmo, con la contracción apretaba con fuerza mi polla, Esther se relajó un poco, momento que aproveché para colocarme detrás de ella, la penetre el coño dando fuertes embestidas a su trasero. Ya no pude aguantar más y terminé por correrme encima de ella. Dejándome caer hacia atrás, Esther se dio la vuelta y tomando mi polla la llevo a su boca, mi polla estaba muy sensible, sentir su boca era toda una descarga para mí.

Ya era tarde cuando me despedí de la pareja, salí a la calle, todavía con el eco de la noche dándome vueltas por la cabeza. Había sido uno de esos encuentros que, más allá de la química, te dejan la sensación de haber cruzado una puerta nueva en tu mapa de relaciones.​ En los días siguientes seguimos en contacto, esta vez con la excusa perfecta: organizar la fiesta privada de la que habíamos hablado en la terraza. Entre mensajes, llamadas y alguna cerveza más, fuimos perfilando la lista de invitados, el lugar y las “normas del juego”, hasta que, en menos de un mes, lo teníamos todo listo. La sensación era la de estar preparando algo grande, a medio camino entre la curiosidad, las ganas y esa adrenalina tan particular que solo aparece cuando sabes que lo que viene no se parecerá a una noche cualquiera.​

<<<<<<<  Relato revisado a enero de 2026

“Los comentarios están desactivados para evitar SPAM. Si deseas dejarme algún comentario utiliza el formulario de contacto.”

63 Visitas totales
48 Visitantes únicos